Capítulo 7
Bandos
El rumor, como era de esperar, no tardó ni cuarenta y ocho horas en convertirse en la comidilla oficial del pueblo, con todas las variaciones y exageraciones propias del teléfono escacharrado: para cuando llegó a oídos del panadero, la versión decía que el huerto de Sara “echaba fuego” cuando alguien mentía; para cuando la escuchó la dueña de la mercería, ya incluía un rayo que, según se contaba, había estado a punto de partirle un dedo a don Mariano.
El pueblo, con esa capacidad tan suya de dividirse en bandos por cualquier motivo, se dividió también en esto.
Por un lado estaban los que, como Encarna —la hermana de Remedios, menos afilada de carácter que ella, aunque igual de competitiva—, empezaron a evitar pasar siquiera por la calle del huerto, no fuera a ser que una mirada de más provocara alguna reacción vegetal comprometedora.
Por otro, estaban los que, lejos de asustarse, veían en aquello una oportunidad irresistible.
—Sara, hija, ¿te importaría que le echara un vistazo a mis calabacines?
— le preguntó la dueña de la mercería, apareciendo un martes por la mañana con una excusa de lo más transparente, una bolsa de plástico con dos calabacines mustios que no necesitaban ningún tipo de diagnóstico agrícola para saber que estaban, simplemente, viejos.
—Doña Pilar, sus calabacines están bien, lo que pasa es que llevan una semana cogidos de la mata.
—Ya, ya, pero es que quería aprovechar para preguntarte una cosita — dijo, bajando la voz y acercándose un poco más, con la misma cadencia confidencial de don Mariano.
— Mi yerno dice que va a trabajar los sábados, pero llega a casa oliendo a colonia nueva, y yo solo quería…
no sé, si pudiera pasarse por aquí un momento, así, sin que se dé cuenta…
—Doña Pilar, no.
—¡Solo un momentito!
—No — repitió Sara, con la firmeza de quien ya ha tenido esta conversación, con variaciones mínimas, unas cuatro veces esa misma semana. — Este no es un servicio, ni un… detector de nada. Es un huerto. Con verduras. Normales.
Doña Pilar se marchó decepcionada, aunque no sin antes llevarse, “ya que estaba”, un manojo de acelgas que sí pagó, todo hay que decirlo.
Lo que a Sara más le costaba explicar, incluso a sí misma, era por qué de pronto sentía que su pequeño rectángulo de tierra, que hasta hacía un mes era solo un lugar donde ensuciarse las manos y no pensar en nada, se había convertido en una especie de confesionario improvisado al que la mitad del pueblo quería llevar a sus maridos, sus suegras y sus socios de negocios, y la otra mitad prefería no acercarse ni por error.
Paco, por su parte, disfrutaba del nuevo estatus del huerto con un entusiasmo que a Sara le resultaba, en el mejor de los casos, agotador.
—Hoy han venido dos personas más a preguntar — le informó, un jueves, con el tono de un secretario dando el parte diario. —Una quería saber si su hija le miente sobre las notas, y el otro, no te lo vas a creer, quería preguntarle al perejil si su suegra habla mal de él a sus espaldas.
— ¿Al perejil?
—Al perejil. Yo tampoco lo entendí muy bien, pero el hombre estaba muy convencido.
—Esto se nos está yendo de las manos, Paco.
—Un poco sí — admitió él, aunque con la misma falta absoluta de arrepentimiento que llevaba demostrando toda la semana. — Pero también hay que decir que el bar de Pepe no ha estado tan lleno desde las fiestas patronales del noventa y ocho. Todo el mundo quiere hablar de tu huerto tomando un vino.
Sara se pasó esa tarde intentando levantar, sin mucho éxito, un cartelito de madera en la entrada del huerto que decía “PROPIEDAD PRIVADA. NO SE HACEN CONSULTAS”, convencida, con razón, de que serviría de bien poco.
Y no se equivocaba: apenas lo había clavado en la tierra cuando ya vio, de lejos, acercarse por el camino a alguien que reconoció, con un nudo repentino en el estómago, como Remedios en persona, caminando con un paso decidido que no presagiaba, en absoluto, una visita de cortesía.
Pero antes de que Remedios llegara a la verja, todavía le dio tiempo a Sara de vivir, aquella misma semana, un par de episodios más que fueron dibujando, poco a poco, el mapa social del pueblo con una claridad que ella jamás hubiera conseguido en meses de simple observación.
El primero fue con el hijo mayor de doña Pilar, un veinteañero llamado Bruno que trabajaba a temporadas en la construcción y que se presentó un miércoles con la excusa, transparente como el agua, de “traerle unos plantones que le sobraban”.
Apenas cruzó la verja, sin que mediara ninguna conversación sospechosa, una de las macetas de albahaca del borde del camino se sacudió con un temblor breve, casi imperceptible, que Sara solo notó porque ya llevaba semanas entrenando el ojo para esas cosas.
—¿Todo bien, Bruno? — le preguntó, con la mayor naturalidad posible, sin mencionar nada de lo que acababa de ver.
—Sí, sí, todo genial — contestó él, con una sonrisa demasiado amplia para ser sincera, y Sara, que ya empezaba a familiarizarse con el vocabulario corporal de las mentiras pequeñas, prefirió no indagar más, aunque se quedó con la sospecha de que aquel muchacho llevaba algo entre manos que ni su propia madre, tan aficionada a las consultas encubiertas, sabía todavía.
El segundo episodio fue mucho más gracioso, y Sara todavía se reía al recordarlo días después.
El “hombre del perejil” al que Paco se había referido resultó ser, en efecto, un vecino llamado Anselmo, que se presentó una tarde con gesto grave, como quien va a resolver un asunto de estado, y le preguntó, sin ningún rodeo, si le importaba que “charlara un rato” con las plantas de perejil, porque tenía la firme sospecha de que su suegra hablaba mal de él en las comidas familiares.
—Anselmo, con todo el cariño del mundo, esto no funciona así — había intentado explicarle Sara, sin demasiado éxito.
—Ya, ya lo sé, pero es que a mí solo me hace falta un momentito — insistió él, ya agachado junto a la mata de perejil, dispuesto a soltar, sin que nadie lo invitara, todo un discurso sobre lo mucho que él quería a su suegra a pesar de todo.
El perejil, con la indiferencia vegetal más absoluta, no hizo movimiento alguno, ni a favor ni en contra, lo cual llevó a Anselmo a concluir, con una seriedad que a Sara le costó horrores no reírse en su cara, que “seguramente el perejil estaba de su parte, porque no había reaccionado mal”.
—Eso, o que el perejil simplemente es perejil, Anselmo — había apuntado Paco, que presenciaba la escena con evidente disfrute. — No todo tiene que significar algo.
—Tú qué sabrás — había replicado Anselmo, ofendido, marchándose con la misma solemnidad con la que había llegado.
Fue en medio de aquella semana de anécdotas absurdas, con Sara cada vez más convencida de que el pueblo entero había perdido, de golpe, cualquier noción de límites razonables, cuando Remedios apareció por el camino con aquel paso firme que no auguraba nada bueno.