Capítulo 42
El día del cumpleaños de Alexis amaneció con un cielo azul imponente.
No había nubes dramáticas ni viento apocalíptico ni una tormenta providencial que obligara a cancelar el salto y me permitiera conservar la dignidad sin tener que inventar una gastroenteritis de última hora. Nada. El universo, por lo visto, había decidido colaborar para que me diera un infarto.
Llegamos al aeródromo a media mañana. Alexis bajó del coche con una energía que hacía semanas no le veía, más delgado todavía, sí, con esa fragilidad reciente que me apretaba algo por dentro cada vez que le miraba, pero con los ojos encendidos de una forma nueva.
Llevaba una sudadera azul como el cielo, vaqueros y una sonrisa enorme que le ocupaba media cara.
—Esto es alucinante, cómo os lo habéis currado —anunció, mirando hacia la pista.
Maya salió detrás de él con unas gafas de sol enormes y una sonrisa que le cruzaba la cara.
—Yo solo quiero dejar claro que, si muero, nadie toque mi historial de búsqueda. Que me incineren con el móvil.
—¿Esa es tu última voluntad? —le preguntó Dante, cerrando la puerta del coche.
—Mi última voluntad es que Vera no herede mis leggings caros porque los lavaría mal.
—Me parece justo —comentó Alexis—. Vera tiene cara de poner la lavadora a lo loco.
—Perdona —protesté—. Estamos a punto de tirarnos de un avión. ¿De verdad mi relación con la colada es el tema?
—Tu relación con la colada es muy preocupante —replicó Maya—. Lo del avión ya lo hablaremos cuando estemos cayendo.
Dante se colocó a mi lado y me ofreció la mano sin decir nada.
No la cogió con gesto solemne ni heroico; simplemente la dejó ahí, disponible.
Yo miré sus dedos, luego la avioneta al fondo, después otra vez sus dedos, y terminé aceptando aquella ayuda con la poca elegancia de una persona que estaba considerando seriamente huir campo a través.
—Respira —me indicó en voz baja.
—Estoy respirando.
—Estás negociando con tus pulmones.
—Mis pulmones son sensatos. No quieren subir.
Dante sonrió apenas, con esa calma suya que a veces me irritaba porque parecía fabricada con materiales mejores que los míos.
—Todo está revisado. Hablamos con el médico de Alexis, con el centro, con los instructores. Saltamos en tándem. No hay improvisación.
—Dices “saltamos”, pero todavía tengo la esperanza de quedarme sujetando los bolsos.
—No. Digo “saltamos” porque vas a hacerlo.
—Qué fe más molesta tienes en mí.
—Me sale natural.
Nos llevaron a una zona de preparación donde varios instructores revisaban arneses, cascos y monos de salto. Uno de ellos, un hombre moreno con una sonrisa amplia, nos saludó con un entusiasmo que me pareció ofensivo para alguien que vivía de abrir puertas en pleno cielo.
—Cumpleaños especial, ¿no? —preguntó.
Alexis levantó las dos manos.
—Cumplevidas.
El instructor le chocó la palma.
—Pues vamos a celebrarlo bien.
Maya se volvió hacia mí con una emoción exagerada.
—¿Has oído? Celebrarlo bien. No “sobrevivir con dignidad”. Me encanta esta gente. Son positivos a tope.
Nos pusieron los monos. El mío me quedaba extraño, tirante en los hombros y flojo en las piernas, un prodigio textil diseñado para humillar a cualquiera antes del final.
Alexis no paraba de moverse, hablando con su instructor, preguntando por la altura, por la caída libre, por la posición de los brazos.
Maya hacía bromas con todo el mundo y ya había conseguido que su instructor le prometiera avisarla antes de saltar para que pudiera gritar algo “icónico”.
—Voy a decir: “Decidle a Zara que me debe una devolución” —nos informó.
—Muy épico —respondió Alexis—. Pasará a la historia.
—Lo importante es dejar legado.
