Lo que crece no miente Capítulo 1
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Lo que crece no miente

Lo que crece no miente

Por M. Sol Ponce

© inepub.com

Capítulo 1

El concurso

Sara llevaba exactamente cuarenta y un días viviendo en la casa de su madre cuando Paco se presentó en la puerta con una carretilla vacía y una determinación que no admitía discusión.

—Te apuntas al concurso, Sarita — le dijo, a modo de saludo, plantado en el umbral con su boina torcida y su cara de quien ya ha decidido algo por los dos.

—Buenos días a ti también, Paco. Y ya sabes que solo mi madre me llamaba así.

—Pues ahora te toca aguantármelo a mí también — contestó él, sin inmutarse, como si aquello zanjara cualquier objeción posible. — El concurso de Valmora. Huertos del pueblo. Se falla el sábado.

—Paco, solo llevo aquí mes y medio. Tengo cuatro tomateras y una lechuga que parece que la ha atropellado un tractor.

—Da igual. Tú te apuntas, y ya está. Es tradición que el que llega nuevo participe, aunque sea para perder con dignidad — dijo, empujando ya la carretilla hacia el huerto trasero, como si la discusión ya hubiese terminado hacía rato, en su cabeza.

El huerto de la casa era, en efecto, un desastre modesto.

Su madre lo había cuidado con esmero hasta los últimos años, cuando la enfermedad le fue quitando las ganas de agacharse, y desde entonces la tierra había hecho lo que la tierra hace cuando nadie le presta atención: seguir viva a su manera, un poco a su aire.

Sara había heredado la casa, la vajilla de flores y aquel rectángulo de tierra que no sabía muy bien qué hacer con él, salvo que le daba pena dejarlo morir del todo.

—Paco, en serio, no tengo ni idea de jardinería.

—Ni falta que hace. Yo llevo cuarenta años presentándome y jamás he ganado nada, y aquí me tienes, feliz como una perdiz — contestó, plantando ya una hilera de plantones de calabacín sin haberle preguntado si quería calabacines.

— Lo importante es participar, que haya jaleo, y que Remedios se pique un poco. Le sienta de maravilla.

— ¿Remedios?

—Remedios y su hermana Encarna. Llevan ganando el primer premio once años seguidos.

Tienen un huerto que parece salido de una revista, y un carácter que parece salido de una tormenta.

Si algún día las ves discutir sobre si un pepino está o no está torcido, entenderás por qué este pueblo necesita entretenimiento.

Sara se rio, casi sin querer, por primera vez en semanas.

—Está bien. Me apunto. Pero no esperes milagros.

—Los milagros nunca se esperan, hija. Por eso son milagros.

Pasaron la tarde plantando lo que Paco consideró indispensable para “no hacer el ridículo”: un par de hileras de lechugas, unas zanahorias, y por capricho suyo, tres plantas de calabaza, “porque a las calabazas les gusta el drama, y este año el jurado va a querer drama”.

Sara lo escuchaba sin comprender del todo su lógica, pero seguía sus indicaciones con la docilidad de quien no tiene ninguna idea propia mejor que ofrecer.

Fue casi al anochecer, cuando Paco ya recogía sus herramientas y ella regaba la última hilera, que ocurrió el primer detalle raro, tan pequeño que ni se le hubiera pasado por la cabeza darle importancia si no hubiese sido, después, el primero de muchos.

—Por cierto — dijo Paco, sacudiéndose la tierra de las manos — le dije a mi hijo que este año no le prestaría la desbrozadora, pero al final se la dejé igual.

No hace falta que se entere Remedios — se rio de su propio comentario, nervioso, mirando de reojo hacia la calabaza más cercana a sus pies, que en apenas un par de segundos, sin viento ni motivo aparente, dejó caer una de sus grandes hojas al suelo con un sonido seco, casi teatral, como una bofetada floja.

Los dos se quedaron mirando la hoja caída.

—Qué raro — dijo Paco, después de un silencio.

—Sí — dijo Sara, sin darle mayor peso. — Se me habrá pasado la mano con el agua.

Paco asintió, sin mucha convicción, y se despidió con la carretilla vacía y el ceño levemente fruncido, como quien deja pasar algo que no termina de encajar del todo, pero que tampoco merece la pena perseguir un viernes por la tarde.

Sara se quedó un rato más en el huerto, mirando aquella calabaza que ya volvía a estar quieta, verde, perfectamente normal, y se dijo a sí misma que las plantas, a veces, simplemente hacían cosas de plantas.

No fue la última vez que se lo diría.

Esa noche, mientras cenaba sola en la cocina —una tortilla francesa demasiado hecha, porque llevaba semanas sin acordarse de que las sartenes también tienen su propio reloj interno—, Sara repasó mentalmente todo lo que había cambiado en su vida en apenas mes y medio.

Había dejado su trabajo en la ciudad, un puesto de administrativa en una gestoría que jamás le había hecho especial ilusión, pero que al menos le daba una rutina previsible: café a las nueve, papeles hasta las dos, más papeles hasta las seis.

Había vendido la mayoría de los muebles de su piso alquilado, había metido su vida entera en dos maletas y una caja de libros, y se había instalado en la casa de su madre con la vaga esperanza de que el cambio de aires le diera algo de claridad sobre qué hacer a continuación.

No había contado, desde luego, con Paco.

Paco vivía dos casas más allá, en una vivienda idéntica a la suya en estructura pero completamente distinta en carácter: la fachada pintada de un azul desvaído que él insistía en llamar “azul Mediterráneo” y que el resto del pueblo llamaba, con cariño, “azul que se ha quedado sin pintura”, y un jardín delantero tan cuidado que contrastaba, de forma casi ofensiva, con el estado del huerto trasero de Sara.

Se había presentado el primer día, con una tarta de manzana y la naturalidad de quien lleva toda la vida entrando y saliendo de esa casa, y desde entonces no había dejado de aparecer, con más o menos frecuencia, con más o menos excusa, convertido en una especie de vecino, consejero y entrometido profesional, todo en el mismo paquete.

—Tu madre — le había dicho aquel primer día, sentado en la cocina con un trozo de tarta que él mismo se había servido sin preguntar —, era la mujer más terca que ha dado este pueblo, que ya es decir.

Se pasó media vida discutiendo conmigo sobre si el abono orgánico era mejor que el químico, y jamás, en veinte años, me dio la razón, aunque los dos sabíamos que la tenía yo.

—Eso no me lo creo ni un poco — había contestado Sara, con una sonrisa que le costó un esfuerzo considerable, porque todavía le resultaba extraño hablar de su madre en pasado sin que la garganta se le cerrara un poco.

—Pues créetelo, porque es la pura verdad — había insistido Paco, con la boca llena de tarta. — Y ahora que ya no está para demostrarme lo contrario, pienso decir que tenía yo razón todas las veces que discutimos, empezando por hoy mismo.

Aquella conversación, tan sencilla, tan absurda casi, había sido lo más parecido a un consuelo que Sara había recibido desde el funeral, y quizás por eso, cuando Paco se presentó semanas después con la carretilla y la idea del concurso, ella no encontró en su interior ninguna objeción de verdadero peso.

Al final, pensó, mientras enjuagaba el plato de la tortilla y miraba por la ventana de la cocina hacia el huerto en penumbra, quizás no le vendría mal tener una excusa para salir cada mañana, aunque fuera solo para regar cuatro tomateras y una lechuga maltrecha.

Lo que no podía imaginar, mientras apagaba la luz de la cocina aquella noche, era que aquella excusa modesta estaba a punto de convertirse en la aventura más disparatada que el pueblo entero recordaría en años.