Capítulo 5
Incidente público
Paco duró exactamente once días en silencio, lo cual, para sus estándares, era casi un récord olímpico de discreción.
El incidente ocurrió durante la fiesta de fin de verano, en la que Sara, siguiendo la costumbre del pueblo, había puesto un pequeño puesto de venta de verduras junto a la plaza, con la excusa de sacarse unos euros extra y la verdadera intención de no tener que hablar con demasiada gente durante demasiado tiempo.
No contaba con que don Mariano, el cura del pueblo, se acercara justo cuando Paco estaba apoyado en el puesto, comiéndose un tomate como si fuese una manzana.
—Sara, hija, qué calabacines más hermosos — dijo don Mariano, tomando uno entre las manos con auténtica devoción hortícola. — Se nota que Dios te ha bendecido con buena mano.
—Gracias, padre.
—Por cierto — añadió él, bajando un poco la voz, con ese tono confidencial que solo usan los curas y los peluqueros — ayer me contaron que Remedios anda diciendo por ahí que tu victoria en el concurso no fue del todo limpia, que seguro que le pusiste algo a la tierra.
Yo, por supuesto, no le hice ningún caso. La envidia es un pecado feo, feo.
Lo dijo con tanta convicción, con tanta seguridad sobre la pureza de sus propias intenciones, que fue toda una lástima que en ese preciso instante, mientras sostenía el calabacín, la calabacera entera que crecía junto al puesto —una planta imponente que Paco insistía en llamar “la señora” por su tamaño— soltara, de golpe y sin viento alguno, tres hojas grandes al mismo tiempo, con un ruido seco que hizo que dos señoras que pasaban por ahí se giraran, sobresaltadas.
Don Mariano se quedó mirando las hojas caídas con cierta perplejidad.
—Vaya, qué raro.
Paco, que llevaba once días conteniéndose con el esfuerzo sobrehumano de quien guarda un secreto que le quema por dentro, no pudo más.
— ¡Es que la planta sabe que usted está mintiendo, padre! — soltó, con el tomate todavía en la mano, señalando la calabacera con el dedo como quien señala a un testigo en un juicio.
Se hizo un silencio muy concreto, de esos que solo ocurren en las plazas de los pueblos pequeños, en los que de repente parece que todo el mundo, aunque estuviera mirando para otro lado, estaba escuchando exactamente esa conversación.
—¿Cómo dices, Paco? — preguntó don Mariano, con una sonrisa que empezaba a temblarle en las comisuras.
—¡Nada, nada, no ha dicho nada! — se apresuró a intervenir Sara, dándole a Paco un pisotón por debajo del puesto que él acusó con un “¡ay!” nada disimulado.
Pero ya era tarde. Dos señoras que habían presenciado la caída de las hojas, y que además habían escuchado perfectamente la frase de Paco, ya se estaban mirando entre ellas con esa expresión particular que antecede, sin remedio, al inicio de un rumor de pueblo: los ojos muy abiertos, la boca ligeramente entreabierta, y la mente ya calculando a quién contárselo primero.
Don Mariano se rio, incómodo, dejó el calabacín en el puesto sin comprarlo, y se despidió con una excusa apresurada sobre una visita pendiente a un feligrés, alejándose a un paso considerablemente más rápido del que había traído.
— ¡Paco! — lo increpó Sara en cuanto se quedaron solos. — ¡Me prometiste que serías una tumba!
—¡Se me escapó! ¡Fue un acto reflejo! — se defendió él, aunque su sonrisa de satisfacción contradecía por completo la supuesta involuntariedad del asunto. — Además, hay que reconocer que ha sido un momento glorioso. La cara de don Mariano no tiene precio.
—Esto no tiene ninguna gracia. Ahora medio pueblo va a estar hablando de esto.
