Capítulo 41
El teléfono sonó cuando estaba doblando una camiseta de Maya que, por algún motivo, llevaba tres días poniéndome.
No era mía. No me quedaba bien. Ni siquiera sabía cómo había acabado adueñándome de ella. Pero en aquella etapa de mi vida las prendas ajenas parecían tener más criterio que yo, así que tampoco me sorprendió demasiado.
Miré la pantalla y vi el nombre de Dante.
Durante unos segundos pensé en no contestar. No porque no quisiera escucharle, sino porque últimamente cualquier cosa que tuviera que ver con él abría demasiadas puertas a la vez. Y yo seguía bastante ocupada intentando que las que había cerrado Lorenzo no me pillaran los dedos.
Aun así, deslicé el índice por la pantalla.
—Hola.
—Hola, Vera. ¿Puedes hablar?
Su voz sonó más serena que urgente, y eso me permitió sentarme en la cama sin sentir que algo malo venía corriendo hacia mí.
—Sí. ¿Pasa algo?
—No exactamente. Quería hablarte de Alexis.
La camiseta se me quedó a medio doblar entre las manos.
—¿De Alexis?
—Su cumpleaños es la semana que viene.
Parpadeé.
Una vez.
Dos.
Y después me quedé tan quieta que hasta el aire de la habitación pareció quedarse esperando conmigo.
—Joder —susurré—. Se me había olvidado.
Dante no respondió enseguida, pero no lo llenó todo con consuelo rápido ni con frases bonitas fabricadas para no incomodar. Lo agradecí más de lo que fui capaz de decir.
—Vera, has tenido demasiadas cosas encima.
—No —murmuré, dejando la camiseta sobre la cama—. Es mi hermano. No se me puede olvidar su cumpleaños.
—Este año no es un cumpleaños cualquiera —añadió él, con una suavidad que me golpeó más que cualquier reproche—. Es su primer cumplevidas.
Me llevé una mano a la boca.
Cumplevidas.
La palabra me desmontó por dentro con una precisión inesperada.
No porque fuera triste, sino porque era verdad.
Alexis no iba a cumplir un año más de manera normal.
Iba a celebrar que seguía allí. Que el tratamiento había terminado.
Que las últimas pruebas abrían una etapa distinta, luminosa.
Con futuro. Con la posibilidad de hacer planes sin que todos llevaran la amenaza escondida debajo.
—No lo había pensado así —admití.
—Por eso te llamo. Creo que deberíamos hacer algo especial.
—Sí. Claro. Sí, por supuesto.
Me levanté y empecé a caminar por el cuarto, sin rumbo concreto.
—Tengo que pensar. No se me ocurre a priori qué podría ilusionarle…
—Lo miramos. Sin imprudencias. Pero algo que le ilusione de verdad, tienes razón.
—Dante…
—¿Sí?
—Gracias por acordarte.
La respiración me salió desigual, pero no lloré. No todavía.
—Alexis también forma parte de mi vida, Vera.
Ya era hora de que también lo dijese. Más de una vez me había portado regular al respecto, excluyéndolo en el pasado, cuando creí que seguía siendo un Peter Pan impertinente, igual que mi hermano. Pero había algo tan sencillo y tan firme en la manera en que habló que me obligó a sentarme otra vez.
—Mañana me paso por la notaría, a la salida del trabajo —propuse—. Lo hablamos mejor allí.
—Cuando quieras. Te espero.
Colgué después de despedirnos y me quedé mirando la pantalla apagada. Maya apareció en la puerta con una taza en la mano y esa cara de quien no había escuchado la conversación entera, pero había olido el incendio desde la cocina.
—¿Dante?
—Sí.
—¿Ha hecho algo notarialmente sexi o puedo beberme el té tranquila?
Le lancé la camiseta que seguía sobre la cama. Ella la atrapó contra el pecho.
—Es tuya, por cierto.
—Lo sé. Mi ropa se infiltra en tu vida. Tiene iniciativa. No como tú, chalada. Ya es hora de que empieces a mover ficha.
Me pasé las manos por la cara.
—Va, va… Se me había olvidado el cumpleaños de Alexis.
Maya dejó la taza en la cómoda y se acercó.
—Ah.
—No me digas “ah” con cara de psicóloga de mercadillo.
—Es mi cara normal cuando quiero parecer profunda.
—Maya.
Se sentó a mi lado.
—Vera, no se te ha olvidado porque no te importe.
Se te ha ido porque llevas meses recibiendo golpes por todos los flancos.
Murió tu madre, apareció lo del piso con toda la carga que te dejó encima, descubriste la enfermedad de tu hermano, te fuiste a la Toscana para respirar un poco y acabaste con lo de Lorenzo clavado entre las costillas.
No eres una agenda electrónica. Eres una persona apaleada.
—Pero es Alexis.
—Precisamente por eso te duele. Si te diera igual, estarías eligiendo velas de cumpleaños sin abrir el pico.
Me quedé callada, mordiéndome la uña del pulgar hasta que Maya me apartó la mano con delicadeza.
—No te castigues también por esto. Ya bastante has hecho el pack completo de culpa, susto y decepción romántica italiana.
—Dante dice que este año es su primer cumplevidas.
Maya abrió mucho los ojos.
—Vale, eso es precioso y me fastidia reconocerlo porque siempre lo tuvimos en el punto de mira.
—Quiere que hagamos algo especial.
—Pues lo hacemos, obvio. Porque no hace falta que te diga que me incluyo.
—Obvio, sí. Un cumplevidas no sería lo mismo sin ti. ¿Algo que le ilusione mucho? ¿Se te ocurre algo?
—Alexis es muy de hacerse el duro, pero por dentro es un niño con WiFi y ganas de aventura.
