Lo que crece no miente Capítulo 15
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Capítulo 15

Secreto familiar

El secreto de Bruno y la hija de Remedios, que Sara había descubierto casi por accidente durante su pequeña investigación del sabotaje, no permaneció oculto para siempre, aunque su salida a la luz no tuvo absolutamente nada que ver con el huerto, sino con algo mucho más tradicional y mucho menos mágico: la lengua suelta de una tía segunda que los vio besándose detrás del pabellón municipal durante la propia feria de muestras.

La noticia corrió por el pueblo con la velocidad habitual, y para cuando llegó a oídos de Remedios, ya venía acompañada de todo tipo de adornos, incluyendo la afirmación, completamente falsa, de que la pareja llevaba “más de dos años” viéndose a escondidas y que incluso habían planeado “escaparse juntos a la capital”.

Remedios se presentó en casa de Sara aquella misma tarde, con el gesto torcido de quien ha tenido un disgusto considerable y necesita, con urgencia, desahogarse con alguien.

—¿Tú lo sabías? — le preguntó, sin ningún preámbulo, nada más cruzar la verja.

Sara, que llevaba semanas cargando con aquel secreto sin saber muy bien qué hacer con él, sintió que el estómago se le encogía un poco.

—Remedios, siéntate un momento, por favor.

—No me hace falta sentarme, lo que me hace falta es una respuesta. ¿Lo sabías o no?

—Lo sabía — admitió Sara, al fin, sin rodeos. — Lo descubrí durante lo del sabotaje, sin querer, y decidí no contárselo a nadie porque no me pareció que fuera asunto mío.

Remedios se quedó callada un momento, procesando aquella confesión con una expresión que oscilaba entre el enfado y algo parecido al alivio de que, al menos, no todo el pueblo llevara meses riéndose de ella a sus espaldas.

—Con Encarna llevamos años sin dirigirle la palabra a la familia de doña Pilar — dijo, al fin, sentándose de todos modos en el banco de madera junto a las hierbas aromáticas, como si las piernas ya no le respondieran del todo.

— Por una disputa de lindes de hace quince años que, si te soy sincera, ya ni siquiera recuerdo bien cómo empezó.

Algo de un muro medianero y una higuera que daba sombra al lado equivocado.

—¿Y de verdad merece la pena seguir enfadadas por eso?

Remedios la miró con una mezcla de sorpresa y cierto reproche ante la pregunta tan directa, pero no contestó de inmediato. Se quedó mirando las hileras de tomateras, pensativa, durante un buen rato.

—Sabes qué es lo más gracioso de todo esto — dijo, al fin, con una risa breve y amarga —.

Que mi hija lleva semanas viniendo aquí, a tu huerto, con la excusa de “acompañarme a comprar verduras”, solo para poder verse con ese chico sin que yo sospechara nada.

Y yo, sin darme cuenta, encantada de que mi hija por fin mostrara interés por la agricultura.

Sara no pudo evitar una sonrisa, aunque procuró disimularla lo mejor posible, consciente de que el momento requería más tacto que diversión.

—Remedios, quizás esta sea la oportunidad de enterrar de una vez esa disputa de los lindes. Si a tu hija le gusta de verdad ese chico, y a él le gusta ella, no parece que la altura de una higuera de hace quince años tenga que decidir el resto de sus vidas.

—Fácil es decirlo — refunfuñó Remedios, aunque sin demasiada convicción en el tono. — Aunque, bueno, tampoco es que yo misma recuerde ya muy bien por qué seguíamos enfadadas. Doña Pilar y yo fuimos amigas de niñas, ¿sabes? Antes de la dichosa higuera.

Aquella confesión, dicha casi sin querer, pareció sorprender a la propia Remedios tanto como a Sara, y se quedó un momento en silencio, como reconsiderando, con una perspectiva completamente nueva, quince años enteros de rencor acumulado por un asunto que, visto con la distancia suficiente, resultaba casi ridículo.

La resolución de aquel pequeño conflicto familiar llegó, para sorpresa de todo el pueblo, apenas una semana después, cuando Remedios y doña Pilar se presentaron juntas —juntas, para asombro generalizado de todos los vecinos que las vieron pasar por la plaza del brazo, como si los últimos quince años de silencio nunca hubieran existido— en el bar de Pepe, a tomar un café y “hablar de una vez por todas de los chicos”.

—¿Ha visto usted eso? — le preguntó Pepe a Sara, boquiabierto, señalando disimuladamente hacia la mesa donde las dos mujeres charlaban con una cordialidad que nadie recordaba haber visto entre ellas en más de una década.

— Remedios y doña Pilar, tomando café juntas.

Yo esto lo tengo que ver con mis propios ojos para creérmelo, y ya lo estoy viendo, y sigo sin creérmelo.

—A veces solo hace falta un empujón inesperado — comentó Sara, con una sonrisa satisfecha, sintiendo que, aunque el huerto no había tenido nada que ver directamente con aquella reconciliación, sí había sido, de algún modo indirecto, el catalizador de toda la cadena de acontecimientos que la habían hecho posible.

Bruno y la hija de Remedios, cuyo nombre resultó ser Carmela, pudieron por fin salir a pasear por el pueblo sin esconderse, cosa que hicieron, según pudo comprobar el pueblo entero durante las semanas siguientes, con un entusiasmo un poco excesivo, tomados de la mano en cada esquina, como si llevaran años esperando aquel momento y ahora no supieran bien cómo dosificarlo.

—Espero que a estos dos no les dé por venir a mi huerto a hacerse arrumacos delante de las tomateras — comentó Sara, una tarde, viéndolos pasar abrazados frente a la verja por tercera vez en el mismo día.

—Mujer, tampoco seas así — la reprendió Paco, con una sonrisa cómplice. — Que el amor joven necesita testigos, aunque sean vegetales.

—Paco, eso no tiene ningún sentido.

—Pocas cosas lo tienen, Sarita, y aun así aquí seguimos, tan felices — concluyó él, sirviéndose, sin que nadie se lo hubiera ofrecido, un vaso de la limonada que Sara acababa de preparar para ella misma.