Dante estaba más tranquilo. Se ajustaba el arnés con atención, escuchaba las indicaciones y, de vez en cuando, me observaba para comprobar si seguía presente o si mi alma había decidido abandonar el cuerpo en la fase de instrucciones.
—Vera —me llamó el instructor que saltaría conmigo—, ¿todo bien?
—Depende de cómo definamos “bien”.
—Defínelo tú.
—No he salido corriendo.
—Entonces vamos ganando.
Maya aplaudió.
—¡Esa es mi chica! Nivel básico de valentía: permanecer físicamente en el lugar.
Alexis se acercó a mí. Durante un instante se le fue la risa y me cogió por los hombros.
—Gracias.
Aquello sí me dejó sin defensas.
—No me des las gracias todavía. Igual vomito sobre alguien.
—Sería un detalle familiar precioso.
—Alexis.
—Vera, estoy aquí. Estoy bien. Hoy no quiero que me mires con cara de susto atrasado. Quiero que te tires conmigo y que luego me invites a tarta.
Le acaricié la mejilla, intentando no dejar que la emoción me ganara demasiado pronto.
—Te voy a invitar a tarta, a cena y a lo que quieras.
—A lo que quiera no, que luego me controlas el colesterol.
—Porque alguien tiene que mantenerte vivo para el próximo cumplevidas.
Alexis sonrió, y aquella sonrisa me dio más fuerza que todos los discursos que hubiera podido escuchar.
Cuando subimos a la avioneta, mi valentía se evaporó con una rapidez humillante.
El interior era pequeño, ruidoso, lleno de correas, cascos, rodillas demasiado cerca y entusiasmo ajeno.
Maya se sentó frente a mí con una expresión de felicidad salvaje.
Alexis iba a su lado, pegado a su instructor, mirando por la ventanilla con una mezcla de asombro y pura alegría.
Dante quedó junto a mí, tan cerca que nuestras piernas se rozaban con fuerza cada vez que el avión vibraba.
El motor aumentó de intensidad. La pista empezó a moverse. Luego todo se inclinó un poco y el suelo se quedó abajo.
Muy abajo.
—No puedo —murmuré.
Dante giró hacia mí de inmediato.
—Sí puedes.
—No, no, no. He cambiado de opinión. Me bajo.
Maya abrió mucho los ojos.
—Vera, cariño, te informo con delicadeza: bajarte ahora sería bastante más aparatoso.
—No ayudas.
—Estoy poniendo datos sobre la mesa.
Alexis se inclinó hacia delante, gritando por encima del ruido del motor.
—¡Piensa que es un ascensor sin edificio!
—¡Alexis, eso es horrible!
—¡Pero creativo!
Maya levantó un dedo.
—¡También puedes imaginar que abajo hay una rebaja del setenta por ciento!
—¡No salto por descuentos!
—¡Pues por Dante, que está guapísimo con arnés!
Dante cerró los ojos un segundo, resignado.
—Maya.
—¿Qué? ¡Estoy usando recursos motivacionales!
A pesar del terror, se me escapó una carcajada nerviosa. Dante aprovechó ese resquicio y me cogió la mano. Su pulgar se movió despacio sobre mis nudillos, sin prisa, marcando un ritmo que no tenía nada que ver con el motor ni con la altura.
—Mírame un momento —pidió.
Lo hice. No de manera intensa ni cinematográfica. Le miré porque necesitaba un punto fijo y él estaba allí, entero, real, tranquilo.
—Vas enganchada a un profesional. Yo voy detrás de ti. Maya y Alexis van a estar chillando barbaridades, seguramente. Todo eso va a pasar muy rápido. Tú solo tienes que seguir las instrucciones y dejarte llevar.
—Eso suena fatal.
—Suena a confiar.
—Confiar se me da regular últimamente.
Su expresión cambió con cuidado, sin meter los dedos en la herida.
—Entonces no confíes en todo. Confía en esto. En este minuto. En mi mano. En tu instructor. En que Alexis está viviendo algo que soñó durante años y tú vas a formar parte de ese recuerdo.
