Capítulo 8
La visita
Remedios llegó hasta la verja del huerto con una cesta de mimbre bajo el brazo, tan impecablemente vestida como si fuera a misa, y se quedó plantada frente al cartel de “PROPIEDAD PRIVADA. NO SE HACEN CONSULTAS” con una expresión que Sara no supo bien si interpretar como diversión o como desprecio.
—Vaya cartelito — dijo, a modo de saludo.
—Buenas tardes, Remedios.
—He traído esto — anunció, levantando la cesta, donde asomaban media docena de huevos y un tarro de mermelada casera con una etiqueta tan pulcra como todo lo demás que salía de sus manos. — De parte de mi gallinero. No hace falta que me lo agradezcas, es simple cortesía entre vecinas.
Sara, que llevaba toda la semana a la defensiva, tardó un segundo en darse cuenta de que aquello no era, en realidad, un ataque, y aceptó la cesta con cierta cautela.
—Muchas gracias, no hacía falta.
—Ya lo sé que no hacía falta — contestó Remedios, con esa forma suya de hablar que siempre sonaba a media riña, aunque no lo fuera del todo. — Vengo, la verdad sea dicha, porque quería ver con mis propios ojos de qué se habla tanto por el pueblo.
—Remedios, de verdad, no hay nada que ver. Son rumores.
—Ya — dijo ella, sin mucha convicción, paseando la mirada por el huerto con el ojo clínico de quien lleva toda la vida evaluando tierras ajenas. —Aunque, si te digo la verdad, tampoco me extrañaría. Esta tierra siempre tuvo algo especial.
Sara se quedó parada, con la cesta todavía entre las manos.
— ¿A qué te refieres?
Remedios se tomó su tiempo antes de contestar, paseando entre las hileras con las manos entrelazadas a la espalda, en un silencio que a Sara le pareció, por primera vez, no calculado sino genuinamente pensativo.
—Tu madre tenía buena mano, eso es verdad, pero el verdadero secreto de esta tierra no era ella.
Era tu abuela — dijo, al fin, deteniéndose junto a una mata de albahaca.
— Yo era una cría cuando ella todavía vivía aquí, pero recuerdo que la gente del pueblo decía cosas raras.
Que sus plantas nunca se secaban, ni en año de sequía. Que su huerto sabía cosas.
— ¿Mi abuela?
—Tu abuela — confirmó Remedios, y por primera vez desde que Sara la conocía, algo parecido a la nostalgia le suavizó el gesto. — Yo entonces era una niña y no le di mucha importancia, cosas de viejas supersticiones, pensaba. Pero ahora, viéndote a ti…
Se quedó callada un momento, mirando la albahaca como si esperase que esta confirmara o desmintiera algo.
—En fin — continuó, recomponiendo la expresión de antes, más seria, más de competencia —, no he venido a hablar de fantasmas.
He venido a decirte que, si de verdad tu huerto tiene algún…
talento especial, más te vale usarlo con cabeza.
La gente de los pueblos pequeños tiene mucha memoria y poca paciencia.
Y yo, para que lo sepas, llevo once años ganando el primer premio con esfuerzo, sudor y mucho abono, no con trucos de feria.
—Remedios, yo no busqué nada de esto.
—Puede ser — dijo ella, sin que su tono sonara del todo convencido, aunque tampoco hostil. —Pero ahora que lo tienes, tendrás que decidir qué hacer con ello. Y créeme, hija, en un pueblo así, eso pesa más que cualquier calabaza.
Se marchó con la misma dignidad con la que había llegado, dejando a Sara con la cesta de huevos en una mano y, en la otra, la pesada sensación de que aquello que había empezado como una anécdota divertida para contarle a Paco, empezaba a tener raíces —nunca mejor dicho— mucho más profundas y antiguas de lo que ella hubiera imaginado.
Esa noche, mientras guardaba la cesta en la cocina, Sara se encontró a sí misma buscando entre los cajones viejos de la casa, casi sin saber qué buscaba, hasta que dio con una caja de fotografías descoloridas que llevaba meses sin abrir.
