Lo que casi destruimos Capítulo 25
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Capítulo 25

La tarde siguiente volví a casa de Alexis cargada con un par de porciones de su tarta favorita y una obsesión bastante enfermiza por comprobar que seguía respirando cada quince minutos.

Él abrió la puerta todavía despeinado y con una camiseta vieja que llevaba probablemente desde la universidad.

—Mira quién viene a fiscalizarme otra vez.

—Traigo provisiones.

—Traes ansiedad en formato humano.

Entré directamente al salón rodando los ojos.

—Y tú sigues vivo gracias a ella.

—Debatible.

Iba a responderle cuando levanté la vista y me quedé completamente quieta.

Dante Aldecoa estaba sentado en el sofá.

Traje oscuro.

Camisa remangada.

Las gafas apoyadas sobre la mesa baja junto a varios papeles médicos de Alexis.

Y aquella misma mirada tranquila que llevaba teniendo desde los veinte años, cuando coincidíamos fugazmente en la facultad y yo era una chica larguirucha que todavía no sabía qué hacer con su cuerpo ni con su carácter.

Dante se levantó enseguida al verme.

—Hola, Vera.

El corazón me dio un pequeño vuelco incómodo.

Por culpa.

—Hola.

Dejé las porciones de tarta sobre la encimera de la cocina americana y me acerqué un poco más.

—Yo… quería disculparme contigo.

Dante arqueó apenas una ceja.

—No tienes por qué hacerlo, de verdad.

—Sí que tengo. Por la denuncia. Y por la queja al Colegio Notarial también. Espero que no te haya repercutido negativamente.

Alexis soltó desde el sofá:

—Bueno, empezamos fuerte la tarde.

Le lancé una mirada asesina.

Dante, en cambio, sonrió un poco.

—No te preocupes. Todo se aclaró.

—Sí me preocupa.

Él negó despacio mientras volvía a sentarse.

—Vera, entendí perfectamente por qué reaccionaste así.

Me quedé callada escuchándolo.

—De hecho —continuó—, lo correcto habría sido hablar contigo inmediatamente después de la muerte de Sofía. Explicártelo todo antes de que encontraras aquella documentación sola.

Noté otra vez el pecho encogerse ligeramente al escuchar el nombre de mi madre.

Dante apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Pensaba hacerlo en los días siguientes. Pero desapareciste rumbo a la Toscana prácticamente de un momento para otro y… cuando quise reaccionar ya tenía una denuncia encima.

Alexis levantó una mano.

—Técnicamente dos.

—Gracias por el apoyo moral —murmuró Dante.

No pude evitar una pequeña risa.

Muy pequeña.

Y quizás por eso el ambiente se relajó un poco.

Me senté frente a ellos despacio.

—Supongo que también pensé… no sé… que me tenías cierta inquina desde joven.

Dante abrió mucho los ojos fingiendo sorpresa.

—¿Yo?

—Dante Aldecoa, no te hagas ahora el amable. Tú y este idiota fuisteis bastante petardos conmigo durante años.

Alexis levantó inmediatamente un dedo.

—Eh, habla por ti.

Lo miré indignada.

—¿Perdona? ¿Quién escondía mis mochilas?

—Eso era humor creativo.

—¿Y quién se reía detrás?

Dante se señaló el pecho lentamente.

—Objeción. Yo era observador neutral.

—Tú le seguías el rollo.

Él terminó riéndose por fin.

Y fue raro.

Porque no recordaba haber visto a Dante reírse así nunca. Sin pose. Sin esa imagen impecable de notario perfecto que parecía llevar pegada desde siempre.

El tiempo le había sentado bien. Y no solo en lo físico. Creo que era la primera vez en mi vida que hablaba en serio con él. Ambos me dieron charla. Y Dante se mostró muy comprensivo.

Y aun así, mientras hablábamos los tres, mi cabeza seguía marchándose a Italia constantemente.

A Lorenzo.

A cómo habría reaccionado él allí sentado. A las barbaridades que habría soltado cada treinta segundos solo para hacerme reír.

El móvil vibró justo entonces sobre la mesa.

Y el corazón me dio un salto automático.

Lorenzo.

Alexis vio inmediatamente mi cara.

—Mírala.

—Calla.

—No, no. Enséñamelo.

—Ni de coña.

Dante observaba la escena divertido mientras yo abría el mensaje intentando disimular.

“He intentado cocinar para una sola persona y es deprimente. Creo que voy a demandarte”.

Tuve que sonreír.

Otra vez.

Alexis señaló inmediatamente.

—Ahí está la sonrisa de enamorada. Ya le salió, Dante. Mi hermana está loquita por un bohemio de la Toscana.

—Te odio muchísimo.

—Y yo estoy vivo gracias a la medicina y al cotilleo. Déjame disfrutar.

Dante soltó una risa baja mientras negaba con la cabeza.

—Definitivamente te has perdido muchas cosas en Houston.

—Lo sé. Ella ha vivido una película romántica y yo he estado vomitando por la quimio.

—Muy injusto todo, pero no tengo la culpa de eso —murmuré.

La tarde terminó alargándose más de lo previsto.

Dante pidió cena. Y acabamos los tres alrededor de la mesa del salón, cenando comida japonesa mientras Alexis criticaba mi obsesión por colocarle las medicinas por colores.

Mi hermano estaba allí.

Vivo.

Recuperándose.

Y aunque el dolor por mamá seguía apareciendo a ratos, ya no lo hacía todo oscuro.

En un momento dado, mientras Alexis discutía conmigo porque quería saltarse un medicamento “porque sabía fatal”, levanté la vista y me encontré a Dante observándonos con una expresión extrañamente suave.

—¿Qué? —pregunté.

Él sonrió apenas.

—Nada.

—Eso siempre significa algo.

Dante apoyó la copa de agua sobre la mesa.

—Solo estaba pensando que Sofía estaría tranquila viéndoos así.

Y aquella frase me caló hondo.

Porque era cierto.

Porque ella desde donde estuviera, no nos vería discutir.

Solo vería cariño.

Solo vería memoria.

Y quizás un poco de paz.