Capítulo 30
Subimos al piso casi sin hablar.
O quizás hablando demasiado con las manos, con las miradas y con la forma desesperada en que Lorenzo no dejaba de besarme cada vez que el ascensor se detenía un segundo.
Yo seguía medio mareada por el concierto, por las copas y por el hecho de que él estuviera allí. En San Sebastián. Frente a mí. Después de semanas echándolo de menos hasta en los momentos más tontos del día.
Nada más entrar en casa, cerró la puerta y me atrapó de la cintura.
Y me besó con hambre.
Con auténtica hambre.
No aquella calma dulce de las despedidas en la Toscana, sino algo mucho más intenso, más urgente, más parecido a alguien que llevaba demasiado tiempo conteniéndose.
Mi bolso cayó al suelo.
Las llaves también.
Y terminé riéndome entre besos mientras él me empujaba suavemente contra la pared del recibidor.
—No sabes las ganas que tenía de hacer esto —murmuró contra mi boca.
Le agarré la cara entre las manos.
—Pues estabas disimulando fatal.
—Italiano enamorado. Somos gente muy expresiva.
La palabra enamorado me atravesó tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar antes de que volviera a besarme.
Y aquello ya fue imposible de frenar.
Lorenzo recorría mi cuerpo lentamente con las manos, recreándose en cada curva igual que si necesitara comprobar que seguía allí de verdad.
El vestido corto terminó subiendo poco a poco por mis piernas mientras yo le desabrochaba la camisa con una torpeza provocada más por los nervios que por el alcohol.
Y entonces apareció su piel.
Bronceada.
Fibrada.
Ese cuerpo trabajado suyo que seguía dejándome sin palabras cada vez que lo veía.
—Madre mía… —murmuré sin poder evitarlo.
Él soltó una risa baja.
— Mamma mía , diría yo…
Me reí apenas un segundo antes de que volviera a besarme el cuello.
Después ya no hubo demasiadas bromas durante un rato.
Solo respiraciones entrecortadas.
Besos lentos mezclados con otros mucho menos tranquilos.
Sus manos deslizándose por mi espalda mientras me levantaba entre sus brazos para llevarme hacia el dormitorio.
Y yo completamente perdida.
Lorenzo se tomó su tiempo conmigo, besándome despacio, recorriendo mi cuerpo con la boca y las manos hasta hacerme olvidar incluso cómo respirar correctamente.
Lo deseaba muchísimo.
Demasiado.
Y él parecía exactamente igual de fuera de sí.
—Te he echado de menos todos los minutos de cada jodido día, Vera —murmuró contra mi piel.
Aquello me desarmó mucho más que cualquier otra cosa.
Le acaricié el pelo apartándoselo un poco de la cara.
—Yo también.
Después me hizo el amor lentamente al principio y más intenso al final, sosteniéndome la mirada de esa forma tan suya que parecía dejarme desnuda incluso más allá del cuerpo.
Cuando todo terminó, nos quedamos tumbados entre las sábanas revueltas, intentando recuperar el aire.
Yo tenía la cabeza sobre su pecho.
Lorenzo jugaba con mi pelo.
Y durante unos minutos el único sonido fue nuestra respiración mezclada con el ruido lejano del mar entrando por la ventana entreabierta.
Hasta que levanté apenas la vista hacia él.
—¿Has venido de visita?
Su sonrisa cambió un poco.
Más seria.
Más serena.
—Quizás he venido a algo más.
Parpadeé, expectante.
—Muero por escuchar una explicación.
Él suspiró despacio antes de responder.
—Que estoy cansado de echarte de menos, Vera. Que no quiero que pienses que soy un moñas, pero me he dado cuenta de que no puedo vivir sin ti. O quizás sí puedo, pero no sería vivir, solo sobrevivir.
Su sincera confesión, abriéndose en canal, me dejó inmóvil.
Lorenzo siguió acariciándome la espalda mientras hablaba.
