Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6) Capítulo 1. El representante
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Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6)

Lo que dejamos en Éfeso (Bajo el águila de Roma nº 6)

Por Elena Valeri Montoro

© inepub.com

Capítulo 1. El representante

—Si aceptamos esas veinte piezas, mañana habrá otras cuarenta esperando en la puerta.

Menandros dijo aquello con la satisfacción de quien acababa de encontrar una buena razón para hacer precisamente lo que deseaba.

Sophia no levantó la vista de la relación de entregas.

La mañana había comenzado con una petición de espacio, dos avisos sobre mercancía retrasada y la noticia de que un comerciante de Sardes llegaría antes de lo previsto.

Su hermano solo había intervenido en el primero de aquellos asuntos, pero ya estaba dispuesto a convertirlo en una oportunidad.

—¿Cuánto tiempo quieren dejarlas? —preguntó.

—Ocho días, quizá diez. Depende de cuándo consigan embarcarlas.

—Entonces no son ocho días.

Menandros se apoyó en el extremo de la mesa.

Llevaba una túnica de lino limpia, aunque el borde ya había recogido polvo del patio, y tenía entre los dedos el cordel con el que había sujetado unas tablillas.

Desde la entrada de la casa llegaban el crujido de las ruedas de un carro y la protesta de un conductor al que acababan de pedir que esperase su turno.

El establecimiento de su padre ocupaba varias dependencias alrededor de un patio al que se abrían las habitaciones utilizadas para recibir a proveedores y clientes.

A esas horas la mitad de las visitas había comenzado antes de que Herakleon terminara de desayunar.

—Pueden pagar por doce —respondió Menandros—. He hablado con ellos de doce días.

—Pero necesitan ocho.

—Eso dicen. Si tardan más, seguirán pagando.

Sophia dejó a un lado la tablilla que tenía delante y fue hasta la puerta.

Dos hombres descargaban fardos envueltos en lienzo basto.

Cerca de ellos, Timon comprobaba las señales pintadas sobre la madera de unas cajas.

Una mula trataba de apartarse de la sombra estrecha que le ofrecía el muro, y su dueño tiraba de la cuerda sin conseguir que avanzara.

Si las veinte piezas de las que hablaba Menandros tenían el tamaño habitual, todavía podían colocarse en el espacio compartido.

La dificultad estaba en las mercancías que llegarían después y en la necesidad de retirar parte de las que ya ocupaban el lugar.

—¿Qué hay previsto allí dentro de doce días? —preguntó.

—Las telas de Nikias. No llenarán todo el espacio.

—Nikias no necesita todo el espacio. Necesita entrar con un carro sin tener que descargarlo en mitad de la calle. ¿Has contado también los recipientes que tenemos que trasladar desde el almacén próximo al puerto?

Menandros tardó un instante en contestar.

—Eso todavía no se ha decidido.

—Precisamente.

No le agradaba que su hermano confundiese una posibilidad con una promesa, aunque debía reconocer que había aprendido a detenerse antes de dar una respuesta precipitada.

Siete años atrás habría aceptado la mercancía y después habría ido a buscarla para preguntarle dónde colocarla.

Ahora quería discutir las condiciones de antemano.

Sophia tendría que haber encontrado algún consuelo en aquella diferencia, pero le preocupaba que demasiadas personas parecieran considerar el espacio disponible como un bien que podía venderse sin tener en cuenta lo que dependía de él.

—Pide a esos hombres las medidas exactas —dijo—. Si las piezas caben dejando libre la entrada, podemos ofrecerles seis días con posibilidad de ampliar el plazo después de revisar lo que llegue del puerto. No antes. Y no quiero que crean que guardaremos cuarenta porque hayamos aceptado veinte.

Menandros hizo una pequeña mueca.

—Les disgustará la condición.

—Entonces tendrán tiempo de buscar un lugar mejor.

—Podríamos ganar bastante con este encargo.

—Y perder a Nikias, que lleva nueve años pagando sin una sola demora. Haz los números completos.

Su hermano sonrió de lado, más divertido que ofendido.

Antes de salir recogió las tablillas y le preguntó si quería que hablara él con los proveedores de tejidos que aguardaban junto al patio.

Sophia estuvo a punto de decir que ya se encargaría, pero recordó la conversación que había oído la víspera entre Menandros y uno de ellos.

Habían discutido durante una buena parte de la tarde sobre la calidad de una partida y terminaron acordando que las piezas defectuosas se sustituirían sin necesidad de reclamar ante Herakleon.

—Ocúpate tú —respondió—. Y comprueba que las sustituciones se hagan antes de la próxima entrega. No quiero tener que elegir entre aceptar tela mal teñida o dejar esperando a los compradores.

—Eso ya estaba previsto.

Sophia miró el cordel que él había vuelto a enrollar alrededor de las tablillas.

—Entonces tendrás una cosa menos que escuchar de tu hermana.

—Sería una mañana memorable.

Menandros salió antes de que pudiera replicar.

Sophia regresó a la mesa y abrió la relación de hospedajes.