—Bueno, tampoco es que don Mariano hubiese mentido en algo grave — dijo Paco, encogiéndose de hombros, como si aquello lo tranquilizara. —Seguramente ni siquiera se refería a lo de Remedios. A lo mejor pensaba en otra cosa, algún pecadillo suyo de cura, yo qué sé.
—Eso no ayuda, Paco.
—Ya, ya lo sé — reconoció él, al fin, con cierto arrepentimiento genuino asomando bajo la diversión. — Lo siento, de verdad. Pero tienes que admitir que ha sido digno de verse.
Sara no pudo evitar que se le escapara media sonrisa, a su pesar, mientras recogía los últimos calabacines del puesto y las dos señoras se alejaban ya camino del bar, sin duda a repartir la noticia con la eficiencia de una emisora de radio local.
Aquella noche, mientras cerraba la verja del huerto, Sara se quedó mirando la calabacera durante un buen rato, iluminada apenas por la luz de la cocina que se colaba por la ventana.
—Ya está — le dijo, resignada. — Ya la hemos liado.
La calabacera, imperturbable, ni se inmutó, cosa que Sara, sin saber muy bien por qué, encontró levemente ofensiva.
Como era de esperar, la noticia recorrió el pueblo con una velocidad que hubiera hecho palidecer de envidia a cualquier cadena de televisión.
Para la mañana siguiente, cuando Sara bajó al supermercado a comprar leche, ya notó las miradas de reojo, los cuchicheos que cesaban de golpe en cuanto ella entraba en el establecimiento, y la actitud extrañamente servicial de la cajera, que le cobró la leche con una sonrisa tan exagerada que resultaba, en sí misma, sospechosa.
—Que sepas que no todo el mundo se lo cree — le dijo Paco, aquella tarde, en un intento algo torpe de consolarla por el revuelo que él mismo había provocado. — Pepe, por ejemplo, dice que son tonterías de pueblo aburrido.
—¿Y qué dice el resto?
—Bueno… — Paco se rascó la nuca, incómodo. — El resto está bastante convencido, la verdad.
Aquella tarde, para colmo, se presentó en la puerta de la casa una comitiva de lo más variopinta: la cajera del supermercado, un señor que Sara no había visto en su vida y que se presentó únicamente como “el primo de Remigio”, y la propia Marisa, del quiosco, que llevaba, para disimular, una bolsa de papel con dos huevos duros que insistía en que había “traído para compartir”.
—Solo queríamos ver el huerto — explicó Marisa, con una sonrisa tan amplia que casi le tocaba las orejas. — De pasada, ya que estábamos por el barrio.
—Marisa, tú no vives por este barrio. Vives al otro lado del pueblo.
—Bueno, pero hoy me apetecía dar un paseo largo — contestó ella, sin inmutarse, estirando el cuello con disimulo para intentar ver algo por encima de la verja.
Sara tuvo que emplear una paciencia que no sabía que poseía para despedir a la comitiva sin resultar grosera, prometiendo, con la misma vaguedad diplomática con la que el alcalde prometía arreglar el bache de la calle del Pozo, que “cualquier día de estos” haría una visita guiada al huerto para quien quisiera verlo, sabiendo perfectamente que no tenía ninguna intención real de cumplir aquella promesa.
Fue esa misma noche, exhausta después de un día entero esquivando visitas inesperadas y comentarios susurrados, cuando Sara se sentó en la cocina con una taza de manzanilla y decidió, por primera vez, tomarse en serio la posibilidad de que aquello no fuera algo que pudiera controlar solo con discreción y buena voluntad.
El pueblo ya lo sabía. Y un pueblo que sabe algo, había aprendido en apenas mes y medio de vivir allí, es un pueblo que no va a dejar de hablar de ello hasta que aparezca un cotilleo todavía más jugoso que lo desplace del primer puesto.
Lo que no imaginaba, mientras apuraba la manzanilla ya fría, era que el verdadero jaleo, comparado con lo que estaba por venir en las semanas siguientes, apenas acababa de empezar.