Capítulo 34
Cuando el taxi me dejó frente a mi nuevo edificio, todavía llevaba una sonrisa tonta en la cara.
Había sido un fin de semana agotador, sí, pero también bonito. Lorenzo y yo prácticamente habíamos vivido pegados al teléfono desde que me marché. Me había enseñado cada avance del piso nuevo, cada lámpara montada, cada tontería decorativa que iba comprando con verdadero entusiasmo.
Subí arrastrando la maleta pequeña del congreso mientras le escribía un mensaje.
“He llegado.”
No contestó.
Fruncí un poco el ceño.
Raro.
Porque Lorenzo respondía incluso mientras cocinaba o estaba en mitad de una ducha.
Llegué al rellano todavía pensando que seguramente tendría las manos ocupadas dando algún último toque.
Llamé al timbre.
Nada.
Esperé unos segundos.
Volví a llamar.
Silencio otra vez.
Me reí un poco sola.
—Vale. Muy gracioso.
Saqué las llaves del bolso y fui directa hacia la cerradura.
Pero la llave no entró.
Parpadeé.
La moví un poco.
Nada.
Probé otra vez.
Seguía sin encajar.
Y durante unos segundos pensé que simplemente me había confundido de llave porque llevaba demasiadas cosas en el llavero.
Hasta que, a base de intentarlo una y otra vez, entendí.
Aquella no era ya mi cerradura.
El bombín había sido cambiado.
Me quedé pegada al suelo.
Mirando la puerta.
No, no me había equivocado de planta. Eso estaba descartado.
¿Qué pasaba entonces?
Volví a intentarlo.
Otra vez.
Nada.
El aire empezó a faltarme poco a poco.
No entendía absolutamente nada.
Llamé al timbre con más fuerza.
—¡Lorenzo!
Ni un ruido dentro.
Saqué el móvil y marqué su número.
Una vez.
Dos.
Tres.
No respondió.
La ansiedad empezó a subir por mi cuerpo a toda velocidad.
Abrí Telegram.
Y ahí sentí el primer golpe de verdad.
La conversación estaba vacía.
Vacía.
No había fotos.
No había mensajes.
No había audios.
No había nada.
Me quedé mirando la pantalla sin respirar apenas.
Aquello no podía ser real.
Entré y salí del chat varias veces, convencida de que el móvil estaba fallando.
Pero no.
Todo había desaparecido.
Levanté la vista hacia la puerta otra vez.
Y algo empezó a romperse dentro de mí.
—No… no…
Volví a llamarlo.
Nada.
Otra vez.
Nada.
Entonces empecé a golpear la puerta.
Primero fuerte.
Después muchísimo más fuerte.
—¡Lorenzo!
Silencio.
—¡Abre la puerta!
Seguí golpeando.
Ya no me importaba hacer ruido.
Ya no me importaba nada.
—¡Lorenzo, joder!
Y entonces, por fin, escuché movimiento dentro.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Lorenzo apareció al otro lado.
Y la forma en que me miró me heló la sangre.
Porque no había alivio.
Ni cariño.
Ni sorpresa.
Solo una expresión distante que no reconocí.
—Perdona —dijo con voz seca—. ¿Qué haces aquí?
Me quedé mirándolo sin entender.
Literalmente sin entender.
—¿Qué?
Él sostuvo la puerta sin apartarse.
—¿Qué haces aquí?
Solté una pequeña risa nerviosa.
De incredulidad pura.
—¿Pero qué dices, amor mío? ¿Qué está pasando?
Nada.
Ni una sonrisa.
Ni un gesto.
—Mira —respondió—. Yo lo único que sé es que tú eres mi casera y yo soy el inquilino. No tienes derecho a venir aquí a aporrear mi puerta.
Sentí que el suelo desaparecía debajo de mis pies.
—¿Qué…?
—Te agradecería que respetaras mi intimidad.
Lo miré completamente paralizada.
—Ya está bien de bromas, ¿vale?
—No estoy bromeando.
La garganta empezó a cerrárseme.
—Lorenzo…
—Vera, por favor. Márchate.
—¿Pero qué coño te pasa?
Él suspiró apenas.
Y aquello me dolió más que un grito.
Porque parecía cansado de mí.
Cansado.
Como si yo fuera un problema.
—Te pido que no montes un espectáculo.
Retrocedí un paso mirándolo horrorizada.
—No entiendo nada…
Entonces me cerró la puerta en la cara.
Así.
Sin más.
Me quedé varios segundos mirando la madera sin reaccionar.
Después empecé a golpear otra vez.
Muchísimo más fuerte.
—¡Abre!
Nada.
—¡Lorenzo!
Las lágrimas ya me caían sin control cuando marqué el número de Maya.
Tardó muy poco en cogerlo.
—¿Qué pasa?
Ni siquiera pude hablar bien.
—Maya… yo… Lorenzo…
Ella debió notar enseguida el estado en que estaba.
—¿Dónde estás?
—En… en el piso nuevo…
—Voy para allá.
Llegó menos de veinte minutos después.
Y en cuanto me vio llorando frente a la puerta, abrió muchísimo los ojos.
—¿Qué ha pasado?
—No lo sé… no lo sé…
Maya empezó a aporrear la puerta directamente.
—¡Eh! ¡Abre ahora mismo!
Nada.
—¡Lorenzo!
Volvió a golpear.
—¡Pedazo de hijo de puta, abre!
La puerta seguía cerrada.
Yo apenas podía respirar ya.
—Ha borrado todo… ha borrado las conversaciones… no me coge el teléfono y tampoco quiere dejarme pasar.
Maya me miró despacio.
Y vi el momento exacto en que empezó a entender algo antes que yo.
—No…
Volvió a golpear muchísimo más fuerte.
—¡Abre la puerta, cabronazo!
Y entonces llamó a la policía.
Cuando llegaron los agentes, Lorenzo abrió.
Perfectamente tranquilo.
Perfectamente vestido.
Perfectamente sereno.
Aquello terminó de destrozarme.
—Buenas noches —dijo—. Esta mujer está intentando acceder a mi vivienda. Cree que tiene derecho porque es mi casera.
Me quedé mirándolo horrorizada.
—¿Tu vivienda?
Uno de los policías miró a Lorenzo.
—¿Tiene documentación que lo acredite? ¿Un contrato?
—Sí.
Sacó el contrato.
Mi contrato.
El que yo le había redactado.
Las piernas empezaron a temblarme.
—Es mi novio —solté desesperada—. Es mi novio.
Lorenzo ni siquiera me miró.
—Nosotros tuvimos una relación. Pero esta mujer no acepta que se terminó.
—¡¿Qué?!
Maya explotó inmediatamente.
—Eres un hijo de puta.
—Controle el lenguaje —cortó uno de los agentes.
—¡Está mintiendo! —grité—. ¡Está mintiendo!
El policía revisó los papeles.
Y cuanto más los revisaba, peor era la expresión de Maya.
Porque todo estaba correcto.
Todo.
Contrato.
Dirección.
Empadronamiento.
Firmas.
Todo.
—Señora —dijo el agente—, este hombre figura legalmente como residente de la vivienda.
—¡Porque el piso es mío!
—Pero existe un contrato de arrendamiento vigente.
Sentí que me mareaba.
Porque no podía contradecirlo.
Porque el contrato existía.
Porque era real.
Porque yo misma lo había firmado.
Maya se acercó entonces a mí y me susurró muy bajo, agarrándome del brazo.
—Vera…
La miré completamente rota.
Y ella terminó la frase mirándome con una mezcla de rabia y horror.
—Te la ha jugado. Este tío te la ha jugado.