—He estado pensando mucho estas semanas. Y… si tú quieres… quizás podríamos intentarlo de verdad aquí. En San Sebastián.
Me incorporé de un salto.
—¿Lo dices en serio?
Él se rio un poco al verme la cara.
—Sí. Muy en serio.
—Lorenzo…
—Déjame acabar antes de que te pongas a llorar y yo también.
La risa se me mezcló con unas ganas tremendas de abrazarlo.
—Vi un trabajo en una academia artística —continuó—. Buscaban profesor para talleres de pintura. Mandé portfolio desde Italia y realicé entrevistas online.
Lo miré boquiabierta.
—¿Cuándo has hecho eso?
—Entre videollamadas contigo y mis conversaciones con plantas deprimidas por tu ausencia de la villa.
Me tapé media cara riéndome.
—Eres más tonto…
Lorenzo me atrajo otra vez hacia él.
—El problema es que tendré que moverme pronto o me arriesgaré a que le den el trabajo a otro candidato. Ya sabes, es por la burocracia. Soy italiano, necesito acreditar residencia aquí. Si estás de acuerdo, buscaré un alquiler que lo justifique y…
—No, de eso nada. Arreglar esa cuestión es mucho más sencillo.
Él negó suavemente.
—No quiero abusar de tu confianza así. Una cosa es que lo intentemos y otra muy distinta que me meta en tu casa por las buenas.
Aquello me hizo levantar la cabeza de golpe.
—Perdona, ¿qué has dicho?
Le acaricié la barba despacio.
—Tú fuiste el primero en confiar en mí. Me dejaste vivir en la villa de tu nonna prácticamente sin conocerme. Ni siquiera me hiciste contrato.
Lorenzo sonrió un poco.
—Bueno… tu sonrisa ayudó bastante.
—Y después no querías ni cobrarme.
—Eso lo hice encantado.
Le di un beso rápido.
—Pues ahora te toca confiar en mí a ti.
Lorenzo me observó en silencio.
Yo seguí hablando.
—El piso nuevo ya es mío. Tú lo sabes. Y allí sí puedo hacerte contrato de alquiler perfectamente. Aquí no, porque este piso tiene dueño y no puedo subarrendar ni meter a nadie legalmente.
Él frunció un poco el ceño.
—¿Y tú?
—Yo seguiré oficialmente viviendo aquí unas semanas más mientras organizo la mudanza.
Pero mientras tanto podemos ir haciendo todo lo tuyo.
Empadronamiento, contrato… Y luego nos mudamos juntos al otro.
¿Con quién mejor que contigo a la hora de estrenarlo?
No veo la hora de que estemos allí. También tiene vistas al mar y mucho mejores que las de este, te va a encantar.
Lorenzo soltó una pequeña risa incrédula.
—¿Te das cuenta de que estás organizando mi vida en España desnuda y despeinada?
—Es mi momento de máxima eficiencia.
La carcajada se le escapó directa desde el alma.
Después volvió a ponerse serio.
—Voy a pagar mi parte, Vera.
—Lorenzo, ya hablaremos de eso.
—No, hablo en serio. No quiero llegar aquí a vivir de ti. Además, ya he pensado cómo ganar más dinero. Lo de la academia no es para tirar cohetes…
Levanté una ceja.
—A ver.
—Voy a seguir alquilando la villa por temporadas desde aquí. Ya hablé con unos vecinos de mi nonna que pueden encargarse de recibir huéspedes y controlar entradas y salidas a cambio de una comisión.
—Eso sería estupendo…
—Sí. Así tendré un sobresueldo. No pienso ser una carga, te lo aseguro. No voy a costarte nada, preciosa.
Le rodeé el cuello con los brazos sonriendo.
—Lo único que me vas a costar es salud mental.
—Eso ya ocurría en la Toscana.
Volvió a besarme entonces.
Más despacio esta vez.
Y mientras Lorenzo seguía acariciándome el pelo y hablándome de planes, de clases de pintura y de la posibilidad de comenzar una vida juntos, me quedé embobada.