Lo que casi destruimos Capítulo 36
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Capítulo 36

Aquella noche dormí en casa de Maya.

O, al menos, eso intenté.

Porque dormir implicaba dejar de pensar durante unas horas, y mi cabeza parecía incapaz de apagar nada desde que Lorenzo me había cerrado aquella puerta en la cara.

La habitación de invitados olía a suavizante y a las velas de vainilla que Maya encendía siempre por toda la casa. Ella me había dejado un vaso de tila sobre la mesilla antes de obligarme a meterme en la cama.

Pero yo seguía sentada contra el cabecero, abrazándome las rodillas y mirando el móvil una y otra vez.

Culpándome.

Por ingenua.

Por meterlo en mi casa nueva y hacerle un contrato.

Y eso era lo que más me destruía.

Que se hubiera esfumado de mi vida igual que borró Telegram. De un plumazo. Dejándome la certeza absoluta de que era un sinvergüenza y un estafador de libro.

Maya apareció sobre las dos de la madrugada con gesto de no poder planchar la oreja.

—¿Sigues despierta?

Me limité a asentir.

Se sentó conmigo en la cama.

—Tienes los ojos fatal, cariño.

—Gracias. Súper motivador.

—No seas boba. Es que ese crápula no se merece que derrames ni una sola lágrima por él.

—No lloro por él, lloro por mí. Por idiota que soy.

—¿Puedes dejar ya de darte latigazos? En tu defensa diré que se comportó desde el principio como alguien que desea una relación seria y, por tanto, contaba con el título oficial de tu novio. Por Dios bendito, si solo os faltaba la bendición del Papa.

—No digas sandeces, anda…

Intenté sonreír, pero aquello se quedó en algo triste y torcido.

Maya me observó unos segundos antes de suspirar.

—Escúchame una cosa. Mañana mismo llamamos a algún compañero que lleve temas de desahucios, en los que yo estoy pegada, y que nos hable de posibilidades. Porque si algo está claro es que el muy desgraciado ha hecho todo esto para convertirse en inquiokupa, ese no te va a pagar ni un euro.

Me pasé una mano por la cara.

—No tengo ni casa ya, Maya.

Aquello me salió tan roto que hasta a mí me dolió escucharlo.

—Debo entregar el piso de alquiler esta semana. Ya había avisado al dueño. Y la mitad de mi ropa está ya en mi casa nueva, en manos de Lorenzo.

Ni siquiera podía llamarla ya “mi casa”.

Porque en cuanto lo hacía, me venía la imagen de Lorenzo abriendo la puerta con aquella cara fría.

Maya apretó la mandíbula.

—No voy a dejar que te quedes en la calle.

—Ya, pero no quiero ser una carga para ti.

—Pues haberlo pensado antes de enamorarte de un psicópata italiano que está buenísimo. Piensa que, al menos, esa alegría te la has llevado para tu cuerpo serrano, boba.

La risa me salió mezclada con lágrimas otra vez.

—No entiendo cómo alguien puede fingir tanto tiempo.

Maya me acarició el brazo.

—Porque hay gente que no merece recibir ni los buenos días, cariño, por eso.

No tienes que flagelarte más. Tú no has hecho nada malo.

Tu único fallo, si es que se le puede llamar así, ha sido caer en manos de un cabronazo.

Y yo, que presumo de ver la hierba crecer, también me tragué que era una especie de príncipe azul bohemio que venía a rescatar emocionalmente a mi amiga y, de paso, a darle lo suyo en la cama, que esa parte ya no tienes que devolverla.

—¿Quieres dejar ya de decir bobadas?

—Claro, y entonces me toca serial lacrimógeno contigo. De eso nada, monada. Y ahora vamos a tratar de dormir un poco, que todo esto es una gran putada, pero esta noche no se ha muerto nadie.

—Pues también tienes razón. Podría ser peor —suspiré.

—Siempre puede serlo, ya lo cantan así los de La Casa Azul.

A la mañana siguiente fui a ver a Alexis antes de entrar a trabajar. Quería asegurarme de que estaba bien y de que se levantaba a tiempo para ir al hospital. Y, supongo que en el fondo, necesitaba verle.

Mi hermano abrió la puerta todavía medio dormido y, en cuanto me vio la cara, se despejó de golpe.

—¿Qué ha pasado?

Y entonces tuve que contarlo otra vez.

Todo.

La puerta.

El contrato.

La policía.

