Capítulo 38
Los días siguientes se convirtieron en una especie de niebla espesa en la que dejé de medir el tiempo con normalidad y empecé a hacerlo en función de las llamadas que no recibía, las respuestas que no llegaban y las nuevas mentiras que íbamos descubriendo sobre Lorenzo.
Porque cuanto más investigábamos, más evidente resultaba que prácticamente nada de lo que me había contado en Italia había sido verdad.
Aquella tarde estaba sentada en el salón de Maya con una manta sobre las piernas y una taza de café ya frío entre las manos mientras veía a Dante trabajar frente al portátil desde la mesa del comedor.
Nos había visitado y llevaba más de una hora revisando documentos, correos, registros y mensajes con esa paciencia metódica que parecía definirlo incluso fuera de la notaría.
Maya fingía mirar una serie, aunque era evidente que estaba mucho más pendiente de él que de la televisión; cada pocos minutos bajaba el volumen o pausaba directamente la reproducción para preguntarle algo.
Yo apenas hablaba.
Me limitaba a observar la lluvia golpeando los ventanales y a pensar en el momento exacto en que toda mi vida había empezado a irse al garete sin que me diera cuenta.
Fue Dante quien rompió el silencio al cabo de un rato. Levantó la vista del ordenador, se quitó las gafas con gesto cansado y dijo algo que me dejó helada incluso antes de terminar de procesarlo.
—La villa tampoco era suya.
Noté que el cuerpo entero se me quedaba rígido.
—¿Qué has dicho?
Dante giró ligeramente la pantalla hacia nosotras mientras Maya apagaba la televisión del todo, ya sin disimular siquiera.
—La propiedad pertenece a una familia italiana que lleva meses intentando recuperarla judicialmente.
He conseguido localizar parte del procedimiento a través de un compañero de Florencia y todo apunta a que Lorenzo la ocupó hace bastante tiempo.
Después empezó a alquilar habitaciones y estancias cortas allí.
Tardé varios segundos en reaccionar.
—No… no puede ser.
Pero sí podía.
Claro que podía.
Porque, en realidad, aquella frase tenía el mismo sabor horrible que todas las demás cosas que habíamos descubierto durante las últimas cuarenta y ocho horas.
Maya soltó un insulto por lo bajo y se levantó del sofá con el mando todavía en la mano.
—Es que esto ya es de enfermo.
Dante negó despacio mientras volvía a colocarse las gafas.
—No creo que esté enfermo. Creo que es alguien que ha aprendido cómo aprovecharse de ciertas situaciones legales y emocionales para vivir así.
—¿Aprovecharse emocionalmente? —repetí con una risa amarga que me salió sola—. Vaya forma elegante de decir que es un hijo de puta.
Dante me sostuvo la mirada unos segundos antes de continuar hablando con calma.
—Vera, necesito que intentes pensar con frialdad porque esto empieza a tener implicaciones más serias de las que parecían al principio.
Por lo que estoy viendo, no estamos solo ante alguien que pretende quedarse en tu vivienda aprovechando un contrato de alquiler.
Si realmente ha ido ocupando propiedades y utilizándolas después para sacar dinero o para instalarse en otras casas mediante engaños, podríamos estar hablando de algo bastante más complejo.
Sentí un escalofrío desagradable recorriéndome la espalda.
—¿Qué quieres decir?
Él cerró el portátil durante unos segundos, quizás buscando la manera más sencilla de explicarlo.
—Quiero decir que el contrato que firmaste existe y que, por desgracia, ahora mismo sigue proporcionándole protección jurídica como inquilino.
Eso no cambia. Pero si conseguimos demostrar que desde el principio hubo una estrategia fraudulenta detrás de todo esto, que el contrato era solo el instrumento para apropiarse de la vivienda o dificultar su recuperación posterior, la situación cambia muchísimo.
Maya se acercó enseguida.
—O sea, que sí se le puede meter mano de verdad.
—Sí —respondió Dante con serenidad—, aunque hay que hacerlo bien y sin precipitarse. Y hay otra cuestión importante.
Yo lo miré sin respirar casi.
—¿Cuál?
