Lo que casi destruimos Capítulo 40
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Capítulo 40

La segunda vez que acudí al gabinete psicológico de Vanessa llovía con esa calma pesada que parecía pensada para la gente que no tenía fuerzas ni para sostener un paraguas.

Llegué diez minutos antes, me senté en la sala de espera y me quedé mirando una planta artificial que alguien había colocado junto a una mesa baja llena de revistas de moda.

No sabía por qué me molestaba tanto aquella planta.

Quizás porque fingía estar viva con una convicción que yo, en ese momento, habría envidiado.

Cuando Vanessa abrió la puerta, me dedicó una sonrisa tranquila.

—Vera, pasa.

Entré despacio, dejé el bolso junto al sillón y me senté en el mismo sitio de la vez anterior. Ya empezaba a reconocer el olor de la consulta: madera, té suave y una vela que nunca llegaba a resultar empalagosa.

Vanessa no tenía esa manera de mirar que hacía sentir examinada. Maya me la había recomendado con una frase muy suya: “Es buena. No te va a desatascar la vida, porque no es una fontanera emocional, pero te va a ayudar a que no te ahogues en ella”.

Y, por una vez, había tenido razón.

—¿Cómo ha ido la semana? —me preguntó Vanessa.

Me froté las manos, aunque no tenía frío.

—Regular.

—Regular puede significar muchas cosas.

—En mi caso significa que he hecho vida normal.

Vanessa asintió, sin premiarme ni compadecerme.

—Eso suena a bastante esfuerzo.

Solté una risa breve, sin ganas.

—Qué triste que eso cuente como avance.

—Cuenta porque ahora mismo te cuesta.

Me quedé mirando la alfombra. Tenía dibujos geométricos en tonos suaves, de esos que parecían elegidos para no molestar a nadie.

—Me siento engañada —admití—. Y no solo por él. También por mí. Por haber creído. Por haberme sentido bien. Por haber pensado que aquella casa, aquella vida allí, toda esa especie de paréntesis en la Toscana, podía significar algo real.

—¿Y ahora qué significa?

Tardé un poco en contestar.

—Una broma cruel.

Vanessa inclinó apenas la cabeza.

—¿Te duele que todo fuera falso?

Abrí la boca, pero no salió nada rápido. Eso me fastidió más que si hubiera tenido una respuesta clara.

—Mucho. Y eso es lo que peor llevo. Porque hay partes que no sé dónde poner. Momentos que parecían sinceros. Gestos. Conversaciones. La manera en que me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta. Y resulta que todo estaba calculado, medido…

Me detuve antes de seguir. Había palabras que todavía me arañaban al pronunciarlas.

—Y ahora Maya ha sacado todas las cosas del maldito ese de mi piso nuevo —añadí—. El que se supone que es mío. Mi reinicio, mi independencia, mi lugar seguro… toda esa teoría preciosa que queda muy bien hasta que metes una llave en la cerradura y te das cuenta de que no puedes entrar.

Vanessa no interrumpió.

—Fui ayer —seguí—. Ni siquiera pude quedarme un rato.

Solo pensé en las cajas, en los muebles, en las cosas que elegí mientras todavía creía que podía empezar otra vez.

Y luego pensé en Lorenzo allí. No físicamente, claro.

Pero lo veía en todas partes. En el sofá que había imaginado comprando con calma, en la cocina, en el dormitorio.

En la luz. Me dio rabia, porque ni siquiera había vivido allí con él.

No tiene sentido que ocupe un sitio en el que casi no estuvo.

—El dolor no siempre respeta la lógica.

—Ya. Podría ser un poco más educado.

Vanessa sonrió un instante.

—¿Y dónde estás viviendo ahora?

—Con Maya. Me ha dicho que me quede el tiempo que quiera. Que su casa tiene cama, vino y una cantidad preocupante de velas aromáticas. Según ella, eso cubre las necesidades básicas de una mujer rota.

—¿Y cómo te sientes allí?

—A salvo. Culpable, pero a salvo.

—¿Culpable por necesitar ayuda?

