Capítulo 39
Los días siguientes avanzaron despacio, pesados, con esa sensación extraña de estar viviendo dentro de una vida ajena en la que todo había empezado a desmoronarse demasiado rápido.
Yo seguía en casa de Maya porque ya había entregado definitivamente las llaves de mi piso de alquiler y, aunque ella intentaba convertir aquello en una convivencia medio divertida obligándome a ver realities de parejas que eran tentadas por las noches o apareciendo con bolsas de bollos de chocolate cada vez que salía de trabajar, la realidad era que me sentía suspendida en ninguna parte.
No tenía casa. No tenía respuestas. Y, lo que era todavía peor, tenía la certeza de que no conocí nunca al hombre del que me había enamorado.
Dante se había convertido, casi sin darme cuenta, en una presencia constante durante aquella semana.
No aparecía de forma intrusiva ni pretendía ocupar espacios que no le correspondían; simplemente estaba.
A veces llegaba por la tarde con documentación, otras llamaba para preguntar cómo iba todo y, en ocasiones, se quedaba cenando con nosotras mientras Maya aprovechaba cualquier excusa para meterle pullas sobre lo insoportable que debía de ser tener un notario dentro de casa revisando hasta las etiquetas del vino.
Aquella noche llovía muchísimo otra vez.
San Sebastián parecía atrapada en un temporal interminable y el sonido del agua golpeando las ventanas acompañaba el silencio concentrado de Dante frente al portátil.
Yo estaba sentada en el sofá con una manta sobre las piernas y un libro abierto que llevaba veinte minutos sin leer realmente cuando él levantó la vista de la pantalla y pronunció mi nombre con una seriedad que me hizo incorporarme al instante.
—Vera.
Noté el tono antes incluso de entender las palabras.
—¿Qué pasa?
Dante cerró el ordenador despacio y tardó un par de segundos en responder, quizás porque estaba buscando la forma menos brutal de soltarlo.
—Creo que ya sabemos quién es realmente Lorenzo.
Maya dejó inmediatamente el móvil sobre la mesa.
—No me gusta nada cómo ha sonado eso.
Dante respiró hondo.
—El compañero italiano del que os hablé ha conseguido acceso a parte de las actuaciones judiciales relacionadas con la villa y con otro procedimiento anterior.
Lorenzo no solo ocupó aquella propiedad.
Antes estuvo en otra vivienda, también ocupada, perteneciente a un hombre mayor que intentó recuperarla personalmente cuando descubrió lo que estaba pasando.
El estómago se me cerró por completo.
—¿Y?
Dante me sostuvo la mirada.
—Hubo una agresión.
La palabra cayó entre nosotros con un peso insoportable.
—¿Qué tipo de agresión? —preguntó Maya bajando mucho la voz.
—Física. Bastante seria. El propietario acabó en el hospital con varias lesiones y Lorenzo desapareció antes de que le echaran el guante.
No llegó a ingresar en prisión porque el procedimiento seguía abierto, pero acabo de toparme con una requisitoria de localización para comparecencia pendiente en Italia.
Me quedé inmóvil.
Completamente inmóvil.
Porque de pronto ya no estaba pensando en el contrato de mi casa ni en los muebles que habíamos montado juntos ni siquiera en las mentiras sentimentales. Lo único que podía ver era a Lorenzo golpeando a alguien.
A Lorenzo perdiendo el control.
A Lorenzo convertido en un desconocido total.
Maya fue la primera en reaccionar.
—Ese tío está loco.
Dante negó con calma.
—No creo que sea una cuestión de locura. Creo que es un delincuente profesional que no pierde ocasión de salirse con la suya. Ni siquiera es de esa zona de la Toscana en la que le conocisteis, sino que ha ido moviéndose de un sitio para otro a fin de evitar que le atraparan.
Yo seguía mirando al vacío.
—Esto cada vez se vuelve más turbio.
La frase me salió tan baja que casi ni me escuché a mí misma.
Dante suavizó ligeramente el gesto.
—Entiendo que te cueste asumirlo.
