Capítulo 3
El patrón se repite
Durante la semana siguiente al concurso, Sara empezó a pasar más tiempo en el huerto del que en realidad tenía justificación para pasar.
Se decía a sí misma que era porque quería mantener el nivel después de la victoria, o porque las mañanas se le hacían largas desde que ya no tenía que ir al hospital dos veces por semana, pero lo cierto es que había empezado a mirar las plantas con la misma atención con la que se mira algo que uno sospecha que, en cualquier momento, va a hacer algo.
El segundo incidente ocurrió un martes, con Damián.
Damián era el repartidor de bombonas de butano del pueblo, un hombre agradable, de risa fácil y hombros anchos de tanto cargar peso, que había ido a dejarle dos bombonas nuevas para la cocina, porque la vieja ya sonaba hueca cada vez que Sara la agitaba para comprobar cuánto gas le quedaba.
Se quedó charlando en la puerta del huerto, apoyado en la verja, mientras Sara firmaba el albarán de la entrega.
—Oye, muy bien lo del concurso — le dijo. — Me lo contó mi madre, que se enteró por la de la panadería, que se enteró por Paco, que por lo visto se lo contó a medio pueblo antes de que se secara la tinta del diploma.
Sara se rio.
—Sí, la verdad es que fue una sorpresa.
—Yo también planté tomates este año, ¿sabes? — dijo él, con orgullo de aficionado. — Me han salido preciosos. Los cuido cada día, sin falta, antes de salir con el camión a hacer el reparto.
Al decirlo, se acercó un poco más a una de las hileras de tomateras de Sara, apoyando la mano distraídamente en el bordillo de madera del bancal, y en ese preciso instante, sin ningún viento ni ninguna razón visible, tres hojas de la planta más cercana a él se enroscaron sobre sí mismas, encogiéndose como si algo las hubiese quemado por dentro, aunque el sol de aquella mañana no era, ni de lejos, tan fuerte.
Sara se quedó mirando las hojas enroscarse, y luego miró a Damián, y luego otra vez las hojas.
—¿Has visto eso? — preguntó, con un hilo de voz.
—¿El qué?
—Las hojas. Se han… encogido.
Damián se agachó a mirarlas, sin darle mayor importancia.
—Vaya, pues sí, qué raro. Tendrás algún bicho. A mí también me pasó una vez con un pulgón que…
Siguió hablando de pulgones un buen rato, ajeno por completo a que Sara ya no lo escuchaba, sino que estaba haciendo memoria, a toda velocidad, de la hoja caída de la calabaza el viernes anterior, de la frase a medias de Paco sobre la desbrozadora prestada sin permiso, y de aquella comparación absurda, que ahora ya no le parecía tan absurda, entre las dos escenas.
Cuando Damián se marchó, Sara se quedó un buen rato en cuclillas frente a la tomatera, mirándola fijamente, como si esperase que le diera explicaciones.
—¿Se puede saber qué te pasa? — le preguntó, en voz alta, y se sintió inmediatamente ridícula por hablarle a una planta, pero de todos modos siguió. — Damián no ha dicho nada raro. Solo ha hablado de sus tomates.
La tomatera, evidentemente, no contestó, y siguió balanceándose con la brisa como cualquier tomatera normal del mundo, verde, tranquila, del todo indiferente a que alguien le estuviese exigiendo explicaciones a gritos susurrados un martes por la mañana.
Sara decidió, con la mejor de las intenciones, no darle más vueltas.
Se dijo que llevaba semanas sin dormir bien, que el duelo hacía cosas raras a la cabeza, que probablemente había sido una racha de viento que ella no había sentido en la cara pero que sí había movido las hojas, o algún insecto diminuto e invisible haciendo de las suyas.
Se lo dijo con tanta convicción que casi se lo creyó.
Casi.
Porque esa misma noche, mientras cenaba sola en la cocina, recordando sin querer la frase de Damián sobre lo mucho que cuidaba sus tomates “cada día, sin falta”, le vino a la cabeza, sin que ella lo llamara, el recuerdo de la última vez que lo había visto conduciendo el camión del butano hacia el pueblo vecino un domingo por la mañana, que precisamente era el único día en que él le había dicho, con total seguridad, que se quedaba en casa “sin falta” a descansar.