Algo grande le vendría bien. Algo que no huela a hospital ni a prudencia ni a “pobrecito, que está recuperándose”.
Por suerte, ya está totalmente recuperado y con unas ganas de comerse el mundo impresionantes.
Al día siguiente fui a la notaría después de pasar media mañana en el trabajo pensando en la cuestión. El tiempo ya era estupendo y me decidí a estrenar un bonito vestido camisero de esos que sientan genial, en un tono arena que es de mis preferidos.
Dante estaba en la entrada cuando llegué, hablando con una mujer mayor que guardaba unos papeles en una carpeta azul. Al verme, terminó la conversación con una cortesía impecable, como todo en él, y vino hacia mí.
—Gracias por venir.
—Gracias por acordarte tú.
Él me sostuvo la mirada un segundo, sin apretarme con ella. Luego señaló la calle.
—¿Te apetece caminar un poco? Aquí en la puerta parecemos dos conspiradores con problemas fiscales.
—Bueno, con mi familia nunca se sabe.
Dante soltó una risa breve, y aquello alivió el primer tramo de nervios.
Nos quedamos junto a la fachada, sin entrar del todo en ninguna parte, y empezamos a lanzar ideas con una mezcla rara de ilusión y prudencia. Cena íntima. Vídeo con mensajes de amigos. Una escapada. Un concierto. Algo en el mar. Un fin de semana sorpresa.
—Alexis siempre quiso tirarse en paracaídas —recordé de pronto.
Dante giró la cabeza hacia mí.
—¡Es verdad!
—Sí. Lo decía desde pequeño. Mi madre le contestaba que antes se apuntara a recoger su cuarto, que eso ya era deporte extremo.
Él sonrió con una ternura discreta.
—Podría ser.
—No sé si podrá. Tendríamos que consultarlo.
—Por supuesto. Nada sin autorización médica. Pero si el tratamiento ha terminado y sus médicos lo ven viable, podríamos organizarlo bien, en un centro serio, con instructores, salto tándem, todo controlado. Como es lógico, no nos vamos a tirar por las buenas…
Tragué aire, intentando imaginarme en un avión diminuto, con un arnés, una puerta abierta y mi dignidad saliendo despedida antes que yo.
—¿No nos vamos? No me irás a decir que tú piensas acompañarle, porque desde luego que yo no me tiro…
—Te tiras.
—No.
—Sí.
—Dante, yo me mareo subiéndome a una silla para cambiar una bombilla.
—Entonces será una experiencia de crecimiento.
—Será una experiencia de muerte anticipada.
—¿Qué puede pasar?
Le miré con incredulidad.
—¿De verdad me preguntas eso hablando de saltar desde un avión?
—Con profesionales.
—Ah, claro. Entonces el suelo se vuelve mullido, no hay problema. Más tonta yo…
Se rio, esta vez con ganas. Esa risa le cambió la cara y me pilló desprevenida, porque no recordaba cuánto me gustaba verle perder un poco la compostura.
—Podríamos hacerlo los cuatro, claro que sí —propuso—. Alexis, tú, Maya y yo.
—Maya se apunta a un bombardeo solo por poder decir luego que ha sobrevivido a una caída libre sin despeinarse.
—Y Alexis sentirá que nos implicamos a tope.
Aquello me convenció más que cualquier argumento.
—Eso sí me gusta —admití—. Que sea algo compartido. No un homenaje solemne. Una locura nuestra. Pero yo no…
—Una locura autorizada por el médico, con instructores y sentido común.
—Qué notario eres incluso planeando tirarte de un avión.
—Alguien tiene que aportar estructura a esta familia.
La palabra familia quedó flotando de una manera extraña, pero no dolió. Al contrario. Me dio un calor pequeño, manejable, de esos que no exigían una decisión inmediata.
—Y luego fiesta —añadí—. Algo bonito. Con sus íntimos. Nada enorme. Música, comida rica, velas, fotos de cuando era pequeño. Quizás una tarta con “cumplevidas” escrito.
—Me gusta.
—Y podríamos hacer un vídeo. Mensajes de todos. Pero nada lacrimógeno. Si Alexis nota que intentamos emocionarle demasiado, se pondrá insoportable.
—Podemos pedirle a Maya que lo dirija. Ella sabrá equilibrar cariño y chantaje emocional.
—Maya va a acabar poniendo tomas falsas.
—Mejor.
Nos dimos cuenta a la vez de que llevábamos más de veinte minutos hablando en la puerta de la notaría, con gente entrando y saliendo a nuestro alrededor. Dante miró hacia el restaurante de la esquina y luego volvió a mí.
—¿Comemos algo y seguimos organizándolo sin parecer dos personas que están negociando un salto en paracaídas como si fuera un robo al Banco de España?
Dudé por reflejo, no por falta de ganas.
Él lo notó y no empujó.
—Solo comer, Vera. Planificar. Reírnos de tu futura cara de terror en el avión.
—Mi cara de terror será privada.
—Habrá vídeo.
—Entonces no voy.
—Entonces no habrá vídeo.
—Mientes fatal.
—Un poco.
Terminé sonriendo.
—Está bien. Comemos. Pero que conste que sigo sin haber aceptado tirarme.
Dante abrió la puerta del restaurante para dejarme pasar.
—Consta. También consta que vas a hacerlo.
—Eres muy irritante cuando pareces seguro de algo.
—Y tú muy convincente cuando finges que no quieres celebrar la vida a lo grande.
Entré antes de que pudiera verme sonreír más de la cuenta.
De pronto, el futuro no parecía una habitación cerrada. Parecía una puerta abierta en pleno cielo, con un miedo tremendo esperando al borde y, debajo, la posibilidad de caer sin romperse.