Capítulo 28
Entré en mi piso nuevo por primera vez con Maya a mi lado, una cinta métrica en el bolso, dos cafés para llevar en la mano y una ilusión tan grande que durante unos segundos ni siquiera fui capaz de moverme.
El salón estaba vacío, claro. Vacío de muebles, de cuadros, de ruido y de vida, pero la luz lo llenaba todo de una manera preciosa.
Entraba desde los ventanales enormes del fondo y caía directa sobre el suelo claro, sobre las paredes recién pintadas y sobre aquel mar que se abría al otro lado del cristal con una calma azulada que parecía puesta allí solo para mí.
Maya dejó su café sobre el alféizar y abrió mucho los brazos.
—Vera Salvatierra, esto no es un piso. Esto es una reconciliación con Hacienda en forma de inmueble.
Me reí, todavía con las llaves apretadas en la mano.
—¿Te gusta?
—Me encanta. Me da rabia porque ahora tendré que admitir que tienes buen gusto.
—Eso te cuesta.
—Muchísimo. Voy a necesitar hidratos.
Avanzó por el salón con su aire de inspectora general del universo, mirando techos, enchufes, ventanas y esquinas.
Maya era buena en muchísimas cosas, pero decorar se le daba con una facilidad indecente.
Tenía ojo para los espacios, para imaginar colores, texturas, muebles y lámparas donde yo solo veía “aquí cabe un sofá grande o una mesa para comer”.
—Aquí no puedes poner cualquier cosa —dictaminó señalando el ventanal—. El mar manda.
—¿El mar manda?
—Sí. Tú obedeces. Sofá claro, mesa de centro de madera, una alfombra grande, cortinas de lino y nada de muebles oscuros que parezcan de despacho de señor divorciado.
—Anotado.
Sacó la cinta métrica del bolso con una solemnidad que daba miedo.
—Vamos a trabajar.
Pasamos casi una hora midiendo paredes, discutiendo dónde iría la mesa del comedor y decidiendo que una de las habitaciones sería despacho, vestidor o “sala para esconder cajas que nunca abrirás”, según el momento de la conversación.
Cuando entramos en el dormitorio principal, Maya se quedó en mitad de la habitación, miró el ventanal con vistas laterales al mar y después me miró a mí con una sonrisa horrible.
—Aquí, cama enorme.
—¿No es pasarse?
—No, no. Enorme de verdad. Tamaño “bienvenidos todos los hombres emocionalmente disponibles del norte de España y parte de Italia”.
Le lancé la cinta métrica.
—Eres lo peor.
—Soy visión decorativa con contenido social.
—Voy a poner una cama normal, de 1,50 como la de todo hijo de vecino.
—Ni hablar. Este dormitorio pide cama XXL, sábanas caras y una cabecera preciosa. Y, por favor, no me pongas una mesita triste de esas que parecen sacadas de un apartamento turístico barato.
—¿También vas a elegir mi vida sentimental o solo los muebles?
Maya se llevó una mano al pecho.
—Cariño, llevo años intentando elegirte la vida sentimental y no colaboras.
Volvimos al salón con los cafés ya templados y nos sentamos en el suelo, frente al ventanal.
El mar se movía despacio bajo una luz suave de media tarde y sentí que podía imaginarme viviendo allí.
Despertarme con esa vista. Preparar café.
Leer en el sofá. Esperar a Alexis algún domingo para comer.
Recibir a Maya con vino, tapas y quejas profesionales.
Y quizás, muy en el fondo, recibir también a alguien más.
Maya bebió un sorbo de café y me miró de lado.
—Tonta.
—¿Qué?
—¿Todavía piensas en el italiano?
Me quedé mirando el mar para no tener que contestar demasiado rápido.
—Más de lo que quisiera.
—Ya.
—No hagas ese “ya”.
—Lo hago porque tengo boca y criterio.
Suspiré, apoyando los brazos sobre las rodillas.
—Lorenzo me escribe todos los días. A veces son tonterías. Fotos de sus cuadros, de comida y de la planta que, según él, me echa tanto de menos que está mustia.
—Vamos, que así no pasas página.
—Le echo de menos. Pero también sé que está allí y yo aquí.
Maya dejó el café en el suelo.
—¿Y Dante?
La miré de reojo.
—¿Qué pasa con Dante?
—Que también lo estás nombrando bastante estos días.
—Porque le veo por Alexis, por la notaría y porque…
—Ajá.
—No empieces.
—No empiezo. Continúo. Que es distinto.
Me reí sin poder evitarlo.
Maya se colocó mejor, con las piernas cruzadas, y me observó con esa cara suya de “declara voluntariamente antes de que te interrogue”.
—Me sorprende muchísimo esto, ¿sabes? Dante Aldecoa. El notario. El amigo de tu hermano. El de las bromitas adolescentes. De repente resulta que es simpático.
—No he dicho simpático.
—Lo has insinuado con los ojos.
—Mis ojos no insinúan nada.
—Tus ojos están haciendo reformas integrales desde que volviste de Italia.
Me tapé la cara con las manos.
—No puedo contigo.
—Quién te ha visto y quién te ve, Vera. Antes lo habrías usado para sujetar una puerta y ahora vas al cine con él.
—Fue solo cine.
—Y palomitas.
—Y una copa.
—Madre mía. Escándalo en la burguesía donostiarra.
Me estaba riendo cuando el móvil empezó a sonar sobre el suelo.
Dante.
Maya vio el nombre antes de que pudiera girarlo.
—Hablando del rey de Roma notarial.
—Cállate.
Contesté intentando recuperar algo de dignidad.
—Hola.
—Hola, Vera. ¿Te pillo mal?
Miré a Maya, que estaba haciendo gestos horribles con las cejas.
—No. Estoy en el piso nuevo con Maya, midiendo muebles y evitando que convierta mi dormitorio en un hotel boutique.
—Entonces interrumpo una emergencia decorativa.
—Bastante grave.
Dante soltó una risa suave al otro lado.
—Te llamaba porque he conseguido algo.
—¿Algo?
—Entradas para ver cantar a Aitana este fin de semana en Bilbao.
Me quedé tan parada que Maya se incorporó al instante, olisqueando mi emoción.
—¿Perdona?
—Me dijiste que te gustaba mucho y que habías intentado conseguir entradas, pero estaban agotadas.
—Sí, eso es… estaban agotadísimas.
—Tengo mis contactos.
Maya abrió la boca exageradamente y empezó a señalar el móvil con las dos manos.
—¿Me estás invitando al concierto? —le pregunté, intentando no sonreír tanto.
—Si te apetece, sí.
—Claro que me apetece. ¡Me apetece muchísimo!
—Entonces hecho. Te recojo el sábado a eso de las cinco y salimos con tiempo.
Cuando colgué, Maya me miraba con una mezcla de fascinación y alarma.
—¿Pero con este qué pasa? ¿Acoso y derribo?
—No digas tonterías.
—¿Tonterías? Te lleva al cine, te invita a copas, te consigue entradas imposibles de Aitana… Este tío ha activado el modo conquista.
Me reí mientras volvía a mirar el mar.
—Tiene detalles, nada más.
—Sí, detalles de tipo que se ha fijado un objetivo.
—Maya…
—¿Qué? Yo solo observo. Con maldad, pero observo.
Me quedé un momento con el móvil entre las manos. Lorenzo seguía en Italia. Dante estaba allí. Mi casa nueva olía a pintura reciente y a comienzo.
Y por primera vez en meses, todo lo que venía por delante no me dio miedo.
Me dio curiosidad.