Lo que crece no miente Capítulo 2
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Capítulo 2

Victoria incómoda

El sábado del concurso amaneció con ese sol templado de finales de verano que parecía puesto ahí a propósito para que nadie tuviera excusa para no ir a la plaza.

Se instalaron mesas largas, un altavoz que pitaba cada dos por tres, y un cartel escrito a mano que decía “XXIII CONCURSO DE HUERTOS DE VALMORA” con la “V” de Valmora un poco más grande que las demás letras, como si a quien lo escribió le hubiera faltado sitio y hubiese improvisado sobre la marcha.

Sara llegó con una caja de cartón que contenía, con toda la modestia del mundo, tres tomates razonablemente redondos, un manojo de zanahorias y, para su propia sorpresa, un tomate descomunal que había aparecido de la nada entre las hojas la noche anterior, como si se hubiese autoconvocado al concurso sin pedirle permiso a nadie.

—Ese tomate — dijo Paco, con la voz de quien contempla una reliquia — tiene algo.

—Tiene mucho, sobre todo agua. Pesa como una piedra.

—No, digo que tiene algo. Mírale la forma.

El tomate, en efecto, tenía una forma vagamente ovalada por un lado y achatada por el otro, como si alguien lo hubiese moldeado con las manos a medio camino entre un tomate y una idea de tomate.

Sara lo dejó en la mesa de exposición junto a los demás, sin mayor ceremonia, y se fue a curiosear el resto de los puestos mientras el jurado —tres señores con cara de tomarse aquello más en serio que a un juicio penal— hacían su recorrido.

La mesa de Remedios y Encarna era, ciertamente, digna de admiración.

Pimientos perfectos, en fila, ordenados por tamaño; berenjenas brillantes como si las hubiesen abrillantado con cera de coche; calabacines con una etiqueta hecha a mano que decía “Variedad Redondeada de la Casa” con una caligrafía que competía en pulcritud con las propias verduras.

El jurado, formado por tres hombres de mediana edad a los que todo el pueblo conocía simplemente como “los del jurado” —un antiguo veterinario ya jubilado, un profesor de instituto de biología, y un tercero cuya cualificación exacta nadie parecía recordar con seguridad, aunque llevaba en el puesto desde tiempos inmemoriales—, recorría las mesas con una parsimonia casi litúrgica, deteniéndose ante cada producto con lupas de aumento, básculas de precisión, y comentarios en voz baja que solo ellos parecían entender del todo.

—Mira, aquí llegan — susurró Paco, dándole un codazo a Sara, cuando el trío se acercó a su mesa. — Ahora viene lo bueno.

El antiguo veterinario tomó el tomate descomunal entre las manos, lo sopesó con gesto grave, y anotó algo en su libreta con una caligrafía tan diminuta que parecía escrita para hormigas.

El profesor de biología, por su parte, se puso unas gafas todavía más gruesas que las que ya llevaba puestas y examinó la forma del tomate desde varios ángulos, murmurando palabras como “asimetría interesante” y “desarrollo atípico del mesocarpio” que a Sara le sonaron más a ciencia ficción que a evaluación hortícola.

—¿Y usted qué opina? — le preguntó Paco al tercer miembro del jurado, el de cualificación misteriosa, en un intento descarado de sonsacarle información sobre el veredicto antes de tiempo.

—Que tiene buena pinta — contestó el hombre, encogiéndose de hombros con la mayor naturalidad del mundo, sin ningún atisbo de la solemnidad de sus dos compañeros.

—Muy técnico su análisis — comentó Paco, entre risas, y el hombre le devolvió una sonrisa cómplice antes de seguir con el recorrido.

El jurado tardó una hora larga en deliberar, tiempo que el pueblo aprovechó para comer pinchos de tortilla y comentar, en corrillos, el estado del bar de Paco, la boda de la hija de no sé quién, y si el alcalde iba finalmente a arreglar el bache de la calle del Pozo o si seguiría siendo, como cada año, una promesa electoral más.

Antes de que el jurado terminara su recorrido, Remedios se había acercado también a la mesa de Sara, con el paso calculado de quien evalúa a un rival desde una distancia prudencial.