Un conocido comerciante de Sardes había anunciado que llegaría al cabo de tres días, pero un mensaje enviado desde un establecimiento de camino indicaba ahora que esperaba entrar en Éfeso la tarde siguiente.

Traía dos acompañantes y no parecía dispuesto a renunciar a la hospitalidad que Herakleon le había ofrecido durante su visita anterior.

El cambio era molesto, aunque no grave. Había sitio para él si se trasladaban unos rollos almacenados temporalmente en la habitación fresca del corredor norte.

Damaris apareció cuando Sophia estaba calculando a quién confiar el traslado. Su madre llevaba en las manos una cesta pequeña de higos y escuchó el problema sin interrumpirla.

—Podemos prepararle la habitación que da al jardín —dijo finalmente—. Es más agradable que la del corredor.

—Está reservada para la visita de Antonia.

—Antonia llegará dentro de cinco días. Si llega. La última vez anunció dos fechas y eligió una tercera.

—Esta vez ha enviado aviso por escrito.

—También sabe escribir cuando cambia de opinión.

Sophia sonrió y aceptó el higo que su madre le ofrecía.

Damaris no parecía preocupada por los cambios de alojamiento, pero conocía con exactitud quién dormiría bajo su techo y quién podría ofenderse si recibía una habitación peor que en una estancia anterior.

Entre ambas habían aprendido a distribuir esas obligaciones sin necesidad de hablar demasiado.

Lo que ocurría en el patio terminaba influyendo sobre la mesa y las habitaciones, del mismo modo que una visita de confianza podía abrir una conversación comercial que nadie hubiera conseguido fijar mediante una invitación formal.

—Mandaré retirar los rollos de la habitación del corredor —dijo Sophia—. Si el huésped de Sardes llega antes del atardecer, podrá instalarse allí mientras preparamos la otra.

—Podría quedarse allí toda la visita. Le gustó mucho la última vez.

—Se quejó de que oía los carros.

—Se queja cuando deja de oírlos. Dice que no sabe si ha llegado a una casa de comerciantes o a una finca abandonada.

La observación hizo reír a Sophia. Su madre dejó la cesta sobre la mesa, apartó una de las tablillas para no mancharla y examinó los nombres escritos en la otra.

—Tu padre ha recibido otra carta desde el puerto —añadió—. La ha llevado a su habitación para leerla con calma.

—¿De quién?

—Del hombre que transmite los avisos sobre los trabajos. Philostratos. Al parecer, no se trata únicamente de retirar el limo donde ya estaban trabajando.

Sophia dejó el higo a medio comer. Durante semanas habían circulado noticias sobre el estado del acceso portuario, agravado por la acumulación de sedimentos que obligaba a dedicar hombres y medios a mantener abiertos los pasos habituales.

Aquello formaba parte de la vida de la ciudad, como las reparaciones de un tramo de calzada o las discusiones sobre quién debía contribuir a una obra común.

El problema empezaba cuando los trabajos requerían dejar libre un recorrido utilizado cada día por los carreteros o apartar mercancías de una zona que no podía quedar vacía de inmediato.

—¿Van a cerrar el acceso? —preguntó.

—Tu padre no ha dicho eso. Ha pedido que estemos presentes cuando llegue Philostratos.

—Entonces será mejor que sepa qué tenemos allí antes de escucharlo.

Damaris miró la mesa cubierta de listas.

—¿Y cuándo piensas comer algo que no sea ese higo?

—Después de hablar con él.

—Eso dijiste ayer. El pan seguirá en la cocina, pero no voy a enviar a buscarte tres veces.

Sophia terminó el fruto para evitar una discusión que su madre habría ganado sin esfuerzo.

Cuando Damaris se marchó, llamó a Timon y le pidió la relación actualizada de los tres espacios utilizados por la casa: el almacén interior, donde guardaban mercancías que necesitaban mayor protección; el arrendado próximo al puerto, más cómodo para las cargas que llegaban o partían por mar; y una parte de un edificio compartido con otras familias, cuyo patio común exigía ponerse de acuerdo sobre el paso de los vehículos.

Sophia los conocía de manera tan distinta como conocía a quienes trabajaban en ellos.

Una carga podía colocarse en cualquiera, pero trasladarla después podía costar más de lo que alguien se había ahorrado al aceptarla.

Timon regresó con las tablillas antes de lo previsto.

Sophia le preguntó por las ánforas que aguardaban en el espacio arrendado y él aseguró que la mayoría podría retirarse en dos viajes, siempre que nadie ocupase mientras tanto el camino estrecho del costado oriental.

Luego le recordó que habían prometido reservar lugar para un envío de tejidos procedente del interior.

—No lo he olvidado —dijo ella.

—Lo sé, domina. Pero Menandros ha preguntado esta mañana por el mismo sitio.

Sophia sostuvo la mirada del encargado hasta que él añadió, con la prudencia de quien no deseaba provocar una disputa familiar:

—Le he dicho que tenía que hablar contigo.

—La próxima vez dile también lo que hay reservado. Puede decidir sobre el resto sin buscarme.