Lo que crece no miente Capítulo 4
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Capítulo 4

Paco se da cuenta

Paco tardó exactamente cuatro días en confirmar lo que Sara llevaba una semana intentando no confirmarse a sí misma, y lo hizo con toda la delicadeza de un elefante entrando en una cristalería.

—Voy a probar una cosa — anunció, sin preámbulo, plantándose en mitad del huerto un jueves por la tarde con las manos en la cintura y la expresión de un científico a punto de encender la mecha de un experimento del que no está del todo seguro que vaya a salir bien.

—Paco, ¿qué…?

—Calla, calla, necesito silencio para esto.

Se acercó a la hilera de lechugas, se agachó con el crujido de rodillas propio de sus setenta y tantos años, y dijo, con total solemnidad, mirando directamente a una de las lechugas más frondosas:

—Lechuga, te voy a decir una cosa: mi mujer es la mejor cocinera del pueblo, mucho mejor que la madre de Sara, que en paz descanse, con todos mis respetos.

Sara abrió la boca para protestar, más por la mención de su madre que por la comparación culinaria en sí, pero se quedó callada porque, en efecto, la lechuga, sin viento ni motivo aparente, se encogió sobre sí misma como si alguien la hubiese exprimido desde dentro, arrugando sus hojas exteriores con un sonido casi imperceptible, como de papel crepé.

Paco se puso de pie de un salto que sus rodillas no parecían tener previsto dar, con una expresión entre el pánico y la felicidad más pura que Sara le había visto jamás.

— ¡Lo sabía! — gritó, señalando a la lechuga con el dedo tembloroso. — ¡Sabía que mi mujer cocinaba mejor que nadie, pero ahora tengo PRUEBA CIENTÍFICA!

— ¡Paco, por Dios, baja la voz!

— ¡Es que esto es un notición! — siguió él, sin bajarla en absoluto. — ¡Tu huerto sabe cuándo alguien miente!

—No sabemos si es eso — intentó razonar Sara, aunque con menos convicción de la que hubiera querido. — Podría ser cualquier otra cosa. Un patrón climático, una alergia mía que hace que las plantas…

—Sarita — la interrumpió Paco, con una seriedad repentina que contrastaba con su entusiasmo de hacía diez segundos —, llevo cuarenta años cultivando esta tierra, y las lechugas no se arrugan porque sí cuando alguien dice una mentirijilla sobre los garbanzos de su mujer.

Aquí hay algo, y tú lo sabes tan bien como yo.

Sara se sentó en el pequeño banco de madera que había junto al bancal de las hierbas aromáticas, apoyando la cara entre las manos, mientras Paco, encantado con su descubrimiento, ya empezaba a caminar de un lado a otro del huerto haciendo cálculos en voz alta sobre las “aplicaciones prácticas” de aquel hallazgo, que iban desde saber si su hijo de verdad había dejado de fumar, hasta averiguar por fin quién le había rayado el coche el año pasado en la fiesta del pueblo.

—Paco, esto no puede saberlo nadie.

— ¿Cómo que no? ¡Esto hay que anunciarlo!

—No, no, no. Escúchame. Si esto se sabe, la gente va a venir aquí a hacer… no sé, cosas raras. A comprobar a sus parejas, a sus socios, a quién sabe qué. Yo no quiero que mi huerto sea un… — buscó la palabra correcta — un detector de mentiras andante.

Paco se quedó pensativo un momento, sopesando el argumento con la misma cara que ponía cuando en el bar debatían si el árbitro de la liga había pitado bien un penalti.

—Tienes razón — concedió, al fin, aunque a regañadientes. — Aunque, entre tú y yo, no estaría mal probarlo con Remedios alguna vez. Solo para el gusto personal, ¿eh? Nada de anunciarlo al pueblo.

—Paco.

—Vale, vale, no digo nada — dijo, levantando las manos en son de paz, aunque la sonrisa pícara que se le quedó dibujada en la cara no auguraba, en absoluto, ningún tipo de discreción duradera.

Se despidió al rato, prometiendo, con una mano en el corazón y la otra cruzando los dedos a la espalda, que sería “una tumba”, y Sara se quedó a solas con el huerto, mirando aquella lechuga ya recuperada, verde y erguida de nuevo, como si nunca hubiese pasado nada.

—Vas a traerme problemas — le dijo, en voz baja, sin ninguna esperanza de respuesta.

La lechuga, por supuesto, no dijo nada. Pero Sara hubiera jurado, si alguien le hubiese preguntado en aquel momento, que se balanceó un poquito, casi con suficiencia, como diciendo: eso ya lo veremos.

Los días siguientes, Sara los pasó en un estado de alerta constante, mitad científico, mitad supersticioso, tratando de entender las reglas de aquel fenómeno que se negaba a admitir del todo, incluso a sí misma.

