Capítulo 24
El vuelo de Alexis aterrizó con veinte minutos de retraso.
Veinte minutos que pasé caminando por la zona de llegadas del aeropuerto con los nervios a flor de piel.
Cuando por fin lo vi aparecer, con una mochila pequeña al hombro, una carpeta médica bajo el brazo y la cara todavía pálida, todo lo que había ensayado desapareció.
Alexis se detuvo al verme.
Sonrió.
—No traes pancarta. Me decepcionas.
Me eché a llorar antes de llegar hasta él.
—Idiota.
Lo abracé con cuidado, casi con miedo de hacerle daño, pero él me rodeó con un brazo y apoyó la barbilla sobre mi hombro.
—Estoy entero, Vera.
—Estás flaquísimo.
—Gracias. En Houston lo llamaban recuperación.
—En San Sebastián lo llamamos “te voy a cebar”.
Soltó una risa débil, pero real.
Y aquello fue suficiente para que algo dentro de mí se aflojara.
Lo llevé a su piso directamente. Durante el trayecto me fue contando cosas prácticas: las citas de seguimiento, los informes, las recetas que traía de Houston, la medicación que debía comprar aquí y las pautas que tenía que entregar al oncólogo.
Hablaba con naturalidad, pero yo notaba el cansancio en cada pausa, en la forma en que cerraba los ojos algunos segundos cuando creía que no lo miraba.
Al llegar, dejé su maleta en el dormitorio y puse la carpeta sobre la mesa del salón.
—A ver. Medicinas.
Alexis se quitó la chaqueta con esfuerzo.
—Vera, no hace falta que…
—No termines esa frase.
—Soy un adulto.
Le miré muy seria.
—Alexis, de pequeño convenciste a mamá de que un parte disciplinario era una autorización para una excursión a una granja. Más de una vez… Conmigo no cuela.
—Eso fue estrategia documental.
—Fue fraude escolar.
—Prescribió.
—A mí no me engañas.
Él sonrió mientras se dejaba caer en el sofá.
—Sigues siendo mandona.
—Y tú sigues necesitando supervisión.
Abrí la carpeta, revisé las recetas y separé lo que ya traía de lo que había que comprar en España. Había nombres largos, dosis, horarios y varias anotaciones en inglés que me hicieron desear tener a Maya al lado para insultar el sistema sanitario internacional con gracia.
—Voy ahora a la farmacia.
—Puedes ir mañana.
—Voy ahora.
Me giré hacia él con las llaves en la mano.
—No me iré a mi casa hasta dejarte todo organizado. Medicación, comida, citas, informes, nevera, sofá y, si hace falta, hasta el mando de la tele clasificado por jurisdicciones.
Alexis levantó las manos.
—Vale, vale. Dictadura sanitaria aceptada.
—Muy sensato por tu parte.
Cuando volví de la farmacia, él estaba mirando las fotos que yo había colocado sobre la mesa baja. Había una de los dos de pequeños en la playa, otra de papá con un casco de obra y una de mamá riéndose en la cocina, con una copa en la mano y la melena al viento.
—Me sentí fatal cuando mamá me hizo la donación —me confesó.
El corazón se me apretó.
—Alexis…
—No. Déjame decirlo. Me sentí fatal entonces y me siento fatal ahora. Sabía que no era justo para ti. Ella decía que tú eras fuerte, que tenías trabajo, cabeza, una vida montada… y que yo necesitaba “un empujoncito desde el más allá”. Sabía que soy una calamidad.
—No digas eso.
—Es lo que pensaba.
Me acerqué hasta él.
—Eso ya quedó atrás.
Negó despacio.
—No debería haber aceptado.
—Estabas enfermo. Mamá estaba aterrada. Los dos hicisteis lo que pudisteis con un miedo enorme encima.
Alexis me miró con esa tristeza suya nueva, más honesta que la de antes.
—Tú perdiste tu parte de la herencia en ese momento.
—Perdí a mamá. La casa era importante, sí. Muchísimo. Pero tú estás aquí.
Se le quebró la cara.
—Vera…
Le cogí la mano.
—Ni una palabra más sobre compensarme. Ponte bien. Eso es lo único que quiero.
Aquella noche cenamos sopa, tortilla francesa y un brindis con agua con gas porque tