Capítulo 10
La feria de muestras
A mitad de camino entre el revuelo de la asamblea improvisada del bar de Pepe y el verdadero sabotaje que estaba por llegar, el pueblo tuvo que lidiar con otro acontecimiento anual que, aquel año, se cruzó de la manera más inoportuna posible con la fama creciente del huerto de Sara: la feria de muestras comarcal, un evento que se celebraba cada otoño en el pabellón municipal, y al que acudían productores de media docena de pueblos vecinos a exponer sus quesos, sus embutidos, sus mieles y, por supuesto, sus verduras.
Don Casimiro, siempre atento a cualquier oportunidad de figurar en la foto oficial del periódico comarcal, decidió que aquel año el pueblo debía tener una presencia “a la altura de su creciente fama hortícola”, y para ello convocó a Sara a una reunión en el ayuntamiento con una solemnidad que a ella, ya curtida en asambleas absurdas, no la impresionó demasiado.
—Sara, hija, necesito que me hagas un favor — empezó el alcalde, sentado tras su escritorio con las manos entrelazadas, en la pose que él consideraba, sin demasiado fundamento, “de estadista”.
— Este año quiero que representes al pueblo en la feria.
Con un puesto grande, bien visible, a la entrada del pabellón.
— ¿Yo? Don Casimiro, si apenas llevo un año cultivando en serio.
—Precisamente por eso — contestó él, bajando la voz con aire confidencial, aunque estaban completamente solos en el despacho.
— Sé que tu huerto tiene… particularidades.
Y había pensado que, bueno, sin que se note demasiado, podríamos aprovechar esas particularidades para dar un poco de… prestigio a la feria.
Sara tardó un segundo en entender hacia dónde iba aquella conversación, y cuando lo entendió, no pudo evitar un resoplido de incredulidad.
— ¿Me está pidiendo que lleve el huerto a la feria para que la gente venga a comprobar si los demás productores mienten sobre sus quesos?
—¡No, no, por Dios, qué cosas dices! — se apresuró a negar don Casimiro, poniéndose colorado. — Bueno… solo un poquito. Nada serio. Solo para el jamón de Villalba, que lleva tres años ganando el premio a mejor producto y a mí, personalmente, ese jamón nunca me ha convencido del todo.
—Don Casimiro.
—¡Era broma, era broma! — se retractó él, levantando las manos. —Bueno, casi.
Sara aceptó, al final, llevar un puesto a la feria, aunque dejando muy claro, con la firmeza que ya había perfeccionado tras meses de lidiar con peticiones similares, que sus verduras se expondrían “como verduras normales, sin numeritos de ningún tipo”.
Paco, por supuesto, se apuntó a ayudar con un entusiasmo que a Sara ya no le sorprendía en absoluto.
La feria resultó ser un espectáculo de lo más pintoresco.
Productores de los pueblos vecinos habían montado puestos elaboradísimos, con manteles bordados y carteles de madera tallada que rivalizaban en ambición decorativa con los de la propia Remedios.
Había un puesto de quesos curados que olía, según palabras textuales de Paco, “a calcetín viejo pero en el buen sentido”, un puesto de mieles de todos los colores imaginables, y, en efecto, el famoso jamón de Villalba, expuesto con una iluminación tan cuidada que parecía sacado de una joyería.
El puesto de Sara, modesto en comparación, con sus calabazas, sus zanahorias y un cartel escrito a mano por Paco que decía “VERDURAS DEL HUERTO DE SARA (SIN TRAMPA NI CARTÓN)”, atrajo, sin embargo, una cantidad de curiosos desproporcionada respecto a su tamaño, todos ellos deseosos de comprobar con sus propios ojos si los rumores sobre el “huerto que no miente” eran ciertos.
—¿Es verdad que si le mientes a una zanahoria se pone azul? — preguntó un niño, con la seriedad absoluta de quien hace la pregunta más importante del mundo.
—No exactamente, cielo — contestó Sara, agachándose a su altura, divertida. — Pero si quieres, puedes intentarlo.
El niño, tras pensárselo un momento con gran concentración, se inclinó hacia una de las zanahorias expuestas y anunció, con total solemnidad, que “las espinacas son mi verdura favorita”, una mentira tan inocente y tan evidente en su propia cara de circunstancias que la zanahoria, para sorpresa de Sara, ni se inmutó, como si el propio huerto reconociera que aquello no merecía ni el esfuerzo de una reacción.
—Vaya, parece que a mi huerto no le interesan las mentiras de niños de siete años sobre verduras — comentó Sara, y el niño se marchó corriendo, feliz con el resultado, hacia el puesto de la miel.
El verdadero incidente de la feria, sin embargo, llegó de la mano del productor del jamón de Villalba, un hombre orondo y de bigote imponente llamado Ceferino, que se acercó al puesto de Sara con la intención, apenas disimulada, de averiguar si aquello del “huerto mágico” era cierto, para poder, según sus propias palabras, “desenmascarar el timo” delante de todo el jurado de la feria.
—A ver, jovencita — empezó, con un tono que a Sara le recordó, inevitablemente, al de Remedios en su peor día —, dicen por ahí que tienes un truco de feria escondido en esas calabazas.
—No hay ningún truco, señor.
—Ya, ya — dijo él, con una sonrisa condescendiente que a Sara le hirvió la sangre un poco. — Pues yo digo, delante de todos, que mi jamón es el mejor de toda la comarca, sin lugar a dudas, y que llevo veinte años perfeccionando la curación con métodos absolutamente tradicionales, sin ningún atajo.
Lo dijo con tal aplomo, con tal seguridad en sí mismo, plantado justo al lado de la calabaza más grande del puesto de Sara, que el pequeño grupo de curiosos que se había congregado alrededor se quedó, por un instante, en un silencio expectante, esperando ver si la calabaza iba a reaccionar de algún modo ante semejante declaración.
La calabaza, para desilusión general del público congregado, y para alivio secreto de Sara, no hizo absolutamente nada.
—¿Lo ven? — proclamó Ceferino, exultante. — ¡Ni una hoja movida! Todo mentira, como yo decía.
Fue Paco, con su habitual instinto para el desastre, quien no pudo resistirse a añadir un comentario.
—Bueno, hombre, tampoco hay que ser tan categórico — dijo, con una sonrisa que a Sara ya le resultaba profundamente sospechosa.
— A lo mejor es que ha dicho usted la verdad.
O a lo mejor es que esta calabaza en concreto ya está cortada del tallo y lleva tres días sin recibir agua, así que no está para muchas emociones.
El grupo de curiosos estalló en carcajadas, y Ceferino, entre avergonzado y furioso, se marchó de vuelta a su puesto de jamón farfullando algo sobre “gente de pueblo con demasiado tiempo libre”, mientras Sara, ya sin poder contener la risa, le daba a Paco un codazo cómplice.
—Eso ha sido tan innecesario como brillante.
—Es mi especialidad — contestó él, orgulloso, sirviéndose él mismo, sin que nadie se lo hubiera ofrecido, un trozo de queso del puesto vecino.
La feria terminó, para sorpresa de todos, con el puesto de Sara recibiendo una mención especial del jurado comarcal, no por ninguna particularidad mágica, sino, según rezaba el diploma, “por la excelente calidad y presentación de sus productos hortícolas artesanales”, una distinción que a Sara le hizo más ilusión que cualquier otro reconocimiento recibido hasta entonces, precisamente porque no tenía absolutamente nada que ver con las hojas encogidas ni con las mentiras ajenas, sino con el trabajo llano y honesto de cuidar, día a día, un pedazo de tierra.