—Parece que tampoco compareció en alguna de las citaciones judiciales relacionadas con la villa italiana. Todavía no tengo toda la documentación, pero podría haber incidencias abiertas allí. Incluso algún requerimiento pendiente.
Fruncí el ceño.
—¿Eso significa que lo buscan?
—No exactamente. Al menos todavía no puedo afirmarlo así. En temas civiles no funciona igual que en una causa penal. Pero si ignoró resoluciones judiciales o incumplió determinadas obligaciones, sí podría tener problemas importantes allí. Y eso nos da margen para presionarlo.
Maya apoyó las manos en la mesa.
—¿Presionarlo? Esto suena casi orgásmico.
Dante la miró con paciencia infinita.
Aquello me arrancó una sonrisa cansada pese a todo.
Dante incluso soltó aire por la nariz con una sombra de humor antes de volver a ponerse serio.
—Lo que quiero decir es que, si Lorenzo entiende que conocemos la situación de Italia, que estamos recopilando pruebas y que podemos coordinar acciones aquí y allí, quizás prefiera marcharse voluntariamente antes de exponerse más.
Este tipo de perfiles suelen funcionar bien mientras creen tener el control.
Cuando sienten que todo empieza a cerrarse alrededor, muchas veces desaparecen.
Vosotras también lo sabéis por vuestros respectivos trabajos.
Me quedé mirando la taza entre mis manos.
Y fue entonces cuando comprendí de golpe algo que me revolvió el estómago.
—Mi casa era el siguiente paso.
Dante asintió despacio.
—Eso parece.
La frase me hizo recordar demasiadas cosas de pronto: las prisas por instalarse, la insistencia con el contrato, el supuesto trabajo de profesor que jamás empezó, el empadronamiento, las conversaciones sobre el piso nuevo…
Incluso aquella falsa modestia con la que repetía que no quería costarme dinero.
Era deleznable.
—Dios mío… —murmuré llevándome una mano a la frente—. Mientras yo pensaba que estaba enamorado…
Maya vino enseguida a sentarse a mi lado y me rodeó los hombros.
—Cariño, este tío te estudió desde el principio.
Noté que los ojos empezaban a arderme otra vez.
—Nada fue real desde el primer día, absolutamente nada —me lamenté.
Dante terminó acercándose despacio y se sentó frente a mí, apoyando los antebrazos sobre las rodillas con una cercanía tranquila que contrastaba muchísimo con el caos que tenía dentro.
—Entiendo que ahora mismo eso te destroce. Pero hay algo que sí tengo claro: lo que hizo contigo es su culpa, no la tuya.
Me reí sin humor.
—He sido la persona más ingenua de España.
—No. Has sido una mujer noble que cayó en manos de un manipulador profesional.
Bajé la vista porque, por alguna razón, mis mejillas tomaron más color de la cuenta.
Dante continuó hablando con voz pausada.
—Voy a intentar confirmar durante los próximos días toda la información que me llega de Italia y, si encaja lo que sospecho, creo que deberíamos ir a hablar con él antes de nada.
Levanté la cabeza enseguida.
—¿Hablar con él?
—Sí. Y dejarle muy claro que sabemos quién es, cómo operó en Italia y lo que puede pasar si continúa utilizando tu vivienda de esta manera.
Maya abrió muchísimo los ojos.
—¿En plan ultimátum? Dios mío, Dante, vas a lograr que me corra…
—Maya qué loquita eres —murmuré.
—Un poco de sexo nunca viene mal, Verita.
Yo respiré hondo porque apenas la estaba oyendo.
Y después de unos segundos, dije algo que me salió desde una parte mucho más rota y furiosa de lo que imaginaba.
—Quiero ir. Si vas a hablar con él, iré contigo.
Dante frunció ligeramente el ceño.
—No sé si es buena idea.
—Me da igual. Quiero mirarlo a la cara cuando sepa que ya conocemos toda la verdad.
Maya señaló inmediatamente hacia mí.
—Yo también voy.
Dante nos observó a las dos durante unos segundos antes de negar con resignación.
—Esto empieza a parecerse bastante a una amenaza. Ok, no os contradigo.
—Sí —murmuró Maya mientras volvía a encender la televisión sin mirar realmente la pantalla—, pero no te prometo que me contenga de estrangularlo.