Lo que crece no miente Capítulo 18
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Capítulo 18

Un huerto con reglas propias

Tras la asamblea, Sara sintió, por primera vez desde que había empezado todo aquello, que podía respirar sin la sensación constante de estar apagando fuegos ajenos.

El pueblo, a su manera torpe y ruidosa, había aceptado convivir con la rareza sin necesitar explicarla del todo, y ella pudo, por fin, dedicarse a decidir qué papel quería que jugara realmente aquel don extraño que había heredado junto con la casa y las cuatro paredes.

Dividió el terreno, literalmente, en dos partes.

La primera, la más cercana a la verja, la dejó tal cual estaba, abierta, pública, la que usaba para el puesto de venta y para los concursos, donde crecían los tomates, las lechugas y las calabazas que todo el mundo podía ver, tocar y, si le apetecía a la planta, comentar delante de ellas sin que Sara interviniera en absoluto.

Si alguien, por curiosidad o mala conciencia, decía algo delante de una mata de perejil y esta reaccionaba, ya no era asunto suyo pararlo: era, sencillamente, parte del paisaje del pueblo, como el bache de la calle del Pozo o las rencillas de Remedios y Encarna.

La segunda parte, la del fondo, la reservó para ella.

Un pequeño rincón de albahaca, romero y unas flores que había empezado a plantar sin mucho criterio, solo porque le gustaban sus colores, donde nadie más entraba, y donde ella, poco a poco, fue adquiriendo la costumbre de sentarse cada tarde, aunque solo fuera diez minutos, a decirse a sí misma, en voz alta, alguna verdad pequeña que llevara todo el día callándose.

Paco, que al principio se resistió un poco a la idea de un “huerto prohibido” incluso para él, terminó aceptando las reglas con la misma facilidad con la que aceptaba casi todo en la vida: quejándose primero, adaptándose después, y presumiendo, finalmente, de la idea como si hubiera sido suya desde el principio.

—Es una idea excelente — le dijo a Paco, el del bar, una tarde, como si Sara no estuviera presente para escucharlo. — El huerto público para el pueblo, y el huerto privado para el alma. Muy filosófico todo.

—Paco, la idea fue mía.

—Ya, ya, pero yo la difundo mejor — contestó él, sin ningún rubor, levantando su vaso de vino en un brindis improvisado.

Con las reglas ya asentadas, la vida en el huerto recuperó, poco a poco, un ritmo más parecido al que Sara había imaginado meses atrás, cuando Paco se presentó por primera vez con su carretilla vacía: un ritmo de estaciones, de siembras y cosechas, de mañanas tranquilas regando antes de que apretara el calor, salpicado, eso sí, de la ocasional visita de algún vecino curioso que Sara ya sabía manejar con soltura, sin el nerviosismo de las primeras semanas.

Remedios, para sorpresa de todos, empezó a pasarse por el huerto con cierta regularidad, siempre con la excusa de “traer unos esquejes” o “comparar técnicas de riego”, visitas que poco a poco fueron convirtiéndose, sin que ninguna de las dos lo reconociera abiertamente, en algo parecido a una amistad tentativa, forjada sobre todo alrededor de la memoria compartida de aquella abuela cuyo nombre, casualidad de las casualidades, la propia Remedios llevaba también.

—Al final vamos a resultar parientes lejanas — bromeó Remedios, una tarde, mientras examinaba con ojo crítico un semillero de pimientos. — Con el mismo nombre y la misma manía de hablar con las plantas.

—Tú no hablas con las plantas, Remedios.

—No en voz alta — admitió ella, con una sonrisa que dejaba entrever, por primera vez, algo parecido a la complicidad. — Pero llevo cuarenta años pensando que me escuchan. No es tan distinto de lo tuyo, si lo piensas bien.

Damián, por su parte, seguía viniendo con regularidad, aunque cada vez con menos excusas relacionadas con entregas de butano y más con la simple intención de quedarse un rato charlando junto a la verja.

Sara había empezado a notar, con una mezcla de nervios y ternura que no sabía bien cómo llamar, que las visitas de Damián duraban cada vez más, y que las bombonas, siempre, misteriosamente, tardaban más en “agotarse” de lo que deberían, según sus propios cálculos.

—A este paso — le comentó Paco, una tarde, con la ceja levantada — vais a terminar teniendo más butano almacenado que la gasolinera del pueblo vecino.

—Paco, no digas tonterías.

—No digo tonterías, digo estadísticas — contestó él, sin inmutarse. — Y las estadísticas, Sarita, no mienten. A diferencia de cierta gente que lleva semanas sin decirle a cierto repartidor lo que todo el pueblo ya sabe.

Sara prefirió no darle a Paco el gusto de una respuesta clara, aunque, para sus adentros, tuvo que admitir que llevaba semanas notando, con una mezcla de nervios y expectación que hacía mucho tiempo no sentía, que aquellas visitas de Damián, cada vez más largas y cada vez con menos excusa relacionada con el butano, empezaban a significar algo que todavía no se atrevía a nombrar del todo.