Lo que crece no miente Capítulo 9
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Capítulo 9

Uso indebido

A pesar del cartel, a pesar de las negativas repetidas hasta la saciedad, a pesar de la charla —casi solemne— con Remedios, la tentación del pueblo resultó ser más fuerte que cualquier letrero de madera clavado en la tierra.

Fue Marisa, la mujer del quiosco, quien se llevó la palma en audacia. Se presentó un sábado por la mañana con dos termos de café, “para hacer más ameno el rato”, y una excusa tan elaborada que Sara, a su pesar, tuvo que admirar el esfuerzo narrativo.

—Verás, Sara, resulta que mi Ernesto quiere montar un negocio con un socio nuevo, un tal Fermín, que dice ser primo de no sé quién de la capital, y yo, la verdad, no me fío ni un pelo de ese hombre — explicó, sirviendo ya el café en dos vasitos de plástico sin que nadie se lo hubiera pedido.

— Así que había pensado, ya que estamos aquí tan tranquilas, charlando, que a lo mejor Ernesto podría pasarse por aquí, a comprar unos tomates, sin que se entere de nada, claro, y así, de paso…

—Marisa, no.

—¡Pero si ni siquiera te he terminado de explicar el plan!

—No hace falta, ya sé cómo termina — dijo Sara, cruzándose de brazos. — Y la respuesta sigue siendo no.

Marisa se marchó decepcionada, llevándose sus dos termos de café intactos, murmurando algo sobre la desconfianza de la gente joven de hoy en día, y Sara se quedó pensando que aquella iba a ser, sin duda, una larga temporada.

Pero el verdadero problema no llegó de fuera, sino de mucho más cerca.

—Sara — le dijo Paco, una tarde, con un tono raro, evasivo, completamente distinto de su habitual desparpajo —, tengo que pedirte un favor. Es sobre mi hijo.

— ¿Qué pasa con tu hijo?

—Nada, nada malo — se apresuró a aclarar, aunque su cara decía lo contrario.

— Es que… bueno, verás, lleva unos meses raro.

Se ha comprado un coche nuevo que no sé de dónde ha sacado el dinero, y me ha dicho que es de un préstamo del banco, pero yo…

no sé, Sara, algo me huele mal, y había pensado que si viniera por aquí, sin que se diera cuenta de nada, solo para…

Sara lo miró con una mezcla de sorpresa y decepción tan evidente que Paco se calló de golpe, a media frase, como si acabara de oírse a sí mismo desde fuera.

— ¿En serio, Paco? ¿Tú también?

Él se quedó callado un momento, rascándose la nuca, evidentemente avergonzado.

—Tienes razón — dijo, al fin, con un suspiro. — Es que… es mi hijo, Sara. Y me preocupa. Pero tienes toda la razón, no está bien. Con todos los sermones que te he dado esta semana sobre no dejar que la gente use tu huerto para espiarse los unos a los otros, y aquí estoy yo, haciendo justo lo mismo.

—Paco, si de verdad te preocupa tu hijo, habla con él. Pregúntale directamente.

—Ya, ya lo sé — dijo, con la vergüenza todavía dibujada en la cara. — Es más fácil decírselo a una tomatera que decírselo a la cara a tu propio hijo, ¿sabes? La tomatera no te va a mirar mal, ni te va a decir que eres un padre entrometido.

Aquella frase, dicha casi sin querer, se quedó flotando entre los dos durante un buen rato, mientras el sol de la tarde empezaba a caer sobre las hileras del huerto, y Sara entendió, por primera vez con claridad, que el problema no era solo del pueblo.

También era suyo. Porque, si era sincera consigo misma, ella tampoco le había preguntado directamente a Damián lo que de verdad le preocupaba desde el martes en que las hojas de la tomatera se habían enroscado sin motivo aparente.

Había preferido, como Paco con su hijo, dejar que fuera la tierra la que hablara por ella.

—Vale — dijo, al fin, más para sí misma que para Paco. —Creo que tenemos que hablar sobre las reglas de este sitio. Y no solo para el pueblo. También para nosotros.

Paco asintió, aliviado de que aquella conversación incómoda hubiera terminado, y los dos se quedaron mirando el huerto en silencio, cada uno rumiando, a su manera, la misma pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que no se atrevían a decir en voz alta habían estado, en realidad, esperando que dijeran las plantas por ellos?

Para sorpresa de Sara, Paco se tomó aquella conversación mucho más en serio de lo que ella hubiera imaginado. Dos días después, se presentó en el huerto con una expresión que mezclaba el alivio con un poco de vergüenza retrospectiva, y con ganas evidentes de contarle algo.

—Hablé con mi hijo — anunció, sin más preámbulo que el de costumbre. — Le pregunté directamente, como me dijiste, sin rodeos ni trampas de jardín.

— ¿Y qué te dijo?

—Que el coche se lo había comprado con los ahorros de tres años currando en la obra, y que no me lo había contado antes porque tenía miedo de que le dijera que era un dinero mal gastado, que mejor lo hubiera invertido en algo “serio”, como una casa o yo qué sé — contó Paco, con una mezcla de alivio y ternura que a Sara le pareció enternecedora.

— Y tenía razón, para qué te voy a mentir, mi primera reacción hubiera sido justo esa.

Pero me alegro de habérselo preguntado a él, y no a una lechuga.

—¿Ves? Todo arreglado sin necesidad de espionaje vegetal.

—Sí, sí — concedió Paco, aunque con una sonrisa pícara que ya anunciaba la coletilla —. Aunque, entre tú y yo, no me hubiera importado comprobarlo también con la lechuga. Solo para estar doblemente seguro.

—Paco.

—¡Es broma, es broma! — se rio él, levantando las manos. — Bueno, casi.

Aquel pequeño episodio, resuelto con una charla franca en lugar de una visita disimulada al huerto, se convirtió, sin que Sara lo planeara, en el primer ejemplo real de lo que ella empezaba a intuir como la verdadera lección de todo aquel embrollo: que la mayoría de los problemas que la gente quería resolver a través de sus tomateras podían resolverse, con bastante menos dramatismo, con una conversación sincera y una pizca de valor.

No todo el mundo, sin embargo, estaba dispuesto a aprender esa lección con la misma facilidad que Paco.

Esa misma semana, Sara tuvo que lidiar con al menos tres intentos más de “visita disimulada”, incluyendo uno particularmente memorable protagonizado por el carnicero del pueblo, que se presentó con una excusa sobre “unas chuletas que le sobraban” y que, al ver que Sara no picaba el anzuelo, terminó confesando, sin que nadie se lo preguntara, que en realidad quería comprobar si su mujer le había sido sincera sobre el verdadero precio de un abrigo nuevo.

Sara, ya con la paciencia suficientemente entrenada, lo despidió con la misma firmeza cariñosa con la que había despedido a Marisa, a doña Pilar y a Anselmo, cada vez más convencida de que aquel huerto, lejos de ser un simple capricho de la naturaleza, se había convertido en un espejo incómodamente fiel de las inseguridades de todo un pueblo.