Lo que casi destruimos Capítulo 43
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Capítulo 43

La casa de Dante estaba a las afueras, en una zona tranquila llena de árboles altos y calles amplias donde las farolas parecían iluminar menos de la cuenta a propósito, dejando que la noche siguiera teniendo algo de misterio.

Era preciosa sin resultar ostentosa.

Líneas modernas, ventanales enormes y un jardín que parecía pensado para pasar horas en él sin mirar el reloj.

Había una piscina al fondo, una terraza cubierta con luces cálidas colgadas entre vigas de madera y varias zonas con sofás exteriores llenos de cojines en tonos tierra.

Todo tenía ese equilibrio entre elegancia y hogar vivido, entre diseño y sitio donde realmente alguien se sentaba descalzo a beber vino un martes cualquiera.

Maya bajó del coche mirando alrededor con absoluta falta de discreción.

—Bueno, perdona. ¿Esta es tu casa o nos quieres tocar las narices? Joder, que los demás tenemos un pisito hipotecado y vamos que chutamos

Alexis soltó una carcajada mientras cerraba la puerta.

—Maya, por favor, haber estudiado como él.

—Oye que yo estudié.

—Pero tendrías que ver los temas que tuvo que repetir él como un papagayo.

Dante, con vaqueros oscuros y una camisa negra remangada que probablemente debería haber sido ilegal después de una jornada de adrenalina y felicidad acumulada, nos daba la bienvenida con una atractiva sonrisa.

Y sí, me fastidió profundamente notar el efecto que me hacía verle.

—Llegáis tarde —comentó.

—Culpa de Vera —informó Maya.

—¿Hay algo que yo haga bien?

—Igual sí, pero déjame pensar.

Dante abrió la puerta mientras negaba con la cabeza, conteniendo una sonrisa.

—Entrad antes de que los vecinos llamen a la policía.

En el jardín ya había gente. No demasiada.

Exactamente el tipo de reunión íntima que habíamos imaginado para Alexis: amigos cercanos, algunas personas de fuera conectadas por videollamada desde distintos lugares, música suave sonando de fondo y una mesa enorme llena de comida que olía tan bien que Maya soltó un gemido dramático nada más verla.

—Vale. Si me muero hoy, decidle a mi familia que fui feliz.

Había croquetas. Muchísimas.

Croquetas de jamón, de boletus, de queso, incluso unas pequeñas de chipirones que Alexis señaló enseguida.

—Dante ha pedido catering de medio planeta.

—Me pareció insuficiente invitaros y daros solo patatas fritas.

—Te amo un poco —declaró Maya, cogiendo una croqueta antes incluso de terminar la frase.

La noche empezó a fluir de esa manera especial que tienen algunas reuniones donde nadie necesita esforzarse demasiado para pasarlo bien.

Alexis estaba radiante. Hablaba con todos, enseñaba fotos del salto, exageraba detalles del aterrizaje y juraba que Maya había gritado tanto durante la caída libre que varios pájaros cambiaron de ruta migratoria.

—¡Eso es mentira! —protestó ella.

—¡Los instructores siguen traumatizados!

—¡Era entusiasmo acústico!

Yo observaba a mi hermano de cerca mientras hablaba con dos amigos suyos de la infancia.

Reía con la cabeza echada un poco hacia atrás, sujetando una copa de refresco porque todavía seguía cuidándose muchísimo con todo lo que tomaba, y tuve que apartar la mirada un instante porque aquella imagen me llegó dentro.

Estaba vivo.

Parecía una frase pequeña.

Pero no lo era.

Dante apareció a mi lado mientras yo fingía interesarme muchísimo por una tabla de quesos.

—¿Todo bien?

Asentí despacio.

—Sí. Es solo que… hacía muchísimo tiempo que no le veía así.

Él siguió mi mirada hacia Alexis.

—Hoy necesitaba sentirse invencible un rato.

—Y lo ha conseguido.

Dante cogió dos copas de vino y me ofreció una.

