Capítulo 44
La consulta de Vanessa ya no me olía a supervivencia.
Eso fue lo primero que pensé aquella tarde de verano mientras me acomodaba en el sillón de siempre y dejaba el bolso a mis pies.
Entraba allí sin el peso aplastándome los hombros, sin aquella sensación de estar sujetando una vida que se deshacía por las esquinas.
Seguía siendo un lugar importante, claro, pero ya no llegaba rota.
Llegaba tranquila.
Y descubrirlo me emocionó más de lo que esperaba.
Vanessa cruzó las piernas en el sillón frente a mí y sonrió apenas.
—Te veo distinta.
Me reí.
—Eso espero. Me he gastado bastante dinero aquí. Sería preocupante seguir igual.
—No me refiero solo a eso.
Sabía perfectamente a qué se refería.
Porque llevaba semanas entrando allí con otra cara.
Con otra luz.
—¿Hace cuánto que estás con Dante ya? —me preguntó.
Miré hacia el techo un instante, haciendo cuentas.
—Casi dos meses.
—¿Y cómo te sientes?
La respuesta me salió tan rápido que hasta yo me sorprendí.
—Segura.
Vanessa asintió despacio.
—Eso es importante.
—Muchísimo.
Me acomodé mejor en el sillón, doblando una pierna bajo la otra.
—Con él no estoy esperando el golpe todo el rato. No siento que tenga que medir cada palabra o prepararme para que algo explote. Es… fácil. Bueno, no fácil de “simple”, porque querer a alguien nunca es tan sencillo. Pero sí estable. Bonito. Muy tranquilo.
Sonreí sin darme cuenta.
—Y feliz —añadí—. Estoy muy feliz.
Vanessa me observó durante unos segundos con esa calma suya que ya no me intimidaba.
—¿Y enamorada?
Solté una risa pequeña, algo avergonzada.
—También eso.
Decirlo en voz alta seguía impresionándome un poco.
No porque dudara.
Precisamente porque no dudaba nada.
—Es curioso —continué—. Durante mucho tiempo pensé que lo de Lorenzo me había destrozado de una manera irreversible.
Que iba a quedarme ahí atrapada por años.
Y ahora… no sé. No siento nada ya. Bueno, sí siento cosas hacia él, claro.
Pero no buenas. Cuando pienso en él, pienso en una versión de mí que estaba muy herida y muy perdida.
Vanessa apoyó el cuaderno sobre sus piernas.
—¿Te sorprende haberlo superado tan rápido?
—Muchísimo. Creía que no era posible. Pero supongo que una parte enorme del dolor tenía que ver con todo lo demás. Mi madre, Alexis, el miedo, el agotamiento… Lorenzo fue la chispa final de un incendio que ya llevaba meses encendido.
—¿Y ahora?
Miré hacia la ventana de la consulta. Afuera hacía una tarde preciosa, luminosa, cálida. La ciudad tenía ese brillo lento del verano cuando todavía queda mucha noche por delante.
—Ahora me siento en paz.
Y aquello era verdad.
Una verdad completa.
No perfecta, porque la vida seguía teniendo días difíciles, recuerdos que pinchaban y momentos raros. Pero ya no vivía atrapada dentro del miedo.
Vanessa sonrió entonces de una forma distinta. Más orgullosa que profesional.
—Creo que ha llegado el momento de espaciar las sesiones.
Parpadeé.
—¿En plan… dejar la terapia?
—En plan dejar de necesitarla cada semana. Si quieres seguir viniendo una vez al mes, o cuando necesites hablar, perfecto. Pero ya no te veo sobreviviendo, Vera. Te veo viviendo.
Me mordí el interior de la mejilla intentando no llorar, aunque terminé riéndome de mí misma.
—Genial. Ahora voy a emocionarme precisamente cuando me das el alta.
—No es el alta. Solo es reconocer algo que tú ya has hecho sola.
Negué con la cabeza despacio.
—No sola.
Pensé en Maya.
En Alexis.
En Dante esperándome fuera.
Y aquel pensamiento no vino acompañado de miedo a perderlo.
Vanessa siguió mi mirada hacia la puerta.
—¿Te espera él?
Asentí.
—Vamos a cenar.