—Por dar trabajo. Por no poder con mi vida a estas alturas.

Vanessa dejó pasar unos segundos antes de hablar.

—Vera, atravesar una traición no es una falta de carácter. Es una herida. Y las heridas no se curan antes porque una se enfade con ellas.

Me llevé una mano al pelo y aparté un mechón de la cara.

—Estoy cansada de estar herida.

—Lo entiendo.

—Y estoy cansada de que todos me digan que tengo que darme tiempo. El tiempo es muy pesado cuando una lo único que quiere es que pasen las cosas de una vez.

Vanessa apuntó algo en su cuaderno.

—Esta semana no te voy a pedir que te quedes en el piso. Solo que te acerques a la idea de volver a tener un espacio propio sin exigirte ocuparlo ya. ¿Te parece posible?

—Posible sí. Agradable, no.

—No buscamos agradable. De momento, buscamos posible.

Salí de la consulta casi una hora después con la sensación de haber removido tierra húmeda dentro de mí. No me sentía mejor exactamente, pero algunas cosas tenían nombre, y eso al menos las hacía menos monstruosas.

Me ajusté el abrigo al cruzar la calle. La lluvia había parado, aunque el suelo seguía brillante y los coches levantaban pequeñas salpicaduras al pasar. Caminé unos metros pensando en llamar a Maya, hasta que una voz conocida me detuvo.

—Vera.

Me quedé quieta.

Dante estaba junto a la esquina, con su camisa azul marino, el pelo algo revuelto por la humedad y esa seriedad suya que siempre parecía luchar contra algo más cálido. Hacía días que no le veía. Muchos. Los suficientes para que su presencia me pillara sin defensas.

—¿Cómo me has encontrado? —le pregunté.

Él levantó una ceja.

—Un pajarito.

Le miré con sospecha inmediata.

—Ya. Un pajarito llamado Maya.

—Exacto. La abeja Maya, pero en versión pajarito.

A mi pesar, se me escapó una risa pequeña. Fue mínima, casi oxidada, pero existió.

—La voy a matar.

—Dijo que lo asumiría. También dijo que, si te enfadabas mucho, te recordara que ella mide poco pero tiene una mala leche muy bien distribuida.

Eso ya sonaba tanto a Maya que no pude discutirlo.

Dante dio un paso hacia mí, sin invadir demasiado.

—Hace días que no te veo.

—He estado ocupada.

—Esquivándome.

—Eso también ocupa.

No sonrió, pero la dureza de su expresión cedió un poco.

—No vengo a pedirte nada. Solo quería verte. Saber cómo estabas.

Bajé la vista a la acera mojada.

—Estoy… funcionando.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo sin ponerme a llorar en mitad de la calle, y prefiero evitar el espectáculo.

Dante respiró despacio. No hizo el gesto de tocarme, y se lo agradecí.

—¿Quieres tomar algo? Un café, una copa, una cena rápida. Lo que puedas soportar.

La invitación quedó entre nosotros sin dramatismo, y precisamente por eso me costó más rechazarla.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

—Hoy no puedo querer nada.

Su mirada se suavizó. No con pena. Con paciencia. Y eso me desarmó un poco.

—Está bien.

—Dante…

—No voy a insistir.

Me sorprendió. Tal vez porque una parte de mí esperaba tener que defender cada centímetro.

—Gracias.

—Pero sí voy a decirte una cosa. No tienes que desaparecer para que nadie te reclame explicaciones. Si necesitas espacio, lo respeto. Si necesitas enfadarte, también. Pero no creas que tienes que estar perfecta para dejarte ver.

Apreté la correa del bolso entre los dedos.

—Ahora mismo estoy bastante lejos de perfecta.

—Ya lo sé.

—Qué considerado.

—Quería decir que no me importa.

Aquello me tocó en un sitio delicado. Por eso hice lo único que podía hacer: salir huyendo con educación.

—Me voy a casa.

—¿A casa de Maya?

—A mi centro de acogida para mujeres con tendencia a elegir hombres desastrosos.

Dante abrió la puerta a una sonrisa breve.

—Dile que gracias por el dato.