—Tú también.

—Yo he sobrevivido por puro orgullo y presión grupal.

—Aun así has saltado.

Nuestras miradas se cruzaron apenas un momento antes de que Maya apareciera entre nosotros con un plato lleno de croquetas.

—Interrumpo esta tensión sexual elegante para informaros de que las de boletus cambian vidas.

—Maya —suspiré.

—No os avergoncéis de vuestro amor delante de mí. Soy comprensiva…

—Cállate, tonta.

—Bueno, pues química, ganas, miraditas… yo qué sé. Lo que tengáis. Pero resolvedlo antes de que yo cumpla cincuenta años.

Le quitó una croqueta del plato a Dante y desapareció otra vez hacia el salón antes de que pudiéramos contestar.

La cena se alargó entre risas, brindis y vídeos.

Dante había preparado un montaje precioso con imágenes de cuando era pequeño: cumpleaños antiguos, vacaciones, grabaciones familiares donde aparecía corriendo por la playa con ocho años, disfrazado de astronauta, peleándose conmigo por un helado o abrazando a nuestra madre en Navidades.

Cuando apareció ella en pantalla, la respiración se me desordenó un poco.

Alexis también se quedó quieto.

Pero el vídeo no nos produjo tristeza. Era cálido. Vivo. Lleno de música alegre y mensajes de amigos que iban apareciendo desde distintas partes del mundo.

“Feliz cumplevidas, cabrón.”

“Nos debes otra barbacoa.”

“Prohibido volver a darnos sustos.”

“Te queremos.”

Alexis terminó riéndose y llorando al mismo tiempo, tapándose la cara mientras todos aplaudíamos.

—Sois idiotas —murmuró emocionado.

—Pero idiotas de los buenos —aclaró Maya—. Ha habido edición de vídeo.

Después pusieron las imágenes del salto.

Y aquello ya fue el caos absoluto.

Mi grito sonó por toda la casa en cuanto el vídeo empezó.

—¡No! ¡Quitad eso!

Maya estaba doblada de risa sobre un sofá.

—¡Parece una señora cayendo por error en una excursión del IMSERSO!

—¡No era mi mejor momento!

—¡Era tu momento más sincero!

Alexis casi se atraganta de tanto reírse cuando apareció Maya gritando lo de las croquetas antes de saltar.

—¡Mírala! ¡Mírala!

—¡Era una reivindicación social!

Luego salió Dante aterrizando con esa tranquilidad irritante y Maya señaló la pantalla.

—Y aquí tenemos a Superman fiscalizando el cielo.

Yo no podía parar de reírme. De verdad. De esa risa descontrolada que te deja sin aire y termina contagiando a todo el mundo.

En un momento dado apareció mi imagen dando saltos al aterrizar, abrazando a Alexis y luego corriendo hacia Dante. La sala entera lanzó un “oooooh” exagerado mientras yo me tapaba la cara con ambas manos.

—Vale. Se acabó. Destruid el televisor.

—Demasiado tarde —anunció Maya—. Ya está en mi nube.

—Voy a asesinarte.

—No puedes. Soy el alma de esta familia.

La fiesta fue apagándose poco a poco cerca de medianoche.

Algunos invitados se marcharon. Otros siguieron charlando un rato más en la terraza.

Alexis estaba feliz y agotado a partes iguales; terminó sentado en un sofá con un montón de regalos sobre las piernas mientras Maya discutía con él sobre cuál de los dos había gritado más durante el salto.

—Fuiste tú.

—Mentira. Yo gritaba con glamour.

—Eso no existe.

—Claro que existe. Lo inventé yo.

Cuando finalmente se fueron, la casa quedó en calma.

No silenciosa de manera triste. Solo tranquila. Con las luces cálidas todavía encendidas, vasos medio vacíos sobre la mesa y el jardín respirando esa humedad suave de las noches de verano.

Yo ayudé a recoger algunas cosas, aunque Dante insistió varias veces en que lo dejara para mañana.