Anotó, en un cuaderno viejo que había pertenecido a su madre y que todavía olía vagamente a la casa de antes, cada incidente con fecha, hora y circunstancias: “Martes, hoja enroscada, Damián, tema tomates propios (posible mentira sobre horario)”; “Jueves, lechuga arrugada, Paco, comentario sobre mujer cocinera (mentira menor, sin consecuencias graves)”.

Le parecía absurdo estar documentando aquello como si fuera una investigadora de fenómenos paranormales, pero al mismo tiempo, poner los hechos por escrito, ordenados, con su correspondiente fecha, le daba una sensación de control que necesitaba desesperadamente.

Descubrió, en aquellos días de observación casi obsesiva, que el fenómeno no parecía discriminar entre mentiras grandes y pequeñas: una tarde, la propia Marisa del quiosco, que había pasado a comprarle unos huevos “porque los suyos, los del gallinero, estaban fatal este mes” (cosa que Sara sabía, por boca de la propia Marisa una semana antes, que era mentira, porque las gallinas de Marisa ponían huevos espectaculares, y lo que en realidad quería era una excusa para curiosear el huerto), provocó que una de las matas de perejil se inclinara hacia un lado, de forma casi imperceptible, como si esquivara algo desagradable en el aire.

También notó que el fenómeno parecía más intenso cuanto más importante era, para la persona que mentía, que la mentira colara.

Con Damián y sus tomates, un asunto relativamente menor, la reacción había sido sutil, apenas unas hojas enroscadas.

Con Paco y su mujer, un tema que a él, en el fondo, no le importaba demasiado ocultar —porque lo había confesado él mismo, entusiasmado, en cuanto vio la reacción—, la lechuga se había arrugado, pero se había recuperado casi al instante.

Le quedaba por comprobar, aunque prefería no hacerlo todavía, qué pasaría el día que alguien mintiera sobre algo de verdad importante.

Probó también, con la curiosidad ya desatada, a comprobar si el fenómeno reaccionaba de igual manera a las omisiones que a las mentiras directas.

Descubrió, para su propia sorpresa, que sí: una tarde en que ella misma, hablando con la cartera del pueblo sobre lo bien que llevaba la mudanza, evitó mencionar deliberadamente lo mucho que todavía echaba de menos su antigua vida en la ciudad, una de las macetas de tomillo más próximas se inclinó levemente, como si el propio huerto hubiera captado, con una perspicacia que a Sara le resultó francamente inquietante, aquella verdad que ella prefería callarse incluso a sí misma.

—Esto ya es pasarse de listo — le dijo a la maceta, aquella noche, con una mezcla de exasperación y admiración involuntaria. — No hacía falta que me delataras a mí también.

Anotó aquel descubrimiento en el cuaderno, con una caligrafía que empezaba a delatar cierto nerviosismo: “El huerto reacciona también a las omisiones. Esto complica mucho las cosas.” Y, en efecto, las complicaba, porque a partir de aquel día, Sara empezó a medir con mucho más cuidado no solo lo que decía en voz alta cerca de las plantas, sino también lo que decidía callarse, consciente de que aquel pequeño rectángulo de tierra parecía tener un radar mucho más fino del que ella hubiera imaginado en un principio.

—¿Sabes lo que deberíamos hacer? — le propuso Paco, una tarde, mientras la ayudaba a regar, con el aire de quien acaba de tener una idea que considera brillante. — Un mapa.

— ¿Un mapa de qué?

—Del huerto. Con anotaciones. Aquí reacciona fuerte, aquí reacciona flojito, aquí no reacciona nada de nada. Así sabrías, con tiempo, dónde poner a la gente según lo mentirosa que sea.

—Paco, eso suena espantoso.

—Suena práctico — corrigió él, sin inmutarse. — Aunque, vale, sí, también suena un poco espantoso, tienes razón.

A pesar de las bromas de Paco, o quizás precisamente gracias a ellas, Sara empezó a sentir, por primera vez desde la muerte de su madre, algo parecido a la curiosidad genuina por algo, un interés que no estaba teñido de tristeza ni de obligación, sino de un asombro casi infantil ante lo inexplicable.

Y aunque seguía decidida a mantener el asunto en secreto, no podía evitar, en las noches que se quedaba despierta dándole vueltas al cuaderno de anotaciones, sentir una chispa de emoción ante la idea de que aquel huerto, heredado casi por accidente, escondiera algo tan extraordinario.

Lo que todavía no sabía era que guardar aquel secreto, en un pueblo donde los secretos duraban, de media, menos que un helado en agosto, iba a resultar mucho más difícil de lo que ella y Paco, entre risas y promesas de discreción, se atrevían a imaginar.