Capítulo 20
El concurso final
Llegó, por fin, el día del concurso de otoño, casi un año exacto después de que Paco se hubiese presentado en su puerta con una carretilla vacía y la firme determinación de apuntarla a un concurso que ella entonces ni siquiera sabía que existía.
La plaza volvía a estar decorada con las mismas mesas largas, el mismo altavoz que pitaba con la misma insistencia, y el mismo cartel escrito a mano, esta vez sin errores de tamaño en las letras, que anunciaba el “CONCURSO DE OTOÑO — HUERTOS DE VALMORA”.
Sara llegó con una caja modesta: unas calabazas de tamaño normal, sin ninguna forma extraña ni sospechosa, un manojo de zanahorias que esta vez sí habían crecido derechas, y unos pimientos que, sin ser comparables a los de Remedios, tenían un aspecto perfectamente digno.
—¿Nada especial este año? — le preguntó Paco, algo decepcionado, mirando la caja con cierto desencanto.
—Nada especial, Paco. Este año quiero ganar, si gano, por las verduras, no por ningún numerito.
Remedios, que pasó por su lado camino de la mesa de exposición, cargada con sus habituales pimientos perfectos en fila, se detuvo un segundo.
—Buena suerte — le dijo, con una sinceridad que, un año atrás, Sara jamás hubiera esperado de ella. — Este año compites de verdad, sin ventaja, así que si me ganas, me ganas limpio.
—Igualmente, Remedios.
El jurado hizo su recorrido de siempre, con la misma solemnidad excesiva, y el pueblo, mientras tanto, siguió con sus pinchos de tortilla y sus corrillos habituales, aunque este año, entre los comentarios sobre el bache de la calle del Pozo (todavía sin arreglar) y la boda de turno, había también, aquí y allá, alguna broma cariñosa sobre el “huerto que no miente”, ya asumida por todos como una peculiaridad más del pueblo, tan normal como cualquier otra.
Cuando anunciaron los resultados, el primer premio de calabaza fue para Remedios, que lo recibió con una sonrisa genuinamente triunfal, esta vez sin ningún atisbo de rencor hacia Sara, que quedó segunda, y que aplaudió con sincero entusiasmo, sin sentir la menor sombra de la incomodidad del año anterior.
—¡Segundo puesto! — exclamó Paco, abrazándola con el mismo entusiasmo que si hubiera ganado el primero. — ¡Eso sí que es un triunfo de verdad!
—Paco, es un segundo puesto.
—Ya, pero este año lo has ganado tú, no la planta, Sarita — dijo él, con una sonrisa que, por una vez, no tenía nada de pícara ni de socarrona, sino toda la ternura sincera de la que era capaz. — Y eso vale mucho más.
Sara se quedó un rato mirando la plaza, el bullicio del pueblo, a Damián acercándose con dos cafés y una sonrisa tímida, a Paco ya enfrascado en una discusión amistosa con Pepe sobre si el jurado había sido justo con las berenjenas, y sintió, por primera vez desde que había llegado a aquella casa cuarenta y un días después de la muerte de su madre, que aquel pueblo, con todos sus rumores, sus rarezas y su huerto que no sabía guardar un secreto, era, sencillamente, su casa.
—Un café con leche, para la subcampeona — le dijo Damián, tendiéndole el vaso con una sonrisa que ya no tenía nada de la timidez de meses atrás. — Y otro para mí, que he sido tu escudero fiel durante toda la temporada.
—¿Escudero? Yo diría más bien repartidor entrometido.
—Repartidor entrometido y enamorado, para que conste en acta — puntualizó él, sin ningún rastro ya de vergüenza, ganándose una carcajada sincera de Sara que hizo que más de un vecino se girara a mirarlos con una sonrisa cómplice, porque en un pueblo tan pequeño, por supuesto, ya no había ni un alma que no supiera, con pelos y señales, cómo había ido evolucionando aquel romance nacido entre bombonas de butano y macetas de albahaca.
Remedios se acercó también, con su primer premio bajo el brazo, y le tendió a Sara, sin mediar mucha ceremonia, un pequeño esqueje envuelto en papel de periódico húmedo.
—Toma. Es un retoño de mi mejor tomatera. Para que sigas practicando de cara al año que viene, que pienso defender mi título con uñas y dientes.
—Gracias, Remedios. Prometo no hacerle trampas con ningún numerito.
—Más te vale — contestó ella, aunque con una sonrisa que ya no escondía ninguna hostilidad, solo el gusto sano de una rivalidad compartida entre iguales.
Aquella noche, al cerrar la verja, se detuvo un momento junto al rincón privado de albahaca y romero, y sonrió, sin necesidad de decir nada en voz alta, porque por fin, después de todo aquel revuelo, había aprendido que no todas las verdades necesitaban ser confirmadas por una hoja que cae o una rama que se encoge.
Algunas, simplemente, se sabían.
Plantó, esa misma noche, bajo la luz ya tenue del atardecer, el esqueje que le había regalado Remedios, en un rincón nuevo del huerto que hasta entonces había estado vacío, y pensó, mientras apisonaba la tierra alrededor con las manos, en su abuela, en su madre, y en la extraña cadena de mujeres que habían cuidado aquella misma tierra antes que ella, cada una a su manera, cada una con sus propios secretos guardados entre las hileras.
Y esa, quizás, era la mejor cosecha de todas.
FIN