—Tu concepto de “mañana” es muy optimista —comenté mientras llevaba platos hacia la cocina.

—Mi concepto de “mañana” incluye lavavajillas y café. Confío en él.

Sonreí.

Y entonces me di cuenta de algo extraño.

No quería irme.

No tenía ganas de volver al piso de Maya todavía. No porque estuviera mal allí. Al contrario. Pero aquella noche… aquella casa… Dante riéndose en la cocina mientras guardaba botellas de vino… todo parecía un lugar donde mi cuerpo había dejado de estar alerta por primera vez en mucho tiempo.

Debí de quedarme demasiado quieta pensando, porque él levantó la vista.

—¿Qué pasa?

Me apoyé contra la isla de la cocina, todavía con una copa vacía entre las manos.

—Nada. Solo… no me apetece mucho marcharme aún.

Dante dejó lo que estaba haciendo.

No hubo sorpresa exagerada ni interpretaciones precipitadas en su cara. Solo una especie de suavidad tranquila.

—Entonces quédate.

Tragué saliva.

—¿Así de fácil?

—Sí. Quédate un rato más. No tenemos que hacer nada.

Aquella frase, precisamente por lo sencilla que era, me cautivó.

Salimos al jardín con dos copas de vino.

El aire era agradable y olía ligeramente a jazmín.

Al fondo se escuchaba el sonido suave del agua de la piscina moviéndose apenas.

Nos acomodamos en una hamaca enorme de madera y cuerda junto a una zona llena de plantas y pequeñas luces escondidas entre las ramas.

La casa iluminada detrás de él era preciosa.

Pero Dante en aquella hamaca, con las mangas remangadas y esa manera de escuchar que hacía sentir que el resto del mundo bajaba un poco el volumen, lo era todavía más.

Hablamos durante horas.

De cosas importantes y de tonterías.

De Alexis y de lo bien que se lo había pasado.

De Maya intentando ligar con un instructor de paracaidismo mientras seguía enganchada al arnés.

De mi primera sesión con Vanessa.

De su infancia.

De mi madre.

De películas malas.

De miedo.

De lo raro que era volver a sentir momentos felices después de meses sobreviviendo.

Y entre conversación y conversación nos reíamos mucho. Muchísimo. De esa forma tranquila y cálida que no agotaba.

En un momento dado terminé descalza sobre la hamaca, con las piernas dobladas hacia un lado y la cabeza apoyada en el respaldo mientras él me miraba con una sonrisa pequeña.

—¿Qué? —pregunté.

—Hoy has vuelto un poco.

La frase me dejó quieta.

—¿Tú crees?

—Sí.

Bajé la vista a mi copa.

—A veces siento que todavía estoy intentando encontrarme entre todos los golpes de estos meses.

—Quizás no tengas que volver a ser exactamente la misma.

Levanté los ojos hacia él.

La luz tenue del jardín le marcaba el perfil de una manera cercana, peligrosamente bonita. Había algo distinto entre nosotros aquella noche. Algo menos frágil. Más honesto.

—Gracias por este día —murmuré.

—No tienes que darme las gracias por compartirlo contigo.

—Pues aun así te las doy.

Dante dejó la copa sobre la mesita lateral de la hamaca y se acercó un poco más. No deprisa. Dándome espacio incluso en la cercanía.

—Vera…

Su voz me rozó por dentro.

Yo sabía perfectamente lo que iba a pasar unos segundos antes de que ocurriera.

Y aun así el beso me sorprendió.

Porque no fue desesperado.

Ni impulsivo.

Ni lleno de ansiedad.

Fue lento. Cálido. Cuidadoso.

Un beso que parecía preguntarme algo y responderme al mismo tiempo.

Le sujeté la cara entre las manos mientras él me acercaba un poco más hacia su cuerpo. La hamaca se balanceó apenas bajo nosotros, despacio, con el jardín alrededor convertido en un rincón suspendido fuera del tiempo.

Y besarlo no me hizo sentir miedo.