Lo que crece no miente Capítulo 11
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Capítulo 11

El sabotaje

Faltaban apenas diez días para el segundo concurso del año —el “concurso de otoño”, más pequeño que el de Valmora, pero igual de disputado en el orgullo local— cuando Sara salió una mañana a regar y se encontró el huerto hecho un desastre.

No era obra del viento, ni de ningún animal despistado. Alguien había arrancado, con más rabia que precisión, media hilera de zanahorias, había pisoteado las lechugas más grandes, y sobre la tierra removida habían dejado, a modo de firma involuntaria, la huella clara de unas botas de trabajo.

— ¡Paco! — gritó Sara, en cuanto lo vio acercarse por el camino, con la voz quebrada por la indignación. — ¡Mira esto!

Paco se quedó parado en la entrada, con la boca abierta, contemplando el destrozo con una expresión que pasó, en cuestión de segundos, del asombro a la furia más pura.

— ¡Serán sinvergüenzas! — exclamó, agachándose a examinar las huellas con la meticulosidad de un detective de pueblo. — Esto ha sido con mala idea, no con un animal ni nada. Mira, hasta han arrancado las etiquetas de madera.

—¿Quién haría algo así?

—Yo tengo mis sospechas — dijo Paco, entrecerrando los ojos en dirección, más o menos, hacia la casa de Remedios, aunque sin atreverse a decirlo en voz alta todavía.

—Paco, no puedes acusarla sin pruebas.

—Ya lo sé, ya lo sé, pero mira que casualidad, justo antes del concurso…

La noticia corrió por el pueblo con la misma velocidad de siempre, y para la tarde, medio mundo tenía ya su propia teoría.

Unos culpaban a Remedios, motivada por la rivalidad del concurso; otros, a algún vecino resentido por haber sido rechazado en sus peticiones de “consultas”; y no faltó quien, con más imaginación que sentido común, sugiriera que había sido el propio huerto, “que se ha vuelto contra ella”, una teoría que Paco calificó, sin ánimo de ofender a nadie, de “la tontería más grande que había oído en su vida, y eso que él había oído muchas”.

Don Casimiro, el alcalde, incluso llegó a proponer, con la solemnidad de quien anuncia una medida de estado, que se instalara una cámara de seguridad prestada del ayuntamiento, “de las que sobraron del año que se robaron los adornos navideños de la plaza”, oferta que Sara declinó con toda la educación posible, convencida de que una cámara sería mucho menos eficaz que su propio, aunque extraño, sistema de detección vegetal.

Sara, decidida a no dejar que el asunto quedara así, decidió hacer algo que hasta entonces se había resistido a probar de forma deliberada: usar el propio huerto para investigar.

Replantó, con cuidado, un pequeño semillero en tres macetas distintas, cada una en una esquina diferente del terreno, y durante los días siguientes fue invitando, con la excusa de “quería tu opinión sobre esta variedad nueva”, a distintas personas a acercarse y comentar, como quien no quiere la cosa, el incidente del sabotaje.

La lista de sospechosos, elaborada a medias entre ella y Paco durante una sobremesa especialmente larga, incluía a casi media docena de nombres, cada uno con su propio motivo, más o menos plausible: Remedios y Encarna, por la rivalidad evidente del concurso; el hijo de doña Pilar, el tal Bruno, que llevaba semanas comportándose de forma extraña; incluso el propio Anselmo, “el del perejil”, a quien Paco no terminaba de descartar solo porque le parecía “sospechosamente insistente” con sus visitas.

Con Remedios, que aceptó la invitación con la ceja arqueada de quien sabe perfectamente para qué la han llamado, la conversación no produjo ni una sola hoja fuera de lugar, ni un solo tallo torcido, por mucho que Sara le preguntara, directamente, si ella tenía algo que ver.

—Yo tengo mis defectos, hija — dijo Remedios, con la mano en el pecho y sin que ni una sola planta a su alrededor se inmutara —, pero destrozar el trabajo ajeno no es uno de ellos. Yo gano con honradez, o no gano.

Con Marisa, la del quiosco, tampoco hubo reacción alguna, más allá de su habitual e inofensiva insistencia en colar, de nuevo, el tema de su marido y el tal Fermín.

Con Bruno, el hijo de doña Pilar, hubo un instante de tensión —una hoja tembló ligeramente cuando Sara le preguntó si sabía algo del asunto—, pero resultó, tras una charla más extensa de la que Sara hubiera preferido tener, que aquel temblor no tenía nada que ver con el sabotaje del huerto, sino con un asunto bastante más mundano: Bruno llevaba semanas saliendo a escondidas con la hija de Remedios, cosa que ninguna de las dos familias, enfrentadas desde hacía años por una vieja disputa de lindes, conocía todavía, y que Sara, tras aquel descubrimiento accidental, prometió solemnemente no revelar a nadie.

Con Anselmo, cuya única “sospecha” resultó ser que efectivamente albergaba ciertos resentimientos hacia su suegra, aunque de ahí a destrozar un huerto ajeno mediaba, evidentemente, un trecho considerable que él jamás recorrería, tampoco hubo ninguna reacción relevante más allá de la habitual y algo cómica insistencia en “consultar” al perejil sobre asuntos completamente ajenos al tema.

Fue con la tercera persona de la lista principal, la que menos esperaba, con quien las plantas de la maceta más cercana se agitaron de golpe, como sacudidas por un viento que no soplaba en ningún otro rincón del huerto.

Sara se quedó mirando fijamente a esa persona, con una mezcla de incredulidad y una tristeza que no supo nombrar todavía, mientras comprendía, con el peso de quien encaja la última pieza de un rompecabezas que hubiera preferido dejar sin terminar, quién había sido, en realidad, el responsable del destrozo.