Lo que crece no miente Capítulo 19
95%

Capítulo 19

La nota

Con la asamblea del pueblo ya superada y las reglas del huerto asentadas, Sara pensó que el episodio de la nota nunca escrita —esa confesión a medias que Damián le había hecho la noche del sabotaje, sin llegar a revelar su contenido exacto— quedaría, como tantas otras cosas en la vida, en el terreno de lo dicho a medias y nunca resuelto del todo.

Pero el pueblo, con su incapacidad genética para dejar cualquier asunto sin resolver, no estaba dispuesto a permitir un final tan anticlimático.

Fue Paco, cómo no, quien decidió tomar cartas en el asunto, con la delicadeza habitual de quien conduce un tractor por un jardín de rosas.

—Vengo a proponerte un trato — le anunció a Damián una tarde, interceptándolo justo cuando este descargaba una bombona en la entrada de la casa de Sara.

— Tú me dejas ver esa famosa nota que llevas meses guardando en el bolsillo, y yo, a cambio, te cuento un secreto sobre Sara que seguro te interesa mucho.

Damián, que se había puesto colorado hasta las orejas nada más mencionar la nota, miró a Paco con una mezcla de sorpresa y sospecha.

— ¿Cómo sabe usted que…?

—Damián, hijo, llevas semanas con esa carta en el bolsillo interior de la chaqueta, y cada vez que alguien menciona a Sara delante de ti, te llevas la mano al pecho como quien comprueba que la cartera sigue ahí. No hace falta ser adivino.

Damián se quedó callado un momento, evidentemente descubierto, y terminó soltando un suspiro de resignación.

—Está bien, pero no pienso enseñársela. Eso es privado.

—Vale, vale, respeto tu intimidad — concedió Paco, aunque con una sonrisa que dejaba claro que aquella retirada era, como mucho, temporal.

— Pero al menos dime, ¿qué piensas hacer con ella?

Porque llevas meses de reparto en reparto, con la carta en el bolsillo, y a este paso vas a jubilarte del butano sin habérsela entregado nunca.

—Lo sé, lo sé — admitió Damián, frotándose la nuca con nerviosismo. — Es que cada vez que pienso en dársela, me entra un miedo horrible a que se ría de mí, o a que le parezca una tontería demasiado cursi.

—Damián, no hay hombre nacido que no tenga miedo a hacer el ridículo por amor — filosofó Paco, con una solemnidad que contrastaba, cómicamente, con el hecho de que llevaba puesta una boina torcida y sostenía, en ese preciso momento, media tarta de manzana a medio comer.

— Yo mismo, cuando me casé con mi mujer, me temblaban tanto las piernas que el cura tuvo que sujetarme del brazo para que no me cayera redondo en mitad de la iglesia.

— ¿En serio?

—Como que me llamo Paco. Y mira, cuarenta y tres años después, aquí sigo, felizmente casado y todavía convencido de que su cocina es mejor que la de nadie, lechugas delatoras aparte.

Aquella confesión, tan sincera y tan poco habitual en el Paco habitualmente bromista, pareció darle a Damián el empujón que necesitaba.

Esa misma noche, después de terminar su ronda de reparto, volvió a la casa de Sara, esta vez sin ninguna bombona como excusa, con la nota, ya bastante ajada de tanto doblarse y desdoblarse, apretada en el bolsillo.

La encontró en el huerto, regando las últimas hileras del día bajo la luz ya casi anaranjada del atardecer.

—Sara — la llamó, con una voz que le tembló un poco más de lo que hubiera querido. — Tengo algo para ti. Llevo meses queriendo dártelo, pero no me atrevía.

Sacó la nota del bolsillo, ya con las esquinas gastadas, y se la tendió sin decir nada más, incapaz de añadir ninguna palabra adicional a la que ya llevaba semanas ensayando sin ningún éxito.

Sara la desdobló con cuidado. Dentro, con una letra apretada y algo nerviosa, había escrito, semanas atrás, apenas unas líneas:

“Sara: no sé cómo decir esto sin sonar torpe, así que lo diré de la forma más simple que se me ocurre. Me gustas desde la primera vez que te traje una bombona y me hiciste reír con un comentario sobre lo pesadas que son. Llevo semanas inventándome excusas para venir más a menudo de lo que haría falta, y creo que ya es hora de reconocer que no es el butano lo que me trae aquí. — Damián.”

Sara levantó la vista, con los ojos ligeramente húmedos, y una sonrisa que le costó contener.

—Esto lo escribiste hace semanas.

—Antes del sabotaje, sí — confirmó él, todavía con la voz un poco insegura. — Por eso vine aquella noche, para dejártela sin que me vieras, aunque al final me acobardé y salí corriendo con las prisas justas para tropezar con tus zanahorias.

—Podrías habérmela dado entonces.

—Podría — admitió Damián, encogiéndose de hombros con una sonrisa avergonzada. — Pero ya sabes lo que dicen: mejor tarde que nunca, aunque en mi caso sea “bastante tarde” en vez de simplemente “tarde”.

Sara dobló la nota con cuidado, guardándola en el bolsillo de su propio delantal de jardinería, y se acercó a él sin decir nada más, dejando que fuera el gesto, y no las palabras, quien terminara aquella conversación que llevaba tanto tiempo pendiente.

Desde la ventana de la cocina, aunque ninguno de los dos lo supo hasta mucho después, Paco observaba la escena con una sonrisa satisfecha, mordisqueando el último trozo de tarta, sintiéndose, no sin cierta razón, parcialmente responsable de aquel final feliz.