Capítulo 31
Los primeros días con Lorenzo en San Sebastián fueron un auténtico caos.
Pero un caos feliz.
De esos que terminan con cajas abiertas por todas partes, comida improvisada sobre una encimera todavía sin colocar y discusiones absurdas sobre si una lámpara debía ir dos centímetros más a la izquierda o dos más a la derecha.
El piso nuevo parecía vivir en obras constantes.
Habían llegado muebles, sillas, una mesa de cristal para el salón, una cama enorme para el dormitorio principal (Maya se salió con la suya) y tantas cajas de artículos de decoración que Lorenzo aseguró entre risas que yo me había venido arriba tras descubrir Pinterest.
Y él estaba en medio de todo aquello.
Arrimando el hombro como el que más.
Porque resultó que, además de pintar, cocinar pasta y besar de manera escandalosamente eficaz, era un manitas del bricolaje.
—No entiendo esto —murmuré sentada en el suelo del salón mientras miraba un manual de instrucciones infernal—. ¿Por qué sobran tres tornillos?
Lorenzo ni levantó la vista.
—Porque tú has montado algo mal.
—Qué confianza.
—Soy artista, no mago.
Le lancé uno de los tornillos.
Él lo atrapó al vuelo y se rio.
Llevaba una camiseta blanca algo pegada al cuerpo y unos vaqueros gastados. Tenía el pelo revuelto y fijaba la vista porque, según él, “los puñeteros suecos de los muebles” escribían demasiado pequeño.
Y yo llevaba diez minutos observándolo más que ayudando.
—No me mires así —comentó de repente.
—¿Así cómo?
—Como si fueras a explotarme laboralmente.
Sonreí.
—Lo siento mucho, Lorenzo, pero voy a explotarte.
Él dejó el destornillador sobre el suelo.
—Mientras la explotación sexual continúe, acepto condiciones.
La carcajada me salió tan fuerte que terminé doblándome sobre la alfombra.
—Eres insoportable.
—Y tú tienes cero habilidades con los muebles.
—Tengo otras virtudes.
Lorenzo levantó una ceja poco a poco.
—Eso sí puedo confirmarlo.
Terminé tirándole el manual a la cara.
Aquellos primeros días estuvieron llenos de escenas así.
Ir juntos a elegir cojines y terminar discutiendo porque él defendía un sillón verde oliva “con muchísimo carácter” que yo definí como espantoso.
Comer albóndigas suecas en la famosa tienda de muebles mientras Lorenzo juraba que aquello no podía llamarse comida bajo ningún concepto.
Subir cajas al piso nuevo y acabar besándonos en mitad del pasillo porque él me agarraba de la cintura cada vez que pasaba cerca.
Y, sobre todo, reírnos muchísimo.
Hacía demasiado tiempo que yo no me sentía tan ligera.
Aquella tarde, después de conseguir montar por fin una estantería sin divorciarnos antes de tiempo, fuimos a ver a Alexis.
Mi hermano estaba mucho mejor.
Seguía más delgado que antes de la enfermedad y tenía días complicados por la quimio, pero volvía a parecer él mismo. Incluso había recuperado parte de aquella ironía vaga que llevaba utilizando desde los quince años para sobrevivir a cualquier conversación incómoda.
Nos abrió la puerta con una camiseta vieja y cara de sueño.
—Qué bonita pareja de montadores de muebles acaba de llegar.
Lorenzo levantó una bolsa.
—Traemos comida.
—Entonces podéis pasar.
En menos de diez minutos ya estaban los dos hablando como si se conocieran de toda la vida.
No ayudó que Lorenzo aprendiera rapidísimo a seguirle las bromas.
—Tu hermana me obliga a trabajar doce horas al día —le aseguró muy serio mientras dejaba unas bebidas sobre la mesa.
Alexis me miró horrorizado.
—Vera. ¿También explotas italianos ahora?
—Solo si vienen sin manual de instrucciones.
Lorenzo soltó una carcajada.
—Ya ves el nivel de cariño que recibo.
—No te quejes —respondió Alexis—. Este tipo te soporta. Debe ser un santo…
—Pues no hace falta que te recuerde que santo que mea…
La tarde pasó entre pizzas, bromas y planes de Lorenzo y Alexis para llevarme la contraria en todo. Funcionaban muy bien a dúo.
En un momento dado, mi chico fue al baño.
Y Alexis aprovechó para mirarme con una media sonrisa.
—Está pilladísimo por ti.
Solté una risa pequeña mientras cogía una aceituna.
—Tú crees eso porque te cae bien.
—No. Lo creo porque te mira igual que mamá miraba las rebajas de El Corte Inglés.
La carcajada se me escapó sola.
Después mi hermano se quedó algo más serio.
—Oye… ¿y has vuelto a hablar con Dante?
Negué algo apurada.
—No. Creo que cuando me bajé de su coche la otra noche ya lo entendió todo.
Alexis apoyó la espalda contra el sofá.
—Sí, lo entendió. Se quedó bastante chafado, la verdad.
Aquello me dio pena.
Porque Dante había sido bueno conmigo.
Muchísimo mejor de lo que yo esperaba después de tantos años viéndolo como el amigo insoportable de mi hermano.
—La verdad, Vera… le gustas.
Bajé un momento la mirada hacia la copa.
—Lo sé.
—Y creo que pensaba que tenía posibilidades.
Suspiré despacio.
—Lo siento muchísimo.
Alexis me observó unos segundos antes de sonreír apenas.
—Bueno. Contra el italiano tenías poca salvación.
Eso me hizo reír.
—Le escribiré. O pasaré a verlo un día.
—Hazlo. Porque el pobre está haciendo esfuerzos enormes por actuar normal cuando viene a verme.
Negué divertida.
—Qué desastre.
Pero la realidad era otra.
La realidad era que estaba tan ilusionada con Lorenzo, tan feliz en medio de aquel caos de muebles, cajas y planes de futuro, que apenas conseguía pensar en nada ni en nadie más.
Y quizás eso daba un poco de miedo.
Pero también era precioso.