Lo que casi destruimos Capítulo 29
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Capítulo 29

Aquella tarde de sábado me arreglé con una ilusión que casi me dio vergüenza admitir.

Llevaba toda la semana enfrascada en la decoración de mi nuevo piso, el cual quería poner la mar de cuco para el momento en el que me trasladase a vivir a él y había llegado el momento de centrarme en mi aspecto.

La ocasión lo merecía. Soy muy fan de Aitana y la sola idea de verla en directo me ponía todos los vellos de punta. Por esa razón, aquella tarde abrí el armario, saqué medio contenido sobre la cama y me permití pensar en algo tan sencillo y tan enorme como gustarme.

Al final elegí un vestido negro con la parte superior de efecto cuero, ajustada pero elegante, y una falda corta con vuelo suficiente para moverme sin sentirme disfrazada.

Me puse unas botas altas, pendientes dorados pequeños y el pelo suelto, con unas ondas suaves que me daban un aire distinto, menos serio. Más vivo.

Cuando Dante llamó al portal, todavía estaba poniéndome perfume.

Bajé con una sonrisa que no conseguí disimular.

Él me esperaba junto al coche, con vaqueros oscuros, camisa negra y una chaqueta que le quedaba demasiado bien para mi paz mental. En cuanto me vio, se quedó un segundo mirándome antes de abrirme la puerta.

—Vale —comentó—. Ahora entiendo por qué Aitana agotó entradas. Sabía que ibas tú.

Me eché a reír mientras entraba.

—Qué frase tan mala.

—Pero efectiva.

—Regular.

—Entonces tengo toda la noche para mejorar.

El concierto fue espectacular desde antes de que empezara.

Había grupos de chicas con brillos en la cara, parejas haciéndose fotos, gente cantando en las colas y una energía preciosa flotando por todas partes.

Yo llevaba días diciéndome que solo era un plan, una salida, algo normal.

Pero cuando entramos y vi el escenario iluminado, las pantallas enormes y a Dante tirando de mi mano con aquella expresión de concentración suya, me entraron unas ganas tremendas de vivirlo todo.

—¿Estás contenta? —me preguntó al verme la cara.

—Muchísimo.

—Bien. Entonces misión cumplida.

—Todavía no ha empezado.

—Me gusta ganar pronto.

Tuvo detalles toda la noche. Me trajo una copa antes de que se llenara la barra, volvió a por agua cuando me vio acalorada, me sostuvo el bolso mientras yo me quitaba la chaqueta y, en un momento en que la gente empujó un poco al moverse hacia delante, se colocó detrás de mí con una naturalidad protectora que no resultó invasiva.

—¿Estás bien? —me preguntó cerca del oído.

Asentí, sin girarme del todo.

—Estoy genial.

Y era verdad.

Aitana salió al escenario entre gritos, luces y una euforia contagiosa.

Sonaron Los Ángeles , Las Babys , Formentera y Vas a quedarte , y yo canté cada una con una entrega que probablemente habría avergonzado a mi yo de hacía unos meses.

Dante me miraba por el rabillo del ojo con una mezcla de diversión y sorpresa, aunque acabó tarareando también, por mucho que fingiera dignidad notarial.

—Te sabes más canciones de las que reconoces —le acusé.

—Cultura general.

—Claro.

—Y supervivencia. Si te traigo a un concierto, tengo que estudiar.

Me reí tanto que casi derramé la copa.

Había bebido un poco más de lo habitual. Nada exagerado, pero lo suficiente para sentirme ligera, habladora y con ganas de cantar incluso cuando ya estábamos saliendo entre la multitud.

Dante, en cambio, solo había tomado dos refrescos.

—Qué responsable —le dije al subir al coche.

—Alguien tiene que llevar viva a la fan número uno.

—No soy fan número uno.

—Has gritado “reina” tres veces.

—Era necesario.

De vuelta a San Sebastián, abrí un poco la ventanilla y dejé que el aire fresco me diera en la cara. La noche estaba preciosa. La carretera brillaba bajo las luces, y yo seguía con la música metida en el cuerpo.

Cuando empezó a sonar Vas a quedarte en mi móvil, subí el volumen sin pedir permiso.

—Esta me mata —anuncié.

Dante sonrió sin apartar la vista de la carretera.

—Ya lo he visto antes.

Empecé a cantar a voz en grito, fatal, feliz y con cero intención de moderarme.

—“Vas a quedarte…” —canté, alargando la frase con más emoción que afinación.

—Vera.

—¿Qué?

—Aitana acaba de sentir una perturbación.

Le pegué en el brazo con suavidad, riéndome.

—Cállate. Estoy teniendo un momento.

—Un momento largo.

—Pues te aguantas.

Y me aguantó.

Con una sonrisa.

Con una carcajada.

Con esa forma tranquila de estar ahí que empezaba a resultarme demasiado agradable.

Al llegar a San Sebastián, todavía mostraba restos de purpurina de la que me puso una chica en una mejilla, la garganta algo tocada y el ánimo tan alto que me costaba creer que aquella mujer cantando en el coche fuera yo.

Cuando Dante detuvo el coche frente a mi portal, todavía seguía riéndome por algo absurdo que había dicho sobre mi interpretación criminal de las canciones de Aitana.

Tenía las mejillas calientes, la voz un poco rota de cantar y esa sensación ligera que dejan las noches inesperadamente buenas.

—Bueno —murmuré soltándome el cinturón—, gracias otra vez por las entradas.

Dante giró apenas la cabeza hacia mí.

—Ha sido buena noche.

—Muy buena.

Hubo un pequeño silencio.

Pero no raro.

Más bien de esos que parecen quedarse quietos un segundo antes de que ocurra algo.

Y entonces noté cómo él se inclinaba ligeramente hacia mí.

Despacio.

Sin brusquedad.

Con la intención clarísima de besarme.

El aire se me quedó suspendido un instante.

Porque no me aparté.

Porque incluso giré apenas la cara hacia él.

Y justo entonces, lateralmente, vi una figura apoyada junto a la entrada de mi edificio.

El corazón se me frenó de golpe.

Lorenzo.

Parpadeé, convencida durante un segundo de que mi cabeza estaba mezclando nostalgia, alcohol y canciones románticas.

Pero no.

Era él.

Cazadora de ante. Pelo algo revuelto. Las manos en los bolsillos. Mirándome desde la puerta del edificio con una mezcla imposible de cansancio y sonrisa contenida.

Me quedé completamente petrificada.

—¿Vera? —escuché a Dante cerca.

Ni siquiera fui capaz de responder.

Abrí la puerta del coche casi atropelladamente y salí tan rápido que el bolso se me enganchó con el cinturón.

—Perdona, yo… ya te llamo.

Creo que ni me entendió bien.

Porque ya estaba cruzando la acera prácticamente corriendo.

Lorenzo levantó apenas las cejas al verme llegar así.

Y en cuanto estuve delante de él, lo abracé fuerte.

Fortísimo.

Tanto que terminé escondiendo la cara en su cuello igual que si llevara siglos sin verlo en vez de semanas.

—¿De verdad eres tú?

Noté cómo se reía contra mi pelo mientras me rodeaba la cintura.

—No soy tan blanco como para parecer un fantasma.

La risa se me mezcló con algo muy parecido a ganas de llorar.

Me aparté apenas para mirarlo.

Y entonces sí.

Entonces el mundo entero se desordenó otra vez.