Lo que crece no miente Capítulo 13
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Capítulo 13

Secreto inesperado

La persona frente a la que las plantas se habían agitado era Damián.

Había venido, como cada pocos días, a traerle una bombona nueva de butano, y se había quedado charlando junto al semillero, comentando con genuino interés cuál de las tres macetas parecía crecer mejor, completamente ajeno a que aquello era, en realidad, un pequeño interrogatorio disfrazado de charla de vecinos.

—Oye, Damián — le había dicho Sara, con el tono más despreocupado que pudo fingir —, ¿tú no sabrás nada de lo que pasó la otra noche en el huerto, verdad? Lo del destrozo.

—No, qué va, ni idea — había contestado él, con una naturalidad que a Sara le pareció, en el momento, completamente sincera.

Y sin embargo, la maceta más cercana a él se había sacudido, de golpe, como si algo la hubiese removido desde dentro.

Damián no pareció darse cuenta —o prefirió no darse cuenta, cosa que Sara todavía no sabía distinguir— y siguió hablando de la fruta, de lo cara que estaba la gasolina, de que este año el otoño se estaba adelantando, mientras ella lo miraba con una atención nueva, buscando grietas en su tranquilidad que él no parecía dispuesto a mostrar.

Sara no dijo nada más aquella tarde. Se quedó dándole vueltas durante días, sin saber muy bien cómo abordar algo tan delicado sin sonar, ella misma, como una loca que acusaba a la gente en base al comportamiento de unas plantas en macetas.

Fue Paco, con su habitual falta de filtro, quien terminó por precipitar las cosas.

—A ver, cuéntame otra vez lo de las macetas — le pidió, una tarde, mientras se tomaban un café en la cocina. — ¿Con quién se movió?

Sara dudó, pero terminó por contárselo.

—¿Con Damián? — Paco casi se atraganta con el café. — No me lo puedo creer. Con lo majo que parece.

—Yo tampoco me lo creo, Paco. Por eso no sé qué hacer.

—Pues habla con él, directamente, como me dijiste a mí que hiciera con mi hijo — le recordó él, con una sonrisa medio culpable, medio orgullosa de haber aprendido, al menos en teoría, la lección.

Sara esperó al día siguiente, cuando Damián volvió con una nueva entrega de bombonas, y esta vez no rodeó el tema con excusas.

—Damián, necesito preguntarte algo directamente, y quiero que me digas la verdad, sin rodeos — le dijo, mientras dejaba las bombonas en la mesa de la cocina. — ¿Tuviste algo que ver con el destrozo del huerto?

Él se quedó callado un momento, con la mirada baja, y a Sara le pareció que, por primera vez desde que lo conocía, perdía por completo su habitual desparpajo.

—No — dijo, al fin, aunque con una vacilación que contradecía la palabra misma. — Bueno… no del todo.

— ¿Qué quiere decir “no del todo”?

Damián suspiró, se sentó en una de las sillas de la cocina sin que nadie se lo hubiera ofrecido, y se pasó las manos por la cara antes de hablar.

—Yo no destrocé nada, eso te lo juro. Pero esa noche estuve aquí — confesó, al fin.

— Vine a las tantas, sin avisar, porque…

bueno, porque llevaba semanas queriendo decirte algo y no me atrevía, y pensé que si venía de noche, sin que me vieras, a lo mejor me armaba de valor para dejarte una nota, algo, no sé, una tontería.

Y estaba aquí, dando vueltas como un idiota, cuando oí ruido al otro lado del huerto y me asusté y salí corriendo sin mirar bien por dónde pisaba.

Debí de pisotear yo mismo alguna hilera sin darme cuenta, con las prisas.

Pero el destrozo grande, lo de las zanahorias arrancadas, eso no fui yo. Yo ya me había ido para entonces.

Sara se quedó mirándolo, procesando aquella confesión que no esperaba en absoluto, mientras intentaba entender qué era, exactamente, eso que llevaba semanas queriendo decirle y no se atrevía.

— ¿Qué era lo que querías decirme?

Damián la miró, se puso colorado hasta las orejas, y por primera vez en toda la conversación, sonrió, aunque con timidez.

—Eso, de momento, prefiero seguir sin decírtelo. Ya me ha costado bastante confesar lo de las pisadas.

Y aunque Sara insistió, entre risas ya más relajadas, no consiguió sacarle nada más aquella tarde, cosa que, para su sorpresa, no le molestó tanto como hubiera esperado.

Se quedó, sin embargo, dándole vueltas durante días a aquella confesión a medias.

Por un lado, sentía un alivio genuino al saber que Damián no había sido el autor del destrozo grande, el de las zanahorias arrancadas y las lechugas pisoteadas con verdadera intención; por otro, no podía dejar de repasar mentalmente el episodio de la nota nunca escrita, preguntándose qué habría puesto en ella, y sorprendiéndose a sí misma, en más de una ocasión, sonriendo sola mientras fregaba los platos o tendía la ropa, sin ningún motivo aparente más que el simple hecho de pensar en Damián sonrojado en su cocina.

Paco, que no se perdía detalle, no tardó en darse cuenta.

—Se te ha puesto una cara muy tonta — le dijo, un par de días después, mientras la ayudaba a recoger unas judías verdes.

—No sé de qué hablas.

—Ya, ya, claro que no — contestó él, con la sonrisa de quien sabe perfectamente de qué habla, aunque decida no insistir más, al menos por el momento.

Lo que ninguno de los dos sabía todavía era que aquella “nota nunca escrita” seguía guardada, doblada varias veces sobre sí misma, en el bolsillo interior de la chaqueta de trabajo de Damián, esperando el momento —que él, con su timidez habitual, seguía posponiendo semana tras semana— de encontrar el valor suficiente para entregarla.