Capítulo 37
Cogí la calle con la sensación de llevar la misma ropa desde hacía tres días.
No era verdad, claro. Maya me había obligado a ponerme mona y a peinarme aquella mañana porque según ella “una no se hunde si va como un pincel”. Pero yo seguía sintiéndome igual de rota que la noche anterior. Igual de fuera de mi propio cuerpo.
Dante me esperaba en un restaurante tranquilo, no demasiado lejos de mi trabajo. Uno de esos sitios con manteles claros, luz suave y mesas lo bastante separadas para hablar sin que media ciudad se enterara de que tu vida acababa de convertirse en un expediente judicial con vistas al mar.
Se levantó en cuanto me vio entrar.
Y no hizo nada raro.
Ni se lanzó a abrazarme.
Ni puso gesto teatral.
Solo se acercó, me dio dos besos y me apartó la silla.
—Gracias por venir.
Me senté con una mezcla de vergüenza y cansancio.
—Gracias a ti por preocuparte.
Dante me observó un segundo, sin presionarme.
—Alexis está muy alterado.
—Alexis está amenazando con cometer delitos internacionales.
—Me lo imaginaba.
Intenté sonreír, pero no me salió bien.
El camarero vino a tomar nota y Dante pidió algo sencillo para compartir, sin hacerme elegir demasiado. Le agradecí ese gesto en silencio, porque mi cabeza no estaba para decantarme entre merluza o ensalada.
Cuando nos quedamos solos otra vez, me obligué a mirarle.
—Dante, antes de hablar de Lorenzo… quería pedirte perdón.
Él frunció un poco el ceño.
—¿Por qué?
—Por lo que pasó. Por lo del coche. Por salir corriendo detrás de él. Por dejarte allí sin explicación.
Él bajó la vista hacia la copa de agua y sonrió apenas.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—Vera, no soy de cristal.
—Ya, pero fui bastante… no sé.
—Humana —completó él—. Fuiste humana.
Dante apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Me gustas. No voy a fingir que no. Pero también entiendo que tu historia con Lorenzo se había quedado a medias. Apareció allí, de golpe, después de semanas, y tú… necesitabas saber qué pasaba.
Tragué saliva.
—Me siento estúpida.
—No lo eres.
—Le elegí a él delante de ti.
—No estabas eligiendo entre dos camisas, Vera. Estabas intentando vivir tu propia historia con él.
La forma en que lo dijo me descolocó.
No había reproche.
Ni orgullo herido.
Ni una sola pulla.
Solo una serenidad que, en aquel momento, me pareció casi imposible.
—Además —añadió—, siempre he pensado que, cuando uno quiere a alguien, debe intentarlo. Aunque luego salga mal.
—Pues ha salido de maravilla.
—Ha salido fatal —corrigió—. Pero eso no convierte tu decisión en algo vergonzoso.
Me tapé un momento la cara con una mano.
—Es que no sé ni quién es.
Dante no respondió enseguida.
Y cuando lo hizo, cambió el tono. Seguía siendo cálido, pero ya no era solo el hombre que me había llevado al cine o a un concierto. Era el notario. El jurista. El tipo que entendía la gravedad de lo que tenía delante.
—Alexis me ha contado lo básico. Contrato de alquiler a su nombre, empadronamiento, cambio de cerradura y tú todavía viviendo oficialmente en tu piso de alquiler.
Asentí despacio.
—Sí.
—¿Consta que pagase alguna renta?
—Alguna cantidad inicial que firmé recibir, cuando no era ni cierto.
Dante apretó un poco los labios.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Que hay que mirar todo con detalle, pero te voy a decir la verdad. Ahora mismo estás cogida de pies y manos, pero eso ya lo sabes. También trabajas en un juzgado, no te estoy descubriendo América.
—Aunque el piso sea mío, lo sé —suspiré.
—Aunque sea tuyo.
Aquello me arrancó otra oleada de rabia.
—El contrato no era más que una trampa. Y yo solita me metí en la boca del lobo.
—Sí.
—Y él es un farsante.
—Sí.
—Y aun así tiene más derecho a estar allí que yo.
Dante inclinó un poco la cabeza.
—A día de hoy, tiene una posición jurídica fuerte porque tú le diste un contrato. Ese contrato existe, lleva tu firma y le permite aparentar una posesión legítima. También lo sabes.
Me reí con amargura.
—Qué bien. Fabuloso. Encima fui eficiente.
—Fuiste confiada.
—Fui idiota.
—No.
La firmeza de su voz me hizo levantar la mirada.
—No vuelvas a llamarte eso delante de mí.
Me quedé mirándolo.