En una de ellas, borrosa por el tiempo, había una mujer mayor, de mirada seria y manos fuertes, agachada entre unas hileras de tomateras que a Sara, por algún motivo, le resultaron extrañamente familiares.
Detrás, con tinta ya casi desvanecida, alguien había escrito: Mamá, en el huerto, verano del 74.
Se quedó un buen rato mirando aquella fotografía, intentando reconocer en aquel rostro serio y algo severo algún rasgo suyo, alguna similitud que justificara la certeza repentina de Remedios, hasta que decidió que la única forma de aclarar aquello era llamar a Paco, que seguramente, con sus cuarenta años de residencia en el pueblo, sabría algo más que ella sobre aquella abuela de la que apenas tenía recuerdos, más allá de alguna mención suelta de su madre y una vaga sensación de que había muerto mucho antes de que Sara naciera.
Paco llegó a la mañana siguiente, con la tarta de manzana de costumbre, y se quedó mirando la fotografía largo rato, con una expresión que Sara no le había visto nunca, entre la nostalgia y algo parecido al respeto.
—Esta es doña Remedios — dijo, al fin, señalando a la mujer de la fotografía. — Bueno, no la Remedios de ahora, la otra. Tu abuela. Se llamaba igual que la Remedios del huerto de al lado, cosa que siempre nos pareció una casualidad graciosa a los del pueblo.
—¿Tú la conociste?
—Un poco, de niño — contestó Paco, sentándose con la tarta todavía sin cortar sobre la mesa, algo insólito en él.
— Yo tendría diez, once años, y ella ya era mayor entonces.
Recuerdo que mi madre me mandaba a comprarle huevos, porque decía que las gallinas de tu abuela ponían los huevos más grandes de todo el pueblo, y que eso, en su opinión, “no era normal”.
Lo decía con un tono que ahora, pensándolo bien, tenía más de advertencia que de cumplido.
— ¿Y la gente hablaba de ella como hablan ahora de mí?
—Peor, diría yo — reconoció Paco, con una risa breve, algo incómoda.
— Aunque en su época esas cosas no se discutían tan abiertamente como ahora.
Se decía en voz baja, entre vecinas, con más miedo que curiosidad.
Tu abuela tenía fama de “rara”, que es la palabra que se usaba entonces para todo lo que no se sabía explicar.
Nunca oí que nadie la acusara de nada malo, entiéndeme, más bien al contrario: la gente la respetaba, casi le tenía un poco de miedo reverencial, como se le tiene a los curas o a los médicos.
Pero tampoco se hablaba mucho del tema delante de los niños.
—¿Y qué fue de ella?
—Murió antes de que tú nacieras, ya te digo. Y con ella, según parece, se fue también lo que fuera que tuviera esta tierra, porque tu madre, que en paz descanse, tenía buena mano, pero nunca nadie contó de ella nada tan raro como lo que cuentan de ti ahora.
Sara se quedó pensativa, mirando de nuevo la fotografía, con la sensación extraña de estar reconstruyendo, pieza a pieza, un rompecabezas familiar del que hasta entonces ni siquiera sabía que le faltaban piezas.
—Paco, ¿tú crees que esto se hereda? — preguntó, al fin, en voz baja. — Como el color de los ojos, o la forma de la nariz.
—No tengo ni idea, Sarita — contestó él, y por primera vez en toda la conversación, su tono perdió cualquier rastro de la ligereza habitual.
— Pero si me lo preguntas, yo diría que hay cosas que se saltan una generación entera y esperan pacientemente a la siguiente, como esas semillas que hay que dejar dormidas un año entero antes de que germinen.
Aquella imagen, tan sencilla y tan propia de un hombre que llevaba media vida con las manos metidas en la tierra, se le quedó grabada a Sara durante días, mucho después de que Paco se hubiera marchado con la tarta ya reducida a un tercio de su tamaño original.