Lo que casi destruimos Capítulo 26
59%

Capítulo 26

Las semanas siguientes tuvieron algo de reparación lenta.

No fue una felicidad explosiva ni perfecta, pero sí una rutina nueva que empezó a colocar cada cosa en un lugar menos doloroso.

Iba a ver a Alexis casi todos los días, a veces con comida, a veces con revistas, otras con la simple excusa de comprobar que no había decidido saltarse medicación porque “total, una pastilla más o menos tampoco iba a cambiar la historia de la humanidad”.

Todo lo decía para chincharme. Siempre le gustó que le mimaran.

—Cambiará la tuya si te la tiras por el fregadero —le advertía yo.

—Qué carácter.

—Qué paciente tan poco colaborador.

Haber hecho las paces lo cambiaba todo. La enfermedad seguía allí, el tratamiento también, y había días en los que Alexis estaba tan cansado que apenas podía hablar, pero ya no existía esa pared horrible entre nosotros.

Nos peleábamos por tonterías, nos reíamos de cualquier cosa, recordábamos a mamá y, de alguna manera, el piso de mi hermano empezó a parecer un sitio de encuentro.

Un mediodía, mientras salía de su casa con la sensación de que la vida empezaba a tener cierto orden, recibí una llamada de la promotora.

Mi piso nuevo estaba listo.

Me quedé quieta en mitad de la acera, con el viento húmedo de San Sebastián moviéndome el pelo y una sonrisa creciendo sin permiso.

—¿Seguro?

La mujer al otro lado del teléfono se rio.

—Seguro. La firma será en unos días.

Cuando me dijo el nombre de la notaría, casi solté una carcajada.

Dante Aldecoa.

Por supuesto.

La vida, últimamente, tenía un gusto bastante peculiar para los giros.

Se lo conté a Lorenzo esa misma tarde por videollamada. Estaba en una especie de estudio, con una camiseta manchada de pintura y el pelo castaño cayéndole sobre la frente.

—Casa nueva —dijo, abriendo mucho los ojos—. Vera, eso es enorme.

—Lo sé.

—Tienes que ponerte guapísima para firmar. Es día importante. Día de mujer poderosa que va a recibir sus llaves nuevas.

—¿Mujer poderosa?

—Sí. Y un poco insoportable. Pero preciosa.

La mañana de la firma seguí su consejo. Me puse un vestido midi color marfil, una blazer clara y unos zapatos de tacón cómodo porque tampoco hacía falta llegar a la notaría lesionada por vanidad.

Me maquillé un poco más de lo normal, me solté el pelo y, antes de salir, le mandé una foto a Lorenzo frente al espejo.

Su respuesta llegó en menos de un minuto.

Varios emoticonos de fuego.

Después otro mensaje.

“Tengo pensamientos poco jurídicos sobre esa firma.”

Me reí sola en el recibidor.

Le respondí con una foto de mi cara fingiendo escándalo y guardé el móvil antes de ponerme nerviosa de verdad.

La firma fue mucho más emocionante de lo que esperaba.

Dante estuvo profesional, claro, impecable, pero había una calidez nueva en la forma en que me explicaba cada documento, cada cláusula, cada detalle.

Quizás porque ya no éramos aquella chica insegura y aquel amigo de mi hermano con sus chorradas.

O quizás porque la vida nos había puesto a todos en sitios distintos.

Cuando terminé de firmar, cerró la carpeta y me tendió la mano.

—Enhorabuena, Vera. Ya eres propietaria.

Noté un nudo precioso en la garganta.

—Gracias.

A la salida era ya mediodía. La luz entraba por los ventanales de la notaría y San Sebastián brillaba con ese tono claro de los días en los que la lluvia amenaza pero se contiene.

Dante salió conmigo hasta la calle.

—Hay que celebrarlo.

—No puedo. Voy a recoger a Alexis al hospital.

—Alexis está recibiendo el tratamiento ahora mismo, ¿no?

Asentí.

—Sí. Pues todavía le queda un rato.

Dante miró el reloj.

—Vamos a tomar algo tú y yo. Te invito a unas tapas. Que te hayas convertido en propietaria bien lo merece.

Iba a decir que no.

De verdad.

Pero había algo amable en su tono. Y yo estaba contenta. Muy contenta.

—Vale, unas tapas —acepté.

Acabamos en una tapería muy cuca del centro.

Dejé las llaves nuevas sobre la mesa y las miré durante un rato.

—Siento que se están cumpliendo muchos sueños a la vez —admití—. Alexis está mejor, tengo casa, todavía sigo de licencia y por primera vez en meses no siento que todo vaya a romperse mañana.

Dante me observó con una sonrisa suave.

—Te mereces estabilidad.

La palabra sonó bien.

Extraña.

Pero bien.

—¿Y tu italiano? —preguntó entonces.

Levanté la vista.

—¿Qué pasa con él?

—No sé. Pregunto.

—Lorenzo está en Italia.

—Eso ya lo sabía.

Me removí un poco en la silla.

—Supongo que tendrá que ir quedando en el recuerdo.

Dante no respondió enseguida.

—¿Eso quieres?

Miré las llaves otra vez.

—No lo sé. Pero él tiene su vida allí. Yo la mía aquí. No somos pareja, no hemos quedado en nada y no nos planteamos una relación a distancia.

—Entiendo.

Había algo en su voz que me hizo levantar los ojos.

Dante giró la taza entre los dedos antes de decir:

—¿Le molestaría mucho a tu italiano si te invito un día al cine?

Me sorprendió tanto que tardé unos segundos en reaccionar.

—No es mi italiano —repetí.

Él sonrió apenas.

—Eso ya lo has dicho.

—Porque es verdad.

—Entonces reformulo. ¿Te molestaría a ti que te invitara una noche al cine?

Me quedé mirándolo, sintiendo algo raro. No un incendio. No esa luz toscana que traía Lorenzo pegada a la piel. Otra cosa. Curiosidad. Calma. Una posibilidad pequeña abriéndose en un lugar donde antes solo había rabia antigua.

—¿Al cine?

—Sí. Prometo adaptarme a tus gustos. No quiero que salgas espantada, a mí me van las de terror.

Se me escapó una risa.

—Muy prudente.

—Estoy madurando.

—Eso habría que probarlo.

Dante inclinó la cabeza, divertido.

—Entonces ven al cine conmigo y lo compruebas.

Miré las llaves de mi casa nueva, luego la calle, luego a él.

Y acepté.

—Vale. Una noche al cine.

Él sonrió de una forma tranquila, sin triunfos ni presión.

—Una noche al cine.

El móvil vibró sobre la mesa justo entonces.

Lorenzo.

“¿Ya eres oficialmente una señora propietaria? Necesito foto de las llaves.”

Sentí una punzada suave en el pecho al leerlo.

Sonreí.

Pero esta vez también me dolió un poco.