—No pienso darle ese gusto.

Me despedí con un movimiento de la mano y me alejé antes de arrepentirme.

No miré atrás. No porque no quisiera, sino porque sabía que si lo hacía tal vez regresaría sobre mis pasos, y aún no estaba preparada para sentarme frente a Dante y dejar que me mirara con esa mezcla de cuidado y ganas de quedarse.

Cuando llegué al piso de Maya, ella estaba en el salón con el portátil sobre las piernas y unas gafas enormes que le daban aspecto de secretaria judicial harta del mundo.

—¿Qué tal Vanessa? —preguntó.

—Bien.

—Ese “bien” tiene pinta de traer apéndices.

—Vanessa dice que no tengo que quedarme todavía en el piso.

—Vanessa sabe que te gustan mis mimos.

Fui directa a la cocina, abrí la nevera y saqué dos huevos. Maya apareció detrás de mí al segundo, olfateando el desastre ajeno con precisión de sabuesa.

—¿Qué haces?

—Cena.

Miró los huevos. Luego me miró a mí.

—Perdona. ¿Tú has rechazado cenar con Dante para hacerte una triste tortilla francesa?

Me quedé con un huevo en la mano.

—¿Cómo sabes que me ha invitado?

Maya se llevó una mano al pecho con teatralidad.

—Porque el pajarito también recibe informes.

—Eres insoportable.

—Soy eficaz. Hay diferencia.

Casqué el huevo contra el borde del bol con más fuerza de la necesaria.

—No estaba para cenar con él.

—Claro. Mucho mejor este planazo: tortilla francesa, pijama triste y cara de viuda.

—Maya.

—Vale, vale. Me callo. Pero solo porque estás batiendo huevos y no quiero morir por salpicadura.

Removí la mezcla con un tenedor mientras ella se sentaba en una silla.

—No sé qué hacer con Dante —confesé.

—Pues de momento no hagas nada. Pero tampoco le cierres la puerta con siete pestillos, una alarma y un cartel de “propiedad emocional en ruinas”.

La miré de reojo.

—¿Ese cartel lo venden hecho o lo encargaste para mí?

—Lo tengo en la cesta online. Esperaba tu aprobación.

Vertí el huevo en la sartén. El sonido suave al tocar el aceite caliente llenó la cocina durante unos segundos. Maya no volvió a bromear enseguida, y esa pausa suya fue más amable que cualquier frase solemne.

—Estoy hecha polvo —murmuré.

—Lo sé.

—Y me da miedo que alguien bueno se acerque justo ahora.

Maya se levantó, vino hasta mí y me apretó el brazo con cariño.

—Entonces deja que se acerque despacio. No tienes que abrirle la puerta de golpe. Con dejar una rendija basta.

La tortilla se dobló mal, quedó pálida por un lado y demasiado tostada por el otro. La puse en un plato y la observé con resignación.

—Esto es una metáfora de mi vida.

Maya ladeó la cabeza.

—No exageres. Tu vida tiene más sal. Esa tortilla, desde luego, no.

Y por primera vez en días, me reí sin tener que forzarme.

Maya tenía una teoría muy firme sobre las desgracias sentimentales.

Según ella, el ser humano no podía procesar un trauma amoroso correctamente sin tres elementos fundamentales: mantita, azúcar industrial y una película en la que alguien se besara bajo la lluvia después de dos horas de sufrimiento para nada.

—Es ciencia —declaró mientras aparecía en el salón con un bol gigantesco de palomitas—. Lo leí en un artículo.

—Seguro que era un artículo muy serio.

—Publicadísimo en la prestigiosa Universidad de Mis Santos Ovarios.

Sonreí por primera vez en todo el día mientras me acomodaba en el sofá.

La lluvia seguía golpeando suavemente las ventanas del piso y el salón olía a mantequilla caliente.

Apareció otra vez desde la cocina con una bolsa enorme de gominolas.

—¿Eso qué es? —pregunté.

—Medicación.

—Eso tiene colorante suficiente para matar a un caballo.

—Perfecto. Así elimina también tus ganas de pensar en hombres emocionalmente defectuosos.

