Capítulo 35
Llegué a casa de Maya desolada.
Ni siquiera recuerdo bien el trayecto.
Solo fragmentos.
Las luces de los coches desdibujadas detrás de las lágrimas.
Mis manos temblando sin parar.
La sensación constante de que en cualquier momento iba a despertarme y descubrir que aquello no podía ser real.
Pero lo era.
Maya cerró la puerta del piso en cuanto entramos y se volvió hacia mí.
Yo seguía llorando.
Sin elegancia.
Sin control.
Destrozada.
—Ven aquí.
Me abrazó fuerte y entonces terminé de derrumbarme.
—No entiendo nada… —repetía una y otra vez—. No entiendo nada…
Maya me llevó hasta el sofá casi sujetándome por la cintura.
—Respira primero.
—¿Cómo puede estar pasando esto?
Ella desapareció unos segundos y volvió con agua.
Yo tenía las manos tan frías que casi no podía sostener el vaso.
Maya se sentó frente a mí.
Y habló con una calma que contrastaba muchísimo con la rabia que le veía en los ojos.
—Vera… tienes que empezar a asumir que este tío te ha engañado desde el principio.
Negué enseguida.
—No… no puede ser…
—Claro que puede ser.
—No encaja con él.
—¿Con qué él? —replicó—. ¿Con el italiano encantador que te cocinaba pasta y te decía amore mientras se metía legalmente en tu casa?
Me tapé la cara con ambas manos.
Porque escucharlo así era horrible.
—No me cuadra… —murmuré—. No me cuadra con el tío que conocimos en Italia…
Maya soltó una risa llena de rabia.
—Claro que te cuadra. Ahora sí.
Levanté la vista hacia ella.
—No, Maya… es que… él no me hizo contrato en la villa. Confió en mí. Y quiso devolverme el dinero después… yo fui quien insistió en pagarle…
—Precisamente.
Fruncí el ceño entre lágrimas.
—¿Qué?
—Que sabía perfectamente que tú no ibas a consentir no pagarle. Lo hizo para quedar bien contigo. Para parecer noble. Generoso. Bohemio. Todo muy romántico.
Negué otra vez.
—Pero es que no tiene sentido…
La voz empezó a quebrárseme más todavía.
—Maya, él tiene una villa en Italia… tenía clientes… daba clases… pintaba…
—¿Y tú qué sabes realmente de eso?
Abrí la boca.
Pero no salió nada.
Porque, de pronto, me di cuenta de algo aterrador.
No sabía nada de él aparte de lo que me hubiese contado.
Nada real.
Nada comprobable.
La angustia volvió a subir tan fuerte que tuve que inclinarme hacia delante intentando respirar.
Maya me acarició el pelo despacio.
—Eh. Eh. Tranquila.
—¿Quién hace algo así…?
—Un psicópata.
—Pero… ¿para qué?
—Para quedarse con el piso. Para vivir gratis. Para lo que sea.
Me limpié las lágrimas con rapidez.
Entonces pensé en alguien.
Elia.
Cogí el móvil de golpe.
Maya me miró.
—¿Qué haces?
—Llamar a Elia. Al primo de Lorenzo.
Marqué enseguida.
Una vez.
Nada.
Otra.
Nada.
La tercera directamente saltó el buzón.
Sentí un escalofrío horrible.
—No…
Volví a llamar.
Otra vez.
Nada.
Entonces le escribí con las manos temblando.
“Si no me coges el teléfono, me planto en Italia y me cuentas quién es Lorenzo en persona.”
Pasaron apenas dos minutos.
El móvil sonó.
Y contesté tan rápido que casi se me cayó.
—¿Elia?
Silencio breve.
Después, una voz mucho más fría de la que recordaba.
—Hola, Vera.
Maya levantó la cabeza enseguida al notar mi expresión.
—¿Qué está pasando? —pregunté directamente—. ¿Quién coño es Lorenzo?
Al otro lado hubo unos segundos de silencio.
Demasiados.
Y entonces Elia soltó algo que me dejó helada.
—Yo no soy su primo, lo siento. No sé mucho de él.
