Capítulo 12
El bache de la calle del Pozo
Si había una institución en el pueblo tan arraigada como el propio concurso de Valmora, esa era, sin lugar a dudas, el bache de la calle del Pozo, un socavón de dimensiones considerables que llevaba, según las malas lenguas, “más años dando problemas que el propio alcalde en el cargo”, y que se había convertido, con el paso del tiempo, en una especie de broma recurrente que unía al pueblo entero por encima de cualquier otra diferencia, incluidas las rencillas hortícolas de Remedios y Encarna, o los rumores sobre el huerto de Sara.
Fue precisamente el huerto de Sara, de la forma más inesperada posible, el que terminó por resolver, en apenas una tarde, un asunto que llevaba paralizado casi una década.
Todo comenzó cuando don Casimiro, todavía escarmentado por el incidente de la feria de muestras y buscando, quizás, alguna forma de recuperar algo de credibilidad ante sus votantes, convocó una nueva reunión municipal, esta vez dedicada exclusivamente al tema del bache, con la esperanza de encontrar, después de años de promesas incumplidas, una solución definitiva.
—El problema — explicó, ante una audiencia notablemente menos numerosa que la de la asamblea del huerto, señal inequívoca de que el bache, a pesar de su fama, generaba bastante menos pasión colectiva que las lechugas parlanchinas — es que llevamos años recibiendo presupuestos contradictorios.
Unos dicen que hace falta reasfaltar toda la calle, otros que basta con rellenar el agujero, y el contratista de turno, cada vez, nos cobra una cantidad distinta según lo que le convenga contarnos ese día.
—Eso porque nadie le pregunta la verdad al contratista delante de una tomatera — soltó Paco, desde el fondo de la sala, con la sonrisa pícara de quien lleva toda la reunión esperando el momento perfecto para soltar aquella broma.
Se produjo una risa general, seguida de un silencio pensativo, y para sorpresa de todos, incluida la propia Sara, don Casimiro se tomó el comentario mucho más en serio de lo que Paco pretendía.
—¿Sabes qué, Paco? — dijo el alcalde, incorporándose de su silla con una expresión que oscilaba entre la desesperación y la inspiración repentina. — Después de diez años intentando resolver esto por la vía tradicional, no tengo absolutamente nada que perder.
Así fue como, una semana después, en un episodio que el pueblo recordaría durante años como “la vez que el ayuntamiento contrató a un huerto”, el contratista encargado de presupuestar la obra del bache se presentó, sin saberlo del todo, en una reunión organizada estratégicamente en el propio huerto de Sara, con la excusa oficial de “revisar unas muestras de tierra necesarias para el nuevo asfaltado”.
El contratista, un hombre rollizo y de bigote considerable llamado Fermín —el mismo Fermín, para sorpresa de todos, y en especial de Marisa, que resultó ser el “socio nuevo” de su marido Ernesto, aunque esa es otra historia que se resolvió, para satisfacción absoluta de Marisa, con la simple confirmación de que Fermín era, en efecto, un completo desconocido sin ninguna intención turbia—, se paseó por el huerto con la misma indiferencia con la que hubiera examinado cualquier otro terreno, sin sospechar en absoluto la verdadera naturaleza de aquella visita.
—Bueno, señor alcalde — empezó Fermín, sacando una carpeta llena de papeles —, después de revisar bien la situación, le puedo confirmar que la obra completa, con reasfaltado de toda la calle, saldría por unos ocho mil euros.
En cuanto pronunció aquella cifra, una de las matas de tomillo más cercanas a sus pies se sacudió con un temblor tan evidente que hasta el propio Fermín, ajeno por completo al fenómeno, se quedó mirándola un segundo con extrañeza, antes de continuar, sin darle mayor importancia, atribuyéndolo probablemente a alguna corriente de aire.
Don Casimiro, en cambio, que ya había sido debidamente instruido por Paco y Sara sobre qué buscar, intercambió con ellos una mirada cómplice que no pasó desapercibida para nadie más que para el propio Fermín.
—¿Está usted completamente seguro de esa cifra, Fermín? — preguntó el alcalde, con un tono casual que escondía, sin embargo, una intención muy clara. — Porque el año pasado nos dio un presupuesto bastante distinto para una obra parecida en el pueblo vecino.
Fermín se removió, incómodo, en el sitio.
—Bueno, cada obra tiene sus particularidades, ya sabe — se justificó, aunque con una vacilación que ya delataba, incluso sin necesidad de ninguna intervención vegetal, que algo no cuadraba del todo.
—¿Y si le rebajara la cifra a la mitad? — insistió don Casimiro, tanteando el terreno.
—Bueno, mire, si quiere que le sea sincero — confesó Fermín, al fin, tras un suspiro resignado —, con cuatro mil euros y un par de días de trabajo, el bache queda perfecto. Lo de los ocho mil incluía un margen bastante generoso para… imprevistos.
Esta vez, la mata de tomillo permaneció completamente inmóvil, confirmando, sin que Fermín llegara jamás a sospechar por qué, que aquella nueva cifra era, en efecto, la verdad.
—Pues entonces — concluyó don Casimiro, con una sonrisa que llevaba diez años sin poder dedicarle a aquel asunto —, hagamos el trabajo por cuatro mil euros, que buena falta le hace ya a esa calle.
Fermín, sin saber exactamente por qué, salió de aquella reunión con la sensación extraña de haber sido, de algún modo, descubierto en algo, aunque jamás llegó a entender el qué, ni por qué el alcalde y aquellos dos vecinos suyos se despidieron con una sonrisa tan satisfecha, casi conspirativa, que a él le costó descifrar del todo.
El bache de la calle del Pozo, contra todo pronóstico y después de una década entera de promesas incumplidas, quedó reparado apenas quince días después, en una obra que el pueblo entero celebró con un pequeño convite improvisado en la propia calle, con Paco presidiendo el brindis con el orgullo de quien siente, con toda razón, que ha sido parte fundamental de la resolución de un problema histórico.
—Que quede constancia — proclamó, levantando su vaso de vino ante la concurrencia — de que este pueblo ha necesitado un huerto mágico para arreglar un bache que cualquier ayuntamiento normal hubiera resuelto en una semana. Que cada uno saque sus propias conclusiones.
—Paco — lo reprendió Sara, entre risas, dándole un codazo disimulado —, no hace falta que se lo cuentes a todo el pueblo.
—Ya se lo ha contado todo el pueblo solo, Sarita — respondió él, señalando con el vaso hacia la nueva calle, perfectamente asfaltada, donde ya se había congregado media población para admirar, con una mezcla de alivio y sana incredulidad, aquel pequeño milagro de ingeniería municipal.
Don Casimiro, por su parte, aprovechó la ocasión para posar, con la mejor de sus sonrisas políticas, junto al bache ya inexistente, para una fotografía que apareció, días después, en la sección de noticias locales del mismo periódico comarcal donde Beatriz había publicado su reportaje sobre el huerto, bajo un titular considerablemente menos poético que el anterior: “El ayuntamiento resuelve, por fin, el famoso bache de la calle del Pozo”, sin ninguna mención, por supuesto, al verdadero método empleado para conseguirlo.