Se le atragantó el bocado.
—No — se dijo, en voz alta, a la cocina vacía. — No, no, no. Esto no está pasando.
Pero la sombra de una sospecha, pequeña y ridícula como parecía, ya se había plantado en su cabeza con la misma facilidad con la que Paco había plantado sus calabacines sin pedir permiso, y una vez plantada, Sara empezó a sospechar que, igual que las malas hierbas, no iba a ser tan fácil de arrancar.
Pasó los días siguientes en un estado de alerta permanente, observando cada planta del huerto con una atención casi obsesiva cada vez que alguien se acercaba a charlar con ella.
Con la vecina de enfrente, que se paró un buen rato a comentar el tiempo, nada.
Con el chico del supermercado, que le confirmó que sí, que las naranjas eran de temporada, nada tampoco.
Empezó a preguntarse si se lo había imaginado todo, si el cansancio y la pena la estaban llevando a ver fantasmas donde solo había casualidades, hasta que, ese mismo viernes, Paco volvió a aparecer por el huerto con una idea nueva bajo el brazo, en este caso literal, porque llevaba un cesto con seis huevos que insistía en que Sara debía aceptar “sin excusas”.
—Mi gallina Facunda ha puesto una barbaridad esta semana — anunció, depositando el cesto sobre la mesa de la cocina con el orgullo de quien entrega una medalla olímpica. — Y antes de que digas nada, sí, le puse ese nombre por mi cuñado, y no, no pienso explicarte por qué.
—No te iba a preguntar.
—Mejor, porque es una historia muy larga y no queda bien en según qué compañía — dijo él, sentándose sin que nadie lo invitara, como ya era costumbre, y sirviéndose él mismo un vaso de agua de la jarra que Sara tenía en la nevera.
— Por cierto, ¿sabes qué me ha contado Remedios esta mañana en la panadería?
— ¿Qué?
—Que está convencida de que le has “hecho algo” a la tierra. Sus palabras textuales, “hecho algo”, como si le hubieras echado una maldición gitana o yo qué sé.
—Eso es absurdo.
—Ya, ya lo sé, pero ya conoces a Remedios, once años ganando el primer premio y ahora viene una recién llegada con un tomate del tamaño de un balón de fútbol y le arruina la racha. A cualquiera le sentaría raro.
Sara se sentó frente a él, dándole vueltas al vaso de agua entre las manos, dudando si contarle o no lo que había pasado con Damián. Al final, la curiosidad —y las ganas de compartir con alguien aquella inquietud que llevaba días cargando sola— pudo más que la prudencia.
—Paco, tengo que contarte algo, pero prométeme que no vas a hacer un drama.
— ¿Yo? ¿Un drama? — preguntó él, con una expresión de inocencia tan exagerada que resultaba, por sí sola, sospechosa.
—Prométemelo.
—Te lo prometo — dijo, levantando la mano derecha con solemnidad de juramento judicial, aunque con el vaso de agua todavía en la otra mano, lo cual restaba bastante ceremonia al gesto.
Sara le contó, con todo detalle, lo que había pasado con la tomatera y Damián, desde el enroscamiento repentino de las hojas hasta su propia sospecha, aún sin confirmar del todo, sobre la coincidencia entre lo que él había dicho y lo que ella recordaba haber visto un domingo cualquiera.
Paco escuchó todo el relato con una atención que en él resultaba casi inaudita, sin interrumpir ni una sola vez, hasta que ella terminó.
Entonces se quedó callado un momento, mirando fijamente el cesto de huevos sobre la mesa, como si esperase que estos, también, fueran a revelarle alguna verdad oculta.
—Vaya — dijo, al fin. — Eso sí que es gordo.
—Ya lo sé.
—Digo, más gordo que lo de la desbrozadora que le presté a mi hijo sin que se enterara Remedios.
—Paco, eso no tiene nada que ver.
—Ya, ya, era solo por darle contexto — se excusó él, aunque Sara no pudo evitar sonreír, a su pesar, ante la incapacidad absoluta de Paco para mantenerse serio más de dos minutos seguidos, incluso frente a algo que a ella, en el fondo, la tenía verdaderamente inquieta.