—No, es que… —me llevé una mano a la frente intentando ordenar pensamientos que se atropellaban unos a otros—. Yo dormía con él. Vivía con él. Lo veía cocinar, pintar, reírse…
Noté la voz quebrándoseme a mitad de frase.
—Y ahora me estás diciendo que también puede haber mandado a alguien mayor al hospital a golpes.
El silencio que siguió esta vez no tuvo nada de cinematográfico ni solemne. Fue simplemente el de tres personas agotadas sentadas en un salón demasiado pequeño para una verdad tan enorme.
Maya terminó levantándose la primera.
—¿Y ahora qué?
Dante se inclinó un poco hacia delante.
—Ahora ya no estamos hablando solo de un problema civil relacionado con la vivienda. Con esta información, lo correcto es comunicar su localización. La policía decidirá cómo actuar, ya no tiene sentido que hablemos con él. Debemos dejar que las autoridades se encarguen.
Yo levanté la vista despacio.
—¿Eso significa que van a detenerlo?
—No puedo asegurarlo hasta que comprueben exactamente el alcance de la requisitoria italiana. Pero sí creo que la situación cambia bastante.
Maya soltó aire.
—Pues llamemos ya.
Noté un pinchazo extraño en el pecho.
Porque una parte de mí llevaba días deseando que todo aquello terminara.
Pero otra seguía recordando sus manos alrededor de mi cintura en la Toscana, las noches en la piscina, la música italiana sonando en el jardín, las veces que me miró de una forma que parecía imposible fingir.
Dante debió de notar algo en mi cara porque habló con mucha suavidad.
—Vera, no tienes que demostrar fortaleza todo el tiempo. Si necesitas no estar presente…
—No —lo interrumpí enseguida—. Quiero estar presente en esto.
Maya me miró preocupada.
—¿Estás segura?
Asentí.
Y por primera vez desde que empezó todo aquello, sí lo estaba.
La policía tardó poco más de cuarenta minutos en llegar a la zona. Nos pidieron toda la información que teníamos, Dante explicó la situación con una claridad impecable y yo tuve que enseñar el contrato de alquiler con unas manos que todavía me temblaban de rabia y humillación.
Después nos pidieron que esperáramos fuera del edificio.
Aquello fue horrible.
Porque conocía perfectamente aquel portal. Había entrado allí ilusionada decenas de veces durante las semanas anteriores, imaginando una vida que ahora me parecía escrita para otra persona.
La lluvia seguía cayendo sobre San Sebastián cuando dos agentes subieron finalmente hacia la vivienda.
Nadie hablaba.
Maya fumaba nerviosa pese a que llevaba meses diciendo que iba a dejarlo.
Dante permanecía a mi lado con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, pendiente de mí más que de otra cosa.
Y yo solo miraba hacia arriba.
Hacia las ventanas iluminadas de la casa que con tanta ilusión decidí compartir con él. Y que él no pretendía compartir conmigo.
Pasaron varios minutos hasta que la puerta del portal volvió a abrirse.
Y entonces lo vi.
Lorenzo bajó acompañado por los agentes con el rostro serio y las manos esposadas delante del cuerpo.
Aquello me dejó sin respiración.
No por las esposas.
Ni por la policía.
Sino porque seguía siendo él.
Seguía teniendo la misma cara de hombre capaz de besarme bajo las estrellas en Italia y hacerme creer que el mundo era un sitio precioso.
Cuando levantó la vista y me vio, se quedó quieto apenas un segundo.
Solo uno.
Pero bastó.
Porque en aquella mirada hubo algo que me destrozó muchísimo más que todas las mentiras.
Ira.
Uno de los agentes tiró de él para que siguiera caminando y Lorenzo no apartó los ojos en ningún momento de mí.
Maya murmuró un insulto entre dientes.
Dante dio un paso apenas perceptible hacia mí, quizás por si me derrumbaba.
Pero no lloré.
Ni grité.
Ni dije nada.
Me limité a observar cómo lo metían en el coche policial bajo la lluvia mientras comprendía, al fin, que el hombre del que me había enamorado no era más que una mentira.
Y aun así, perderlo dolía igual.
Porque lo asumí como una derrota.