Capítulo 17
La asamblea
Con el misterio del sabotaje resuelto, pero con el rumor del “huerto que no miente” ya asentado como parte del paisaje social del pueblo, el alcalde —un hombre pequeño y nervioso llamado don Casimiro, que llevaba en el cargo casi veinte años a base de no tomar jamás una decisión que pudiera disgustar a nadie— decidió que aquello merecía, por fin, una asamblea vecinal.
Se celebró un domingo por la tarde, en el salón del ayuntamiento, con sillas plegables insuficientes para la cantidad de gente que se presentó —más gente, todo hay que decirlo, de la que solía acudir a las asambleas sobre el estado de las calles o el precio del agua—.
—Se abre la sesión — anunció don Casimiro, con un mazo de madera que golpeó la mesa con un sonido más ridículo que solemne. — El motivo de esta reunión es tratar el asunto del huerto de Sara, y decidir, entre todos, qué postura tomar al respecto.
Se levantó un murmullo general, y de inmediato empezaron a alzarse manos con la urgencia de quien lleva días conteniendo su opinión.
—¡Yo propongo que se prohíba! — gritó una voz desde el fondo, que Sara identificó como la de Encarna. — Esto no es sano. Un pueblo no puede vivir con miedo a que las lechugas los delaten.
—¡Yo propongo justo lo contrario! — contraatacó otra voz, la de Marisa, la del quiosco. — ¡Que se regule, y que se organicen turnos! ¡Yo llevo semanas esperando mi consulta sobre el Fermín ese!
— ¡Esto no es una feria! — exclamó Sara, levantándose de su silla, un poco superada por el cariz que estaba tomando la reunión.
Anselmo, sentado en la tercera fila, levantó también la mano con la solemnidad de quien va a aportar un argumento decisivo.
—Yo lo que propongo — dijo, poniéndose de pie con el pecho hinchado — es que se establezca un horario de consultas. Dos días a la semana, con cita previa, como en el médico. Así no hay agolpamiento ni favoritismos.
—Anselmo, no hay consultas — repitió Sara, por enésima vez en las últimas semanas, con la paciencia ya bastante desgastada.
—Ya, ya, si lo digo por si acaso cambia de opinión — se defendió él, sentándose de nuevo, no sin cierta dignidad ofendida.
Paco, sentado a su lado, se puso también de pie, con la solemnidad de quien va a pronunciar un discurso histórico.
—A ver, a ver, un poco de orden — dijo, levantando las manos —.
Yo creo que aquí lo importante es entender una cosa: el huerto de Sara no es un juguete, ni una atracción de feria, ni un aparato para espiar maridos.
Es un huerto. Con conciencia, sí, un poco rarita, de acuerdo, pero un huerto al fin y al cabo, y como todos los huertos, tiene una dueña, que es ella, y es ella la que decide qué se hace con él, no la asamblea del pueblo.
Aquello generó un silencio incómodo, seguido de un murmullo de aprobación tibia, mezclada con algún resoplido de protesta, sobre todo por parte de Marisa, que veía esfumarse su oportunidad de desenmascarar al misterioso Fermín.
Don Mariano, el cura, que hasta entonces se había mantenido callado en una esquina, con la vergüenza todavía fresca de su propio incidente en la fiesta de fin de verano, pidió la palabra con timidez.
—Si se me permite — dijo, carraspeando —, yo creo que lo verdaderamente interesante de todo este asunto no es si el huerto de Sara dice o no la verdad, sino lo que ha revelado de todos nosotros.
Cuántos, en este mismo salón, hemos ido corriendo a comprobar si nuestros vecinos mentían, en vez de, sencillamente, preguntarles a la cara.
Yo mismo, el otro día, dije algo de lo que no me siento orgulloso, y en vez de disculparme por ello con la persona correspondiente, me pasé una semana entera evitando pasar por esta calle.
Aquello, dicho por el cura, con esa mezcla de humildad y ligera comedia involuntaria que solo él parecía capaz de conseguir, apaciguó un poco los ánimos, y la conversación derivó, poco a poco, de la cuestión práctica (“¿se prohíbe o no se prohíbe?”) a una charla más sincera sobre cotilleos, desconfianzas acumuladas y viejas rencillas de pueblo que, en el fondo, nada tenían que ver con Sara ni con sus tomateras.
Fue precisamente en ese punto de la asamblea, con los ánimos ya más calmados, cuando estuvo a punto de estallar el episodio que Paco, después, calificaría como “el segundo mejor momento de la noche, después de los quesos”.
Encarna, todavía dolida por el resultado del último concurso, aprovechó el ambiente distendido para lanzar, sin venir mucho a cuento, una pulla sobre “la familia de ciertos vecinos que llevan años entrometiéndose en lindes ajenas”, mirando fijamente hacia la fila donde se sentaba la familia de doña Pilar.
Bruno, el hijo de esta, se puso colorado hasta las orejas, y Sara, que conocía el verdadero motivo de aquel rubor gracias a su pequeña e involuntaria investigación en el huerto, tuvo que morderse literalmente el labio para no soltar una carcajada nerviosa en mitad de la asamblea, consciente de que aquel secreto, el del noviazgo escondido entre las dos familias enemistadas, seguía a salvo, al menos por el momento, gracias a su silencio.
—¿Se puede saber qué te pasa? — le susurró Paco, extrañado por su repentino ataque de tos disimulada.
—Nada, nada — consiguió contestar ella, recomponiéndose. — Se me ha ido la saliva por otro lado.
Al final, tras casi dos horas de debate, discusión y un breve interludio en el que dos vecinos estuvieron a punto de sacar a relucir una disputa de lindes de hacía quince años, se llegó a un acuerdo tan modesto como sensato: el huerto seguiría siendo, tal y como Sara había insistido desde el principio, propiedad privada, sin obligación alguna de prestar “servicios” a nadie, pero se aceptaría con normalidad que, de vez en cuando, alguna verdura reaccionara a destiempo delante de alguien, sin que eso fuera motivo de escándalo, prohibición ni asamblea extraordinaria.
—Bueno — resumió Paco, ya en la calle, tras la reunión, con el aire satisfecho de quien ha presenciado un acontecimiento histórico —, no ha estado mal, para ser la primera vez que este pueblo se pone de acuerdo en algo desde lo del bache de la calle del Pozo.
—Que, por cierto, sigue sin arreglarse — apuntó Sara, sonriendo.
—Ya ves. Algunas cosas no cambian ni con huertos mágicos de por medio.