Lo que crece no miente Capítulo 16
80%

Capítulo 16

El verdadero saboteador

La resolución del misterio llegó, como suelen llegar estas cosas en los pueblos pequeños, no por deducción brillante sino por pura casualidad, envuelta en vino y sobremesa.

Fue en el bar de Pepe, un viernes por la noche, donde Paco, ya animado por un par de vinos de más, se puso a especular en voz alta sobre el asunto del sabotaje con tal despliegue teórico que un hombre sentado un par de mesas más allá, al que Sara apenas conocía de vista —un vecino discreto, de esos que saludan pero nunca se quedan a charlar—, empezó a remover su copa con una inquietud que no pasó desapercibida ni para Paco ni para ella.

El bar de Pepe estaba, aquella noche, especialmente animado.

Era viernes, y los viernes en el pueblo tenían la costumbre de convertirse en una asamblea informal donde se discutía, con el mismo fervor, el resultado del partido de fútbol de la liga regional y el estado insatisfactorio, siempre insatisfactorio, del bache de la calle del Pozo.

Pepe, detrás de la barra, servía vino de la casa con la generosidad de quien sabe que un cliente contento es un cliente que vuelve, y aquella noche, animado por el ambiente, había sacado además una tabla de quesos “de la casa” que en realidad eran, según confesó él mismo entre risas, “los que me sobraron de las fiestas del verano pasado, pero que están de muerte todavía”.

Paco, ya con dos vasos de más en el cuerpo, se había puesto de pie en mitad del bar, con la elocuencia y la falta absoluta de discreción que solo el vino conseguía sacar de él, para desarrollar, ante una audiencia de media docena de vecinos igualmente achispados, una teoría sobre el sabotaje que incluía, entre otras cosas, una supuesta conspiración de Remedios con “gente de fuera del pueblo” y una elaborada explicación sobre por qué las huellas de bota encontradas en el huerto eran, según él, “de un número cuarenta y dos, típico de gente con complejo de inferioridad”.

—Paco — había intentado interrumpirlo Sara, entre la vergüenza ajena y la diversión —, eso no tiene ningún sentido.

—¡Claro que tiene sentido, Sarita! — había insistido él, sin bajar el tono ni un ápice. — La gente con complejo siempre calza más pequeño de lo que le corresponde, para disimular. Es de sobra conocido.

Fue en medio de aquel discurso, cada vez más disparatado, cuando Sara reparó en Gregorio.

—Usted — dijo Paco, señalándolo con el dedo con la sutileza de un elefante, en cuanto captó su nerviosismo —, usted sabe algo.

El hombre, que se llamaba Gregorio y que trabajaba, según supo Sara más tarde, arreglando tejados por los pueblos de alrededor, se puso colorado hasta la calva.

—Yo no sé nada — dijo, aunque con tan poca convicción que ni él mismo pareció creérselo.

—Gregorio — intervino Sara, con más calma que Paco, sentándose junto a él —, si tuvo algo que ver, prefiero que me lo diga usted mismo a que lo averigüe de otra manera. Sea lo que sea, no voy a hacer un escándalo.

Gregorio se quedó mirando su vaso un buen rato, dándole vueltas al poso del vino, antes de hablar.

—No quería hacerle daño a su huerto, de verdad — empezó, con la voz ronca de la vergüenza.

— Pero llevo meses viniendo aquí de noche, antes de que usted heredara la casa, cuando aún estaba vacía, a guardar unas herramientas de trabajo en el cobertizo del fondo, sin pedir permiso a nadie porque no sabía a quién pedírselo.

Cuando usted se instaló, tenía miedo de que las encontrara y pensara que era un ladrón, así que aquella noche vine a sacarlas antes de que usted descubriera que estaban ahí, y con las prisas, a oscuras, tropecé y destrocé media hilera sin querer.

Me entró tal pánico que salí corriendo sin pensar en arreglar nada.

Sara se quedó mirándolo, aliviada y, al mismo tiempo, un poco abrumada por lo absurdamente humano y sencillo que resultaba, al final, el motivo de tanto revuelo.

—¿Eso es todo? ¿Unas herramientas?

—Eso es todo — confirmó Gregorio, con la cabeza gacha. — Lo siento muchísimo. Le pagaré las zanahorias, y las lechugas, y lo que haga falta.

—No hace falta que pague nada, Gregorio — dijo Sara, con una media sonrisa que él no esperaba, y que pareció aliviarlo casi tanto como la propia confesión. — Solo la próxima vez, llame a la puerta. Le hubiera dejado sacar sus herramientas sin ningún problema.

Paco, que había escuchado toda la confesión con la boca ligeramente abierta, no pudo evitar cierto desencanto teatral.

—Vaya chasco — murmuró, más para sí mismo que para los demás. — Yo ya me había hecho a la idea de que era Remedios, con guantes de látex y todo, como en las películas.

—Paco, por Dios.

—¡Qué! Hubiera sido más emocionante.

Sara no denunció a Gregorio, ni comentó el incidente más allá de lo estrictamente necesario para acallar los rumores más disparatados que ya circulaban por el pueblo.

Le pareció, pensándolo bien, que aquel pequeño episodio le había enseñado algo que ya sospechaba desde hacía días: que la mayoría de los secretos que la gente escondía no eran grandes traiciones ni conspiraciones elaboradas, sino más bien esto, pequeños miedos torpes, vergüenzas cotidianas, gente que prefería esconderse de noche antes que llamar a una puerta a la luz del día.

Y que quizás, después de todo, ese fuera el verdadero don de su huerto: no delatar mentiras grandes, sino recordarle al pueblo entero, verdura a verdura, lo sencillo que sería, a veces, simplemente preguntar.