Noté que Maya se incorporaba de golpe en el sofá.
—¿Qué?
—Que no soy su primo, de verdad.
La habitación empezó a darme vueltas.
—¿Qué estás diciendo?
Elia suspiró.
—Lorenzo me pagó para hacer ese papel.
Sentí que algo me atravesaba el pecho.
—No…
—Lo siento.
—No… no… eso no puede ser verdad…
—Es la verdad, lo lamento.
Maya se levantó enseguida y empezó a pasearse por el salón llevándose las manos a la cabeza.
Yo apenas podía respirar ya.
—¿Me estás diciendo que todo fue mentira?
—Yo solo hice lo que él me pidió.
—¡¿Quién coño es ese hombre?!
Elia tardó en responder.
—No lo sé.
Aquello me dejó todavía peor.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Sé muy poco de él. Nos conocimos hace un tiempo. Me ofreció dinero por ayudarlo con esa historia y acepté porque necesitaba la pasta.
Me quedé en shock.
—¿Todo lo que nos contaste…?
—Lo dijo él. Yo repetí lo que quería que dijera.
Las lágrimas volvieron a caerme sin control.
Porque entonces ya no quedaba ni un solo lugar seguro donde sostenerme.
Ni un recuerdo limpio.
Ni una conversación.
Ni una mirada.
Nada.
Todo estaba contaminado.
—¿Desde cuándo estaba planeando esto? —susurré rota.
—No lo sé.
—¿Y la villa?
—Ni idea.
—¿Y su familia?
—No sé nada real de su vida, Vera. Te lo juro.
Me doblé un poco sobre mí misma.
Maya paró de caminar y se quedó mirándome, con una palidez que asustaba.
—Lo siento muchísimo —continuó Elia—. Pero desde luego no ha jugado limpio con vosotras.
Y colgó.
Así.
Sin más.
Me quedé mirando el móvil varios segundos.
Sin moverme.
Sin pensar.
Hasta que Maya se acercó despacio.
—¿Qué ha dicho exactamente?
Levanté la vista hacia ella.
Y creo que jamás me había sentido tan humillada en toda mi vida.
—Que no es su primo.
Maya cerró los ojos.
—Dios mío…
—Que Lorenzo le pagó para fingir todo aquello.
El silencio que quedó después no fue tranquilo.
Fue espeso.
Asfixiante.
De esos que hacen ruido dentro de la cabeza.
Maya terminó sentándose otra vez a mi lado.
Y entonces dijo algo que me hizo todavía más daño.
—No sabemos quién es.
La miré llorando.
Y ella continuó con voz firme.
—Pero te juro que nos vamos a enterar.
Y entonces me derrumbé del todo.
Porque hasta ese momento seguía quedándome una parte pequeña de esperanza absurda.
Una parte ridícula que esperaba una explicación.
Una locura.
Un malentendido.
Algo.
Pero ya no quedaba nada.
Solo la certeza horrible de que el hombre del que me había enamorado probablemente ni siquiera existía.
Maya me abrazó fuerte mientras yo lloraba sin parar contra su hombro.
Y entre lágrimas empecé a recordar cosas.
La piscina en la Toscana.
Las noches bailando.
Las videollamadas mientras montaba muebles.
Las fotos.
Las bromas.
La forma en que me miraba.
Todo.
Todo convertido ahora en una mentira gigantesca.
—Soy idiota… —murmuré rota—. Soy gilipollas…
—No digas eso.
—¿Cómo no voy a decirlo? ¡Le metí en mi casa, Maya!
Ella me agarró la cara entre las manos.
—Te enamoraste. Eso no te convierte en idiota. Lo convierte a él en un cabrón.
Pero apenas conseguía escucharla ya.
Porque lo único que veía era a Lorenzo sonriéndome en Italia mientras ya estaba calculando cómo quedarse con mi vida entera.
Porque, a ojos de un juez, mi nuevo piso no era mi residencia habitual aún y, por tanto, yo no podía largar a Lorenzo con esa excusa.
Aparte de que me tenía atada de pies y manos con un contrato que era más falso que un billete de trescientos euros.