Lo que casi destruimos Capítulo 27
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Capítulo 27

Al final descartamos las películas románticas en menos de tres minutos.

—No pienso dejar que me veas llorar, que me pongo muy tonta. Además, que ando muy sensible todavía —le recordé.

Él sonrió tranquilo, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

Entonces nada romántico.

—Nada de terror tampoco.

—¿Te asustas?

—No. Pero después me obsesiono y termino revisando armarios a las tres de la mañana.

—Eso necesito verlo.

Terminamos entrando a ver Michael porque no conocía a fondo la biografía de Michael Jackson y sentí curiosidad.

Y la verdad era que la noche se dio bien.

No había tensión rara.

Ni presión.

Ni esa sensación de estar examinándome constantemente que a veces daban algunas citas. Porque eso no era una cita.

Si algo necesitaba yo era distraerme y tratar de apartar a Lorenzo de mi mente. Y salir con amigos ayudaba.

Con Dante todo fluía de una forma distinta.

Más tranquila.

Más adulta quizás.

Aunque seguía costándome encajar la idea de que aquel hombre era el mismo que años atrás se reía cuando Alexis me fastidiaba.

Compramos un cubo gigantesco de palomitas y dos refrescos enormes que claramente no necesitábamos.

—Esto serviría para empachar al cine entero —observé.

—Tengo fe en nosotros —respondió él muy serio.

—A mí no me engañas, señor notario… Tú no tienes fe, tú das fe.

—Más o menos —me respondió, guiño de ojo incluido.

Dos horas después salimos del cine prácticamente rodando.

—No puedo respirar —murmuré llevándome una mano al estómago.

—Has competido contra mí zampando palomitas. Eso era ambicioso.

Nos mezclamos con la gente que abandonaba las salas mientras comentábamos escenas de la película entre risas. Y entonces, en mitad del vestíbulo, empezó a sonar una canción de Michael Jackson desde algún anuncio cercano.

Dante se detuvo.

Me miró.

Y antes de que pudiera preguntar nada, hizo un intento descaradamente digno de imitar uno de los pasos de baile de Michael Jackson.

Me quedé completamente quieta.

Después empecé a reírme tan fuerte que tuve que apoyarme en la pared.

—¡No puede ser verdad!

Dante seguía intentando moverse con total frescura mientras varias personas se giraban para mirarlo divertidas.

—¿Qué? —preguntó—. Estoy lleno de talentos ocultos.

—Eso no era un talento. Era una amenaza para el equilibrio humano.

Él terminó riéndose también.

Y yo no podía parar de mirarlo sorprendida.

Porque jamás, jamás en mi vida, me lo habría imaginado así.

—No te imaginaba tan bailarín —admití todavía riéndome.

Él arqueó una ceja mientras caminábamos hacia la salida.

—¿Ah, no?

—No.

—¿Cómo me imaginabas entonces?

Me encogí de hombros.

—Más… notario.

Él soltó una carcajada baja.

—Eso ha sonado insultante.

—Quiero decir… serio. Formal. De esos hombres que nacen ya sabiendo redactar testamentos.

—Vera, no te pases. ¿Tan carca te parecía?

—Y si solo fuera carca…

Seguíamos riéndonos al salir al aire fresco de la noche.

San Sebastián estaba preciosa. Húmeda, iluminada y llena de terrazas todavía abiertas.

Dante señaló un restaurante cercano.

—¿Cenamos algo?

Me llevé inmediatamente la mano al estómago.

—El cubo de palomitas no me lo permite.

—Cobarde.

—Estoy luchando por sobrevivir.

Él fingió suspirar resignado.

—Entonces una copa.

Eso sí acepté.

Terminamos sentados en una terraza elegante, con música suave sonando de fondo y luces cálidas reflejándose sobre las copas.

Yo pedí una copa de vino que, inevitablemente, me trasladó a la villa italiana en la que seguía pensando noche y día por culpa de su propietario. Dante pidió whisky.

Charlamos durante más de una hora.

Y de pronto, en mitad de una conversación sobre relaciones, Dante se quedó girando lentamente el vaso entre los dedos antes de decir:

—Estuve con alguien casi cuatro años.

Levanté la vista hacia él.

—¿En serio?

Asintió.

—Terminamos hace unos meses.

—No lo sabía.

—No es que fuéramos uña y carne tú y yo para ir contándonos nuestras intimidades.

—No, desde luego que no. ¿Y qué pasó?

Dante soltó una risa pequeña.

Pero amarga.

—Un clásico. Me puso los cuernos con su entrenador personal.

Abrí mucho los ojos.

—¿De veras?

—Sí. Y tanto… Era muy fan del chocolate y se ve que quiso probar su tableta.

No pude evitar reírme.

—Lo siento.

—Yo más. El tipo tenía abdominales que parecían diseñados por ingeniería alemana.

La carcajada me salió sola.

Dante terminó sonriendo también.

—Supongo que trabajaba demasiado. Vivía demasiado centrado en hacerlo todo perfecto. Y ella como que buscó un poco de diversión.

Lo observé unos segundos.

—Eso tuvo que doler muchísimo.

Él levantó apenas un hombro.

—Sí. Pero también me hizo espabilar un poco.

—¿En qué sentido?

Dante bebió un pequeño sorbo antes de responder.

—En que la vida cambia muy rápido. Y que a veces uno deja pasar demasiadas cosas por miedo a los cambios.

Aquello me hizo pensar inevitablemente de nuevo en Lorenzo.

En Italia.

En todo lo que habíamos evitado nombrar porque parecía más fácil dejarlo suspendido en el aire.

Bajé la vista hacia mi copa.

—Últimamente tengo la sensación de que mi vida entera lleva meses desordenándose.

—Y aun así te veo bastante más entera que antes.

Lo miré otra vez.

Y quizás tenía razón.

Porque incluso con el dolor, con la distancia y con todo lo que seguía sin resolverse, ya no me sentía aquella mujer rota que salió huyendo a la Toscana un tiempo atrás.

Me sentía alguien que miraba al futuro con cierto optimismo, a pesar de que las pérdidas pesaban.

Pero, aun así, quería pensar que mi vida valía la pena.