—Vaya tomatito raro tienes ahí — le dijo, señalando con la barbilla la mesa de exposición, sin acercarse demasiado. — ¿Es tu primer año, verdad?

—Sí, el primero.

—Qué bien, qué bien — dijo, con un tono que dejaba claro que no le parecía tan bien, y se alejó a supervisar sus propios pimientos con la concentración de un general antes de la batalla.

Cuando por fin anunciaron los resultados, Sara estaba distraída mirando cómo un niño intentaba robarle un pincho a su padre sin que se diera cuenta, así que tardó un segundo en procesar que su nombre había sonado por el altavoz.

—¡Primer premio, categoría tomate, para Sara… — una pausa, un crujido de papel — Sara Recoba!

Un aplauso educado, algo sorprendido, recorrió la plaza.

Paco soltó un grito de alegría que asustó a dos palomas.

Remedios, en cambio, se quedó completamente inmóvil un instante, como una estatua de sí misma, antes de aplaudir con una sonrisa que a Sara le pareció, sin poder explicar por qué, exactamente igual de auténtica que la de un maniquí de escaparate.

—Enhorabuena — le dijo, acercándose después, cuando ya se repartían los diplomas. — Un tomate espectacular. De verdad.

—Gracias, la verdad es que no hice gran cosa, fue casi solo.

—Ya, ya me imagino — contestó Remedios, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, y se marchó a paso firme hacia su hermana, con la que se enzarzó de inmediato en una conversación en susurros que, por la gesticulación, no tenía pinta de estar felicitando a nadie.

Sara se quedó con el diploma en la mano, sintiéndose absurdamente culpable por haber ganado algo que ni siquiera había buscado, mientras Paco, a su lado, ya planeaba en voz alta la campaña del año siguiente como si fuese el manager de un boxeador recién debutado.

—El año que viene vamos a por el pimiento también — dijo, frotándose las manos. — Y a lo mejor hasta la calabaza. Aunque para eso vamos a necesitar mano dura.

—Paco, por Dios, dame un respiro. Aún no sé ni cómo he ganado esto.

Y aunque lo dijo en broma, algo dentro de ella, mientras miraba de reojo el huerto que la esperaba en casa, empezaba a preguntarse, sin atreverse todavía a formularlo del todo, si realmente no sabía cómo lo había ganado.

La fiesta continuó buena parte de la tarde.

Hubo baile improvisado al son de un acordeón que tocaba un señor mayor al que todos llamaban “el Tuerto”, aunque conservaba perfectamente los dos ojos —el apodo, según le explicó Paco entre risas, venía de un incidente con una avispa ocurrido más de treinta años atrás y que el pueblo, con su memoria de elefante para los motes, jamás había dejado prescribir—.

Pepe, el dueño del bar, sacó unas mesas a la plaza y sirvió vino de la casa a quien lo quisiera, y hasta don Casimiro, el alcalde, se animó a decir unas palabras que nadie escuchó del todo porque el micrófono, fiel a su tradición, decidió no cooperar justo en el momento del discurso.

Fue durante aquella tarde de celebración cuando Sara conoció, de pasada, a algunas de las personas que meses después se convertirían en protagonistas involuntarios de su particular aventura hortícola.

Marisa, la del quiosco, se acercó a felicitarla con una efusividad que en su momento a Sara le pareció simplemente amabilidad de pueblo, sin sospechar todavía que aquella misma mujer terminaría, más adelante, intentando colar a su marido entre las tomateras con la excusa de unos calabacines mustios.

Don Mariano, el cura, bendijo la cosecha entera con un gesto casi automático, mecánico de tantos años de repetirlo, sin que a nadie, ni siquiera a él mismo, se le pasara por la cabeza que meses después protagonizaría el incidente más comentado de la temporada frente a una calabacera vengativa.

Y Damián, el repartidor de butano, pasó por allí a media tarde, con el uniforme de trabajo todavía puesto, y le dijo, con una sonrisa franca que a Sara le pareció simplemente simpática, sin más, que su madre siempre había tenido el mejor huerto del barrio y que se alegraba de que la tradición continuara.

Ninguno de ellos, en aquel momento, tenía la menor idea de lo que estaba por venir. Y Sara, con el diploma bajo el brazo y el sol de la tarde calentándole la nuca, tampoco.