Miré a mi hermano. Estaba riéndose con Maya, que al parecer acababa de jurar que, si el viento le despeinaba demasiado, iba a denunciar a la empresa.
—Quiero hacerlo —admití, con un hilo de voz—. Pero tengo muchísimo miedo.
—Lo sé.
—No me sueltes todavía.
—No pensaba hacerlo.
La avioneta siguió subiendo. El instructor empezó a revisar mi arnés y a engancharse a mí. Cada clic metálico sonó demasiado definitivo. Maya fue la primera en colocarse en posición, con los ojos brillantes y una sonrisa descomunal.
—¡Si sobrevivo, quiero croquetas! —gritó.
—¡Eso está grabado! —respondió Alexis.
La puerta se abrió.
El aire entró de golpe, brutal, vivo, llenándolo todo de ruido y de luz. La tierra apareció debajo en una extensión enorme, preciosa y aterradora. Campos, carreteras, tejados diminutos. El mundo reducido a maqueta.
Maya lanzó un grito de felicidad antes incluso de saltar.
—¡Mamá, mírame, soy una mala decisión!
Y desapareció con su instructor por la puerta.
Alexis se partió de risa. Luego le tocó a él. Durante un instante, justo antes de lanzarse, giró la cabeza hacia mí y levantó el pulgar.
—¡Cumplevidas! —gritó.
Después saltó.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero esta vez no eran de pena. Eran de susto, de amor, de orgullo, de demasiadas cosas juntas para ordenarlas.
—Vera —me llamó Dante.
Él estaba preparado detrás de mí, esperando su turno. Me cogió la mano una última vez antes de que mi instructor empezara a movernos hacia la puerta.
—Cuando llegues abajo, quiero verte saltar de alegría.
—Si llego abajo, me caso con el suelo.
—Lo negociaremos…
Me reí con la voz rota por el viento.
El instructor me indicó que cruzara los brazos.
Obedecí porque mi cuerpo ya no pertenecía a mi voluntad, sino a un chico sonriente con demasiada confianza en la gravedad.
La puerta estaba allí, abierta, inmensa.
El aire me golpeaba la cara. El vacío parecía llamarme por mi nombre con muy mala educación.
—Tres, dos, uno…
Y saltamos.
Durante los primeros segundos no pensé.
No hubo palabras ni reflexiones profundas ni una revelación espiritual sobre la vida. Solo aire. Aire por todas partes. Aire en la cara, en los brazos, en la boca, en los oídos. Una sacudida salvaje que me arrancó un grito tan grande que debió de escucharse en tres provincias.
Luego el miedo cambió de forma.
Seguía allí, claro, pero dejó espacio a otra cosa.
A la velocidad. A la risa que me salió sin permiso.
A la sensación imposible de estar cayendo y, al mismo tiempo, flotando en una claridad enorme.
Vi a Maya a lo lejos, o creí verla, agitando los brazos con una euforia de dibujo animado.
Vi otra figura que podía ser Alexis. El cielo era azul alrededor de todo, y por unos segundos no hubo hospitales ni traiciones ni pisos vacíos ni Toscana rota en pedazos.
Solo el aire y mi propio grito transformándose en carcajada nerviosa.
El paracaídas se abrió con un tirón seco que me elevó de golpe.
Después llegó la calma.
Una calma amplia, suspendida, con el paisaje extendido debajo y mi respiración regresando poco a poco a un lugar reconocible. El instructor me preguntó si estaba bien y contesté que sí varias veces, con una risa histérica que no conseguía detener.
Descendimos despacio. Pude ver el campo de aterrizaje, los coches, las figuras pequeñas moviéndose abajo.
Maya ya estaba en tierra cuando nos acercamos; saltaba con los brazos en alto, chillando algo que el viento no me dejó entender.
Alexis aterrizó poco después, tambaleándose un poco pero riéndose tanto que su instructor tuvo que sujetarle del arnés para que no se fuera al suelo por puro entusiasmo.
