Capítulo 33
La primera noche del congreso terminé agotada.
No físicamente.
Mentalmente.
Porque descubrir que puedes pasarte ocho horas escuchando a gente debatir sobre procedimientos administrativos sin perder la fe en la humanidad ya tenía mérito suficiente.
El hotel era bonito, eso sí. Uno de esos sitios impersonales con moqueta impecable, luces cálidas y cuadros abstractos que nadie entiende pero todos fingen admirar.
Desde la ventana de mi habitación se veía parte de la ciudad iluminada y un río atravesando el centro, aunque yo apenas le presté atención.
Lo único que quería era quitarme los tacones y llamar a Lorenzo.
Cuando salí de la ducha y cogí el móvil, vi varios mensajes suyos esperándome.
“El salón ya parece el de un hogar.”
“Creo que he montado una lámpara al revés.”
“Vale, no. Era así.”
Y debajo, una foto.
Sonreí antes incluso de abrirla.
Había colocado el sofá nuevo frente al ventanal del piso, junto a la alfombra clara que elegimos después de discutir cuarenta minutos en la tienda porque él decía que “la textura era importantísima para la energía emocional de la vivienda”.
También había puesto unas velas sobre la mesa baja y flores frescas en un jarrón.
El italiano estaba transformando aquel piso en una revista de decoración escandinava con problemas de intensidad emocional.
Toda una suerte que le faltara un par de semanas aún para incorporarse a su trabajo, ya que estaban creando un nuevo departamento en la escuela de arte en la que le habían fichado. Aunque para arte, el suyo.
Lo llamé enseguida.
Descolgó rapidísimo.
—Hola, amor mío.
Me tiré sobre la cama del hotel todavía con el pelo húmedo.
—¿Qué haces?
—Ligar.
—Ah.
—Sí. Una locura. La señora de la tienda de telas me desea muchísimo.
Me eché a reír.
—Bueno, tienes cierto atractivo exótico.
—Gracias. Mi sueño siempre fue conquistar señoras mayores hablando de cortinas.
La pantalla cambió de posición.
—Mira esto.
La videollamada enfocó el salón.
Casi me atraganto.
Había avanzado muchísimo en apenas unas horas. El espejo enorme ya estaba colocado, la estantería montada y las cortinas del salón caían perfectas a ambos lados del ventanal con vistas al mar.
—¿Has colocado tú solito las cortinas?
Lorenzo se llevó la mano al pecho fingiendo indignación.
—Qué poco confías en mí.
—No es eso. Es que me impresiona bastante verte convertido en modista jubilada.
—Soy un hombre de muchísimos talentos.
—Eso ya lo sabía.
Sonrió de esa forma suya que conseguía desmontarme incluso a través de una pantalla.
Después enfocó la cocina.
Había añadido plantas pequeñas junto a la ventana y cambiado los tiradores de algunos muebles.
—¿Qué es eso?
—Detalles.
—¿Has comprado plantas?
—Necesitamos oxígeno y glamour.
Solté una carcajada.
Y entonces me di cuenta de algo horrible.
Ya lo estaba echando muchísimo de menos.
Solo llevaba fuera unas horas.
Qué vergüenza.
—¿Qué pasa? —preguntó al verme callada.
Negué.
—Nada.
—Vera.
—Que te echo de menos, ¿vale?
Lorenzo soltó una risa baja.
—Qué drama eres.
—No soy dramática.
—Hace tres horas me mandaste un audio diciendo “ya no recuerdo tu cara”.
—Porque era verdad.
—Mentira. Tienes aproximadamente ochocientas fotos mías favoritas en el móvil.
Me tapé media cara con la almohada riéndome.
Y seguimos hablando muchísimo rato.
Él enseñándome avances de la casa.
Yo contándole que en una de las ponencias un señor había roncado tan fuerte que era imposible escuchar nada.
Lorenzo terminó apoyando el móvil sobre la encimera mientras colocaba unos libros.
—¿Qué haces ahora?
—Estoy organizando.
—Eso sí que no me lo creo.
—Vera, por favor. Tengo sensibilidad estética.
—Y caos estructural.
—¿Te estás definiendo a ti misma?
Lo observé caminar por el piso con aquella tranquilidad suya, colocando cosas, moviendo cojines y hablando conmigo al mismo tiempo.
Y pensé algo que me dio vértigo.
Aquello se parecía muchísimo a una vida juntos de verdad.
No solo la parte bonita.
No solo Toscana, sexo y escapadas románticas.
Sino lo cotidiano.
Las videollamadas desde hoteles.
Las lámparas.
Las plantas.
Alguien esperando que vuelvas.
La segunda noche fue peor.
Porque el cansancio ya empezaba a acumularse y yo solo quería regresar a San Sebastián.
Cuando llegué a la habitación tras la cena del congreso, tenía el móvil lleno de mensajes suyos.
“Necesito enseñarte algo.”
“Urgente.”
“Tu futuro marido arquitecto decorador ha trabajado muchísimo.”
Lo llamé entre risas mientras me quitaba los pendientes.
—Qué pesado eres.
Lorenzo apareció en pantalla con una expresión sospechosa.
—Ven conmigo.
La cámara empezó a moverse por el piso nuevo.
Y se me cayó la mandíbula.
Había montado la cama.
Pero no solo eso.
La había vestido entera.
Con cojines, sábanas, lámparas encendidas y cuadros colocados sobre el cabecero. Incluso había puesto unas velas pequeñas en la cómoda y una bandeja decorativa en una esquina.
—¿Lorenzo?
—¿Sí?
—Esto parece un sueño.
Me enseñó después el despacho.
Mi mesa ya estaba colocada junto a la ventana y había varias carpetas perfectamente ordenadas sobre una estantería.
Hasta había dejado una fotografía de mi madre y otra de Alexis conmigo cuando éramos pequeños.
Aquello me dejó muda unos segundos.
—Oye…
—¿Qué?
—Gracias.
Lorenzo bajó un poco la mirada.
—Quiero que te sientas bien a la vuelta. Lo tendré todo preparado para que te instales.
La garganta se me cerró un poco.
Porque el imbécil conseguía ponerse romántico cuando menos lo esperaba.
Y justo cuando yo empezaba a emocionarme demasiado, volvió a hablar.
—Aunque necesito que regreses ya porque he montado dieciocho muebles y merezco sexo de recompensa.
La risa me salió mezclada con sueño.
—Eres agotador.
—Pero muy eficiente.
Nos quedamos hablando hasta tardísimo.
Y cuando terminé metida bajo las sábanas del hotel con el móvil apoyado en la almohada, él me miró desde la pantalla con una sonrisa pequeña.
—Mañana vuelves.
Asentí.
—Sí.
—Bien. Porque esta casa está demasiado vacía sin ti.
A la mañana siguiente, mientras el taxi me llevaba de vuelta hacia San Sebastián, pensé que quizás aquella era la primera vez en mi vida que alguien me esperaba de verdad al otro lado del viaje. Y puse rumbo a mi casa nueva con la ilusión de estrenarla con mi bombón italiano.