Telegram vacío.

Elia.

Cada palabra me revolvía el estómago un poco más.

Alexis escuchó sin interrumpirme apenas. Solo empezó a caminar por el salón poco a poco, llevándose una mano a la nuca.

Y cuanto más avanzaba la historia, peor cara tenía.

—Ese hijo de puta…

Me limpié las lágrimas rápido.

—Alexis…

—No, no, no. Que no me hables ahora mismo porque me dan ganas de convertirme en un mafioso y darle lo suyo al jodido italiano.

Aquello me arrancó una pequeña risa cansada.

Mi hermano siguió maldiciendo en voz baja mientras abría y cerraba cajones de la cocina sin ningún motivo concreto.

—Te juro que jamás lo vi venir. Jamás.

—Yo tampoco. Ni nadie.

Alexis se dejó caer frente a mí.

—¿Y qué vas a hacer ahora?

Negué despacio.

—No lo sé.

Y era verdad.

No tenía ni idea de nada.

Ni de dónde iba a vivir.

Ni de quién demonios era Lorenzo.

Ni de cuánto tiempo iba a tardar en dejar de sentirme completamente humillada.

Aquella noche, ya en casa de Maya de nuevo, el móvil volvió a sonar cuando menos lo esperaba.

Dante.

Me quedé mirando la pantalla unos segundos.

Maya levantó la vista desde el sofá.

—¿Quién es?

—Dante.

—Cógelo.

Deslicé el dedo todavía dudando.

—Hola.

La voz de Dante sonó tranquila al otro lado.

—Hola, Vera.

Solo escucharlo hablar así, con normalidad, ya me dio ganas de echarme a llorar otra vez.

—Alexis me ha contado lo que ha pasado.

Cerré los ojos un segundo.

—Ya…

—¿Cómo estás?

La pregunta era tan sencilla que me dejó muda.

—Fatal —admití al final.

Dante guardó unos segundos de silencio antes de responder.

—Me lo imagino.

Maya seguía observándome desde el sofá sin disimular ni un poco.

—Escucha —continuó él—. ¿Te parece si mañana almorzamos juntos? Sales de trabajar y quedamos donde tú quieras.

Parpadeé, sorprendida.

—No hace falta, Dante…

—Sí hace falta.

Su tono fue suave, pero firme.

—No quiero que pases esto sola.

Me quedé callada.

Porque aquello era justo lo contrario de lo que esperaba.

Después de rechazarlo.

Después de bajarme de su coche para correr hacia Lorenzo.

Después de todo.

Y aun así ahí estaba.

Preocupado por mí.

—Gracias… —murmuré.

—Entonces mañana te escribo y concretamos.

Cuando colgué, Maya seguía mirándome con la boca medio abierta.

—Vale. Perdona. Pero este hombre sí es más rollo príncipe azul de los que tú buscas. Y con oposiciones de las jodidas más que aprobadas.

Solté una risa pequeña.

—Maya…

—No, no. Hablemos en serio. Tú lo mandas a la mierda emocionalmente por un italiano bohemio salido de no sabemos dónde y aun así aparece ahora preocupado por ti. ¿Rompieron el molde con él?

Me dejé caer hacia atrás en el sofá.

Agotada.

Triste.

Y aun así… un poco reconfortada por primera vez en días.

—Es demasiado caballeroso para existir. Quién lo hubiera dicho.

—Y demasiado perfecto para mi gusto —replicó Maya—. Pero ahora mismo lo quiero bastante.

A la mañana siguiente fui a trabajar con la sensación de llevar meses sin dormir.

Todo me costaba el triple.

Vestirme.

Responder correos.

Fingir normalidad.

Cada vez que alguien sonreía o hacía un comentario cotidiano, me daban ganas de gritar.

Porque mi vida acababa de saltar por los aires y el resto del mundo seguía funcionando con absoluta tranquilidad.

Cuando por fin llegó la hora de salir, recogí mis cosas despacio.

El móvil vibró justo cuando me estaba poniendo el abrigo.

Dante.

“He reservado mesa. No me discutas y ven con hambre.”

Y debajo, otro mensaje.

“Ah. Y hoy te toca dejar que te cuiden un poco.”

Me quedé mirando la pantalla varios segundos.

Después respiré hondo, agarré el bolso y salí del edificio camino de encontrarme con él.

Ciertamente era un buen tipo.

Y yo me había comportado regular con él.

Más bien, regular tirando a mal.