Capítulo 6
La reportera
El rumor del huerto de Sara tardó, como era previsible en un mundo cada vez más conectado incluso en los pueblos más pequeños, poco más de un mes en escapar de las fronteras estrictamente locales y llegar a oídos de alguien de fuera: concretamente, a los de una joven reportera del periódico comarcal llamada Beatriz, que se presentó un martes por la mañana en la puerta de la casa con una libreta, una grabadora digital y el entusiasmo desbordante de quien lleva meses cubriendo noticias sobre subastas de ganado y por fin ve la oportunidad de escribir algo con un poco de gancho.
—¿Sara? Soy Beatriz, del periódico — se presentó, tendiéndole la mano con una sonrisa profesional que no terminaba de disimular los nervios de la novata. — Me han hablado de su huerto y me encantaría poder hacerle unas preguntas.
Sara, que ya había desarrollado un sexto sentido para detectar visitas con segundas intenciones, se quedó un momento en la puerta, evaluando si aquello merecía la pena o si convenía, como con tantas otras visitas, cortarlo de raíz con la firmeza habitual.
—No sé si tengo mucho que contar, la verdad — respondió, con cautela. — Son solo rumores de pueblo, exagerados con el boca a boca, como pasa siempre.
—Precisamente por eso me interesa — insistió Beatriz, con el brillo particular en los ojos de quien ya está redactando mentalmente el titular.
— Los rumores de pueblo, cuando se investigan bien, suelen esconder historias muy bonitas.
Y si al final resulta que no hay nada más que una anécdota simpática, pues también sirve, para una sección de curiosidades locales.
Paco, que llegó justo en ese momento cargado con su habitual tarta, esta vez de limón, no tardó ni cinco segundos en unirse a la conversación con el entusiasmo de quien ve la oportunidad de su vida para salir en un periódico.
—¡Adelante, adelante, pase usted! — exclamó, casi empujando a Beatriz hacia el interior de la verja antes de que Sara pudiera decidir nada al respecto.
— Yo soy Paco, vecino, amigo, y en cierto modo, cofundador de todo este asunto.
Estaré encantado de contarle absolutamente todo lo que necesite saber.
—Paco — intentó frenarlo Sara, con la sensación ya conocida de estar viendo un tren descarrilar en cámara lenta —, no hace falta que le cuentes “absolutamente todo”.
—Faltaría más, mujer, es prensa seria — contestó él, guiñándole un ojo a Beatriz con una complicidad que a Sara le pareció, de inmediato, profundamente alarmante.
Beatriz, encantada con la accesibilidad de sus dos entrevistados, sacó la grabadora y empezó a hacer preguntas con la profesionalidad de quien ha estudiado bien sus apuntes de la carrera de periodismo, y Sara, resignada, decidió que lo mejor sería intentar controlar los daños en tiempo real, más que evitar la entrevista por completo.
—Cuénteme, ¿cómo descubrió que su huerto tenía esta particularidad? — preguntó Beatriz, con el micrófono ya extendido hacia Sara.
—Fue una serie de casualidades — respondió Sara, escogiendo con cuidado cada palabra —.
Empezamos a notar reacciones raras en algunas plantas, coincidiendo con ciertas conversaciones, pero tampoco quiero darle demasiada importancia.
Podría ser cualquier explicación más terrenal que todavía no hemos encontrado.
—¡Que no le dé importancia, dice! — interrumpió Paco, incapaz de contenerse. — Beatriz, hija, esto ha delatado a medio pueblo. Al cura, a un carnicero, a una vecina que quería espiar a su yerno… Yo mismo he sido testigo de auténticos milagros hortícolas.
—¿Milagros hortícolas? — repitió Beatriz, con la pluma ya volando sobre su libreta, evidentemente encantada con la frase, que Sara adivinó, con horror, que terminaría siendo el titular del artículo.
—Paco, por favor — intentó mediar Sara, aunque sabía que ya era tarde.
—¡Que sí, que sí, escúcheme bien! — continuó Paco, ya lanzado sin remedio. — Una vez, delante de mis propios ojos, una lechuga se arrugó entera cuando yo mismo dije una mentirijilla sobre la comida de mi mujer. ¡Una lechuga entera, Beatriz! ¡Apunte eso!
Beatriz, entre risas que no conseguía disimular del todo, apuntaba todo con verdadero deleite periodístico, mientras Sara se llevaba una mano a la frente, calculando ya mentalmente los estragos que aquel artículo, cuando se publicara, iba a causar en la ya de por sí frágil tranquilidad de su vida cotidiana.
—Beatriz — intervino Sara, al fin, con la voz más serena que pudo reunir —, le pido, por favor, que en el artículo deje claro que el huerto es propiedad privada, que no ofrezco ningún tipo de “servicio”, y que agradecería mucho que la gente respetara mi intimidad.
Ya tengo bastante con gestionar los rumores del propio pueblo como para además lidiar con curiosos de fuera.
Beatriz, que a pesar de su entusiasmo periodístico resultó tener también una buena dosis de sentido común, asintió con seriedad.
—Por supuesto, Sara, entiendo perfectamente su preocupación.
Le prometo que el artículo será respetuoso, y que dejaré muy claro que esto no es un espectáculo público.
Pero, si me permite el comentario personal — añadió, ya guardando la grabadora —, creo que hay algo precioso en toda esta historia, más allá del morbo de “las plantas que detectan mentiras”.
Hay todo un pueblo que, de repente, se ha visto obligado a hablar de sus propias verdades a través de sus verduras.
Eso, para mí, tiene más valor periodístico que cualquier titular sensacionalista.
Aquella reflexión, dicha con una sinceridad que contrastaba con la excitación inicial de la reportera, dejó a Sara momentáneamente desarmada, y por primera vez desde que había empezado aquella aventura, sintió que quizás no todo el interés externo tenía por qué ser, necesariamente, invasivo o dañino.
El artículo se publicó dos semanas después, bajo el titular “El huerto que hizo confesar a un pueblo entero”, acompañado de una fotografía de Sara sonriendo, algo forzada, junto a una calabaza, y de una cita de Paco, en negrita, que decía textualmente: “Aquí hasta las lechugas tienen más integridad que algunos políticos”, frase que, para disgusto y regocijo a partes iguales de Sara, terminaría convirtiéndose, durante meses, en la broma recurrente favorita de todo el pueblo.