Lo que casi destruimos Capítulo 32
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Capítulo 32

Volver al trabajo se me hizo rarísimo.

Había pasado tanto tiempo viviendo entre el duelo de mi madre, la enfermedad de Alexis, momentos en la Toscana, mudanzas, muebles por montar y Lorenzo apareciendo en mi vida de la manera más sorprendente posible, que sentarme otra vez delante de una mesa llena de expedientes me produjo una sensación extraña, casi irreal.

Aun así, agradecí regresar.

Necesitaba recuperar cierta rutina.

Aunque fuera una rutina completamente distinta a la de antes.

Aquella tarde llegué a casa agotada, con los tacones en la mano y ganas de dejarme caer sobre cualquier superficie horizontal. La mudanza del piso nuevo aún no estaba terminada y ya tenía ganas de verme allí con Lorenzo, algo que pasaría muy pronto. Si todo se aliaba en mi favor.

Y allí estaba Lorenzo.

Con una cinta métrica entre los dientes.

Me quedé mirándolo varios segundos desde la puerta.

—No sé si me pone más que pintes o que midas cortinas.

Lorenzo levantó la vista.

—Gracias. Era exactamente la reacción que esperaba provocar.

Solté una carcajada mientras dejaba el bolso.

El salón estaba lleno de telas, herramientas y varios cojines que habíamos comprado aquella semana. Todo listo para llevarlo al piso nuevo.

—¿Qué haces exactamente?

—Estoy calculando cuánta tela tengo que cortar.

—¿Tú sabes hacer eso?

Me miró con gesto ofendido.

—Perdona, Vera. Soy artista, italiano y nieto de una señora que hacía dobladillos viendo la televisión. Claro que sé confeccionar cortinas.

—Esto mejora por momentos.

Lorenzo me agarró de la cintura en cuanto estuve cerca y me besó despacio.

—En unos días estarán listas para colocar en nuestro nidito de amor.

Aquel bombón italiano tenía la capacidad de hacer que un día normal pasara a ser fabuloso en menos de diez segundos.

—¿Qué tal la vuelta al trabajo? —me preguntó.

Suspiré.

—Muchos papeles. Mucho café. Mucha gente diciendo “qué bien te veo” con esa cara que significa “te veo estresada”.

Él soltó una risa baja.

—Bueno… estás muy guapa cuando amenazas verbalmente a la humanidad.

Apoyé la frente sobre su pecho.

—Y encima tengo que salir de la ciudad el fin de semana. Eso sí me ha jodido. ¿Te acuerdas que te lo dije antes por teléfono?

Lorenzo hizo una mueca.

—Es verdad. El congreso ese.

—Sí.

—No sé si podré sobrevivir sin ti.

Levanté la cabeza.

—Eres más tonto… ¿No me vas a echar de menos?

Él se quedó pensativo unos segundos.

—Mmm… no sé. Tengo que terminar de ponerlo todo a punto para cuando vuelvas. Entre muebles, cajas y cortinas, no creo que me dé tiempo de pensar en nada más.

Le pegué en el brazo.

—Idiota.

—Además, necesito descansar de ti un poco.

—¿Ah, sí?

—Muchísima intensidad emocional. Mucho amor. Mucho sexo. Estoy agotado.

La risa me salió sola.

—No puedo creerme que estés diciendo eso mientras sostienes una tela floreada.

Lorenzo volvió a besarme.

—Voy a dejar ese piso precioso.

—¿También vas a colgar las cortinas?

—Oye. Respeta al artesano.

—Perdón.

—Sé coger dobladillos, colocar barras y sobrevivir a IKEA. Soy prácticamente un superhéroe doméstico.

Me quedé mirándolo con una sonrisa tonta.

Porque aquello era justo lo que nunca había imaginado vivir.

Algo sencillo.

Bonito.

Ligero.

Llegar cansada del trabajo y encontrar a alguien midiendo cortinas en tu salón mientras bromea contigo.

Y quizás por eso me dio tanta pena tener que irme aquel fin de semana.

Los días siguientes pasaron rápido.

Demasiado.

Entre trabajo acumulado, cajas que iban desapareciendo y Lorenzo enseñándome orgulloso avances diarios por videollamada aunque estuviera en la habitación de al lado.

“Mira esta lámpara.”

“Mira cómo queda el sofá.”

“Mira qué bien he doblado estas toallas.”

“Lorenzo, estás enfermo.”

“De amor.”

“Qué pesado eres.”

La mañana del viaje terminé haciendo la maleta medio dormida mientras él preparaba café en la cocina.

Iba a pasar dos días fuera por un congreso relacionado con trabajo judicial y gestión procesal. Nada emocionante. Mucha ponencia, mucha acreditación colgada del cuello y demasiada gente hablando durante horas sobre normativa.

Cuando salí del dormitorio con la maleta, Lorenzo me miró exageradamente triste.

—Ya te echo de menos.

—Hace veinte segundos que estoy vestida.

—Han sido horribles.

Me acerqué riéndome y le robé un beso.

—Prometo sobrevivir.

—No hables con hombres interesantes.

—¿Y si son jueces?

—Peor. Muchísimo peor.

—Celoso.

—Italiano. Es distinto.

Desayunamos juntos en la cocina mientras él seguía contándome sus planes para el piso nuevo.

Que si la mesa ya estaba montada.

Que si había encontrado una alfombra preciosa.

Que si quizás el espejo del recibidor quedaba mejor en otra pared.

—Te estás viniendo arriba con la decoración —le comenté.

Lorenzo levantó una ceja.

—Voy a vivir ahí contigo. Quiero glamour.

—Eso no existe con mis cajas de papeles.

—Transformaré tu caos administrativo en arte.

El desayuno se me hizo corto.

Demasiado corto.

Porque cuando quise darme cuenta ya estaba abajo, junto al taxi, con Lorenzo sujetándome la maleta.

Me miró unos segundos antes de hablar.

Y ahí desaparecieron las bromas.

—Pásalo bien.

Sonreí un poco.

—Es un congreso de funcionarios, Lorenzo. No Ibiza.

—Nunca se sabe. Igual acabas descontrolada hablando de expedientes hasta las tres de la mañana.

—Qué imagen tan erótica.

Él soltó una pequeña risa.

Después me agarró de la cintura y me besó despacio.

Con calma.

De esa forma que hacía que me costara muchísimo separarme de él.

—Vuelve pronto —murmuró cerca de mi boca.

Asentí.

Y justo antes de entrar en el taxi, me señaló con gesto serio.

—Por cierto.

—¿Qué?

—Las cortinas van a quedar increíbles.

La carcajada me acompañó durante todo el camino.