Me lanzó una nube rosa y la atrapé al vuelo.

—No pienso en nadie.

—Más te vale, tontuela.

Se dejó caer a mi lado y empezó a buscar la película. Tardó aproximadamente cuarenta segundos en encontrar una comedia romántica terrible con actores exageradamente atractivos que vivían en apartamentos imposibles para sus sueldos ficticios.

—Esta tiene pinta de ser malísima.

—Precisamente. Las buenas hacen pensar. Las malas anestesian.

La película empezó entre diálogos absurdos y música estimulante. Maya comentaba prácticamente cada escena.

—Ese hombre no existe.

—Maya…

—Nadie tiene esa mandíbula y además sabe escuchar. Es fantasía pura.

Me reí bajito.

A mitad de película, la protagonista descubría que el chico del que estaba enamorada llevaba meses ocultándole algo importante. La escena estaba rodada con una intensidad que rozaba lo esperpéntico: lluvia, lágrimas perfectas y violines dramáticos.

Y aun así, algo dentro de mí cedió.

Noté primero el picor en los ojos. Luego aquella presión horrible en la garganta.

Intenté contenerlo.

Duré exactamente diez segundos.

Las lágrimas empezaron a caerme sin elegancia ninguna, silenciosas al principio, hasta que terminé tapándome la cara con ambas manos.

—Ay, Vera… —murmuró Maya, dejando el bol de palomitas sobre la mesa.

—Lo siento.

—No pidas perdón por llorar, por favor. Bastante tienes ya con existir últimamente.

Solté una risa rota entre lágrimas.

—Es que estoy mal…

—Lo sé.

—Y encima esta película es horrible.

—Eso es lo más triste de todo.

Me pasó un pañuelo.

—Mírala. La prota veinte minutos llorando y sigue teniendo el eyeliner perfecto. Eso sí que es ficción.

Me limpié la cara mientras ella seguía hablando con total solemnidad.

—Tú ahora mismo pareces una mapache de la vida. Mucho más realista.

La miré horrorizada.

—Gracias por el apoyo.

—Estoy aquí para sostenerte… y para decirte la verdad a la cara cuando haga falta.

Acabé riéndome a pesar mío. Maya aprovechó el momento inmediatamente.

—Eso. Exacto. Sigue riéndote. Que bastante drama llevamos ya encima las dos. Yo he tenido que verte comer tortilla francesa tres noches seguidas. Eso también me afecta psicológicamente.

—No sabía que estabas tan implicada en mi sufrimiento.

—Soy una heroína silenciosa.

Me acurruqué un poco más en el sofá, todavía con los ojos húmedos.

—Eres increíble, ¿lo sabes?

Maya levantó una ceja.

—Lo sé.

—No, en serio. Eres… sanadora o algo así. No sé cómo consigues que deje de doler tanto durante un rato.

Ella cogió una gominola roja antes de contestar.

—Porque distraerte es mi don espiritual.

—Estoy hablando en serio.

Su expresión cambió apenas. Muy poco. Lo suficiente.

—Y yo también. Escúchame una cosa, Vera. No estás rota para siempre. Ahora mismo estás hecha polvo, sí. Bastante hecha polvo, además. Pero eso no significa que te hayas quedado así para toda la vida.

Bajé la mirada al cuenco de palomitas.

—Hay momentos en los que siento que nunca voy a volver a estar bien del todo.

—Claro que volverás. Lo que pasa es que ahora mismo tu cerebro dramatiza más que esta actriz cuando descubre un secreto que literalmente todo el vecindario conocía ya.

La protagonista estaba llorando otra vez en pantalla.

Maya señaló el televisor.

—Mírala. Esa mujer lleva cuatro crisis nerviosas y aún le quedan cuarenta minutos de película. Tú al menos tienes dignidad.

Me reí tan fuerte que terminé doblándome hacia delante.

—Te odio.

—No. Me adoras. Soy tu soporte emocional con acceso a Netflix y azúcar.

Negué con la cabeza mientras seguía riéndome.

Y aquella risa no dolió al salir.