Lo que crece no miente Capítulo 14
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Capítulo 14

Bajo la lupa

Con Damián descartado como el gran saboteador —aunque no del todo como responsable de algún pisotón nervioso de madrugada—, Sara se encontró de vuelta en la casilla de salida, sin sospechoso, con el concurso de otoño cada vez más cerca, y con una inquietud nueva que no tenía nada que ver con las zanahorias arrancadas.

Había empezado, sin darse cuenta al principio, a evitar hablar en voz alta cerca de las plantas.

Se sorprendía a sí misma tarareando canciones sin letra mientras regaba, o cambiando de tema abruptamente cuando alguna idea incómoda le venía a la cabeza estando en el huerto, como si temiera que las tomateras pudieran, de algún modo, delatarla a ella misma delante de sí misma, lo cual, pensándolo fríamente, no tenía ningún sentido, pero el miedo rara vez atiende a la lógica.

—¿Se puede saber por qué llevas tres días sin decir ni una palabra completa aquí dentro? — le preguntó Paco, extrañado, un martes por la mañana, mientras la veía regar en un silencio que a él, acostumbrado a su propia verborrea, le resultaba de lo más sospechoso.

—Por nada, Paco.

—Ya, “por nada” — repitió él, sin creérselo ni un poco. —¿No serás tú la que tiene algo que esconder ahora?

Sara se rio, un poco nerviosa, y siguió regando sin contestar, lo cual, evidentemente, no hizo más que confirmarle a Paco sus sospechas.

La verdad, aunque le costara admitirla incluso a sí misma, era que llevaba semanas —desde mucho antes del incidente con Damián, en realidad— evitando decirse a sí misma en voz alta ciertas cosas: que echaba de menos a su madre de una manera que no sabía cómo procesar sin que le doliera físicamente; que seguía sin saber qué hacer con su vida más allá de cuidar un huerto heredado; que, si era sincera, llevaba tiempo fijándose en Damián de una forma que la asustaba un poco, precisamente porque después de tanto tiempo sola había olvidado cómo se hacía eso de dejar entrar a alguien.

Una tarde, harta ya de darle vueltas sin resolver nada, decidió hacer la prueba ella misma, a solas, sin testigos.

Se sentó en el pequeño banco de madera junto a las hierbas aromáticas, con las manos entrelazadas sobre el regazo, y respiró hondo antes de hablar, sintiéndose absurda, como siempre que le hablaba a las plantas, pero decidida, por una vez, a no salir corriendo del tema.

—Estoy bien — dijo, en voz alta, a la albahaca más cercana. — De verdad que estoy bien.

La albahaca, con una lentitud casi teatral, dejó caer una hojita, sin brusquedad, casi con delicadeza, como quien no quiere ser cruel al dar una mala noticia.

Sara se rio, con los ojos ya un poco húmedos, más divertida que sorprendida.

—Vale, vale. No estoy bien del todo.

Esperó, pero la albahaca no reaccionó a esa frase, lo cual, dedujo ella, quería decir que aquello sí era verdad.

—Echo de menos a mi madre — probó, con la voz un poco temblorosa esta vez.

Ninguna reacción. Verdad, entonces.

—Y no tengo ni idea de qué hacer con mi vida más allá de este huerto.

De nuevo, nada. Otra verdad, incómoda pero limpia, como sacarse una espina.

—Y me gusta Damián — dijo, por fin, casi en un susurro, como si temiera que alguien más, aparte de la planta, pudiera oírla.

La albahaca se quedó, esta vez sí, completamente quieta, ni una hoja de más cayó al suelo, y Sara se quedó mirándola largo rato, con una sonrisa que le costó contener, sintiendo que, por primera vez en semanas, se había dicho a sí misma la verdad completa sin necesidad de que nadie más se la confirmara, aunque, para variar, no le hubiera venido mal tener a alguien más con quien compartirla.

Aquella tarde, envalentonada por el pequeño ejercicio de sinceridad, decidió ir un poco más allá y probar con preguntas que llevaba mucho más tiempo evitando, casi desde que había llegado al pueblo.

—¿Hice bien en dejar mi trabajo? — preguntó, esta vez a un pequeño romero que crecía junto a la albahaca, casi como si repartir las preguntas entre distintas plantas repartiera también, de algún modo, el peso de las respuestas.

El romero no se movió, y Sara sintió, con un alivio que le sorprendió por su propia intensidad, que aquella pregunta, que llevaba semanas carcomiéndola en silencio, tenía al fin una respuesta clara: sí, había hecho bien.

—¿Y si me quedo aquí para siempre, en vez de volver a la ciudad cuando esto se enfríe? — probó, con más miedo esta vez, porque aquella pregunta llevaba escondida detrás una decisión mucho más grande que cualquiera de las anteriores.

El romero, de nuevo, permaneció inmóvil, y Sara se quedó sentada un buen rato más, con las manos entrelazadas sobre el regazo, dejando que aquella pequeña certeza vegetal se asentara dentro de ella con la misma calma con la que se asienta la tierra después de la lluvia.

No le contó a nadie, ni siquiera a Paco, el contenido exacto de aquella conversación consigo misma.

Pero desde entonces, sin que ella lo anunciara ni lo explicara, empezó a comportarse de una forma distinta en el pueblo: dejó de referirse a la casa de su madre como “la casa de mi madre” y empezó a llamarla, sin darse cuenta, “mi casa”; dejó de calcular, cada quincena, cuánto le quedaba de sus ahorros antes de tener que “volver a buscar algo serio”; y empezó, por primera vez desde que había llegado, a plantar pensando no en la próxima cosecha, sino en la próxima primavera, y en la que vendría después de esa.