—¿Y luego?
La sonrisa se me escapó antes de poder contenerla.
—Luego seguramente iremos a su casa, veremos alguna película que no terminaremos viendo y… bueno…
Vanessa se rio bajito.
—No necesito detalles.
—Una pena.
Nos despedimos con un abrazo suave y, cuando salí a la calle, el calor del verano me envolvió de inmediato.
Dante estaba apoyado junto a su coche, con gafas de sol y una camisa clara remangada hasta los antebrazos. Tenía el móvil en la mano y una expresión de concentración absoluta que desapareció en cuanto me vio aparecer.
Y aquella manera de mirarme seguía desarmándome.
No con ansiedad.
No con vértigo.
Con felicidad.
—Hola —dijo acercándose.
—Hola.
Me besó despacio, una mano en mi cintura y otra apartándome el pelo del hombro con una familiaridad que ya se había vuelto hogar.
—¿Qué tal?
Sonreí mientras él me abría la puerta del coche.
—Vanessa dice que ya no necesito venir todas las semanas.
Dante se apoyó un momento en el marco de la puerta antes de dejarme entrar.
—Claro que no.
—¿Así de seguro lo dices?
—Hace tiempo que te veo mejor.
Me senté dentro del coche todavía mirándolo.
—¿Y si solo estoy disimulando increíblemente bien?
—Entonces deberías trabajar en espionaje internacional.
Me reí.
Y esa fue otra de las cosas que Dante había hecho conmigo sin darse cuenta: devolverme una versión de mí que se reía muchísimo.
La noche era preciosa.
Cenamos en una terraza llena de luces pequeñas colgadas entre árboles y macetas enormes de lavanda.
Hacía calor, pero ese calor agradable del verano que deja la piel tibia y las conversaciones lentas.
Dante pidió un pescado al horno increíble para los dos y terminó sacándole las espinas a mi porción.
—Eso es literalmente mimar.
—No. Es construir pareja.
Después caminamos por el paseo marítimo con un helado en la mano. El mío empezó a derretirse enseguida y él terminó limpiándome una gota de vainilla de la muñeca mientras negaba con la cabeza.
—Tienes la capacidad de una niña pequeña para comer helado.
—Y tú la energía de un señor divorciado que compara hipotecas.
—Qué descripción tan ofensiva.
—Pero precisa.
Él me rodeó la cintura con el brazo mientras seguíamos andando.
—¿Sabes una cosa?
—Mmm.
—Me encanta esta versión tuya.
Le miré de lado.
—¿La del helado asesino?
—La tranquila. La que vuelve a hacer bromas. La que ya no parece preparada para salir corriendo todo el tiempo.
Apoyé la cabeza un instante en su hombro mientras caminábamos.
—Creo que contigo descanso.
Dante me besó el pelo.
—Pues quédate todo lo que quieras.
Y lo hice.
Fuimos a su casa después, todavía riéndonos por una discusión absurda sobre si Maya sería capaz o no de sobrevivir sola en una isla desierta “si la isla no tenía croquetas ni WiFi”.
La casa estaba silenciosa, fresca y llena de esa calma bonita que tenían ya nuestras noches allí. Me quité las sandalias nada más entrar y él dejó las llaves sobre la consola de la entrada antes de acercarse otra vez a mí.
No hubo prisa.
Nunca la había con él.
Me besó despacio en mitad del salón mientras todavía sonábamos a verano, a helado y a noche feliz.
Le rodeé el cuello con los brazos y sentí sus manos acariciándome la espalda con una ternura que seguía emocionándome muchísimo porque no parecía una estrategia para llegar a otra cosa.
Era simplemente cariño. Deseo también, claro. Pero un deseo lleno de cuidado.
—¿En qué piensas? —murmuró contra mi boca.
Sonreí apenas.
—En que me siento muy querida.
Sus ojos cambiaron un poco al escuchar aquello.
Más cálidos todavía.
—Porque lo eres.
Y esa era la diferencia más grande de todas.
Que con Dante no tenía que preguntarme nunca si el amor iba a desaparecer de golpe.
No tenía que perseguirlo.
Ni mendigarlo.
Ni sobrevivir a él.
Solo vivir dentro.