—Dante…
—Te enamoraste de alguien que preparó una emboscada emocional a conciencia. Eso no es idiotez. Es una estafa a todos los niveles.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
Respiré despacio para no derrumbarme allí mismo, delante del primer plato.
—¿Y qué puedo hacer?
Dante entrelazó las manos sobre la mesa.
—La vía más clara, en cuanto deje de pagar, será desahucio por impago.
No tienes que esperar tres meses ni seis.
En cuanto venza la renta y no pague, se puede reclamar, seguro que lo recuerdas.
Otra cosa es que, por estrategia, convenga requerirle antes de forma fehaciente, por burofax, para dejar constancia y limitarle maniobras. Seguro que lo has visto muchas veces.
—¿Y si paga?
—Entonces será más complicado. Habría que estudiar si cabe atacar el contrato por vicio en el consentimiento, dolo, simulación o fraude. Pero eso exige prueba. Y ahora mismo él se ha cuidado mucho de borrar conversaciones.
—Telegram.
—Exacto.
—Lo borró todo.
—Habrá que ver si se puede recuperar algo, buscar copias, capturas, mensajes con terceros, movimientos bancarios, vuelos, supuesta academia, la historia de Elia… todo.
Me limpié una lágrima antes de que cayera.
—Maya dice que ni siquiera sabe si el trabajo existe.
—Lo comprobaremos.
—¿Tú?
Dante me sostuvo la mirada.
—Si me dejas ayudarte, sí.
—No tienes por qué meterte en esto.
—Ya estoy dentro.
—Dante…
—Vera, tengo contactos. No hablo de hacer nada raro, sino de ir más rápido, mejor y con menos errores. Yo mismo te conseguiré un abogado especializado en arrendamientos, procurador ágil, burofax bien planteado, demanda preparada en cuanto haya base. Y si hay indicios penales, se estudian también.
La palabra “demanda” me dio una calma rara.
No porque solucionara nada.
Sino porque sería mi forma de venganza.
—Pero nos llevará bastante…
Dante hizo un gesto serio.
—No te voy a mentir. Puede tardar meses. En algunos juzgados, años, qué te voy a contar. Si se opone, si pide justicia gratuita, si intenta ganar tiempo… será desagradable.
—Que me he quedado sin casa, vaya.
—Solo de momento.
La sinceridad dolió.
Pero la agradecí.
—Aunque haremos todo para acortarlo —añadió—. Y para que no dé un paso sin que quede documentado.
Removí el plato sin mucho apetito hasta que Dante, con una naturalidad casi entusiasta, me señaló el tenedor.
—Come un poco.
—No me des órdenes.
—No es una orden. Es una recomendación.
Aquello me arrancó una risa pequeña.
La primera del día.
Dante sonrió apenas.
—Bien. Sigues viva.
—A ratos.
—Pues iremos rato a rato.
Le miré con los ojos todavía húmedos.
—No sé por qué estás siendo tan bueno conmigo.
Él dejó los cubiertos despacio.
—Porque quiero.
—Aunque te di calabazas.
—Eso no convierte a nadie en enemigo.
—Maya dice que eres un príncipe azul con oposiciones de las jodidas aprobadas.
Dante soltó una carcajada baja.
—Dile a Maya que no vuelva a decir eso jamás. Tengo una reputación.
—Demasiado tarde.
La comida fue cambiando de tono poco a poco.
Seguía siendo una conversación dura, pero ya no me sentía hundida en mitad de ella.
Dante me hizo preguntas concretas. Fechas.
Pagos. Mensajes. Qué sabía del supuesto trabajo.
Qué datos tenía de la villa. Qué recordaba de Elia.
Me pidió que no borrara nada, que hiciera copia de todo, que anotara una cronología esa misma tarde.
—Y tendremos que seguir viéndonos —dijo al final, mientras pedía café—. Para hablar de esto, claro.
Lo miré con una ceja levantada.
—Claro.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de “este notario está aprovechando el desahucio para invitarme a salir”.
—¿Y no?
Dante sonrió.
—Un poco sí. Pero con base jurídica.
Esta vez me reí de verdad.
No mucho.
No con ligereza completa.
Pero algo en mí se movió hacia un lugar menos oscuro.
Cuando salimos del restaurante, San Sebastián estaba gris, húmeda y preciosa. Dante caminó conmigo unos metros sin tocarme, sin invadir ningún espacio.
Antes de despedirse, me miró con esa calma suya que empezaba a parecerme un refugio.
—Vamos a sacarlo de tu casa, Vera.
Tragué saliva.
—¿Me lo prometes?
—Te prometo que voy a hacer todo lo que esté en mi mano.
Y en aquel momento, después de tanto engaño, aquella promesa sobria me pareció muchísimo más valiosa que cualquier declaración de amor.