Cuando mis pies tocaron la hierba, las piernas me fallaron un segundo. El instructor me ayudó a recuperar el equilibrio y me desenganchó mientras yo intentaba asumir que seguía viva, entera y con una cantidad indecente de adrenalina corriendo por mis venas.
—¡Lo he hecho! —grité.
Maya vino corriendo hacia mí.
—¡Lo has hecho! ¡Has caído del cielo con cara de funcionaria secuestrada, pero lo has hecho!
Alexis apareció detrás de ella, despeinado, rojo de emoción y más feliz de lo que le había visto en años.
—¡Vera! ¡Has rugido más que el motor!
—¡No es verdad!
—¡Hay testigos!
—¡Testigos comprados!
Empecé a dar saltos, sin poder evitarlo, riéndome y llorando a la vez, con el mono de salto torcido y el pelo hecho una catástrofe. Alexis me abrazó primero, fuerte, lleno de vida. Le rodeé con los brazos y apreté la cara contra su hombro, agradeciendo cada hueso, cada latido, cada segundo.
—Feliz cumplevidas —le dije.
—Uno inolvidable —me respondió él, con la voz tomada por la emoción—. Aunque Maya haya intentado robarme protagonismo gritando lo de las croquetas.
—Era necesario —defendió ella—. El pueblo necesitaba esperanza.
Entonces vi aterrizar a Dante.
Lo hizo con una serenidad que sacaba de quicio, por supuesto. Tocó tierra, siguió las indicaciones, se desenganchó del instructor y caminó hacia nosotros con el casco en una mano y el pelo revuelto de una manera que Maya habría definido, sin duda, como “para denunciarlo”.
No me lo pensé.
Corrí hacia él.
Dante abrió los brazos justo a tiempo y me recibió contra su pecho con una risa baja, profunda, de esas que parecían salirle de un sitio al que no todo el mundo tenía acceso. Me abrazó con firmeza, levantándome apenas del suelo, y yo me aferré a él todavía temblando por la descarga del salto.
—Lo he hecho —repetí, casi sin aire.
—Lo has hecho.
—Me he tirado de un avión.
—Te has tirado de un avión.
—Y no me he muerto.
—Detalle importante.
Me aparté un poco para verle la cara.
—Tenías razón.
—Voy a fingir que no he oído eso, para no abusar.
—Hazlo. No volveré a repetirlo.
Dante me acarició los brazos con las manos, comprobando que estuviera bien sin convertirlo en un gesto excesivo.
—Estoy orgulloso de ti.
Aquello me alcanzó de lleno. No me rompió. Al contrario. Me colocó un poco más en mi sitio.
—Yo también —admití—. De mí. De Alexis. De todos. Hasta de Maya, aunque haya amenazado al cielo con una reclamación.
—¡Os oigo! —gritó Maya desde unos metros más allá—. ¡Y sí, pienso reclamar! ¡Me han despeinado a lo loco!
Alexis levantó los brazos.
—¡Primer cumplevidas oficialmente inaugurado!
Nos reunimos los cuatro en mitad del campo, todavía con los monos puestos, los arneses colgando y la risa desordenada de quien acaba de hacer algo que no va a olvidar. Maya sacó el móvil para hacerse un selfi y nos obligó a apretarnos.
—Todos sonreíd —ordenó—. Vera, tú intenta parecer una mujer que no acaba de reconciliarse con la gravedad.
—Estoy en ello.
Dante se colocó a mi lado, Alexis me rodeó por los hombros y Maya estiró el brazo.
—A la de tres: cumplevidas. Una, dos…
—¡Cumplevidas! —gritamos.
La foto salió movida, con el pelo de Maya en media pantalla, Alexis riéndose con la boca abierta, Dante mirando hacia mí en lugar de al objetivo y yo con los ojos brillantes, la cara colorada y una felicidad tan inesperada que parecía recién estrenada.
Y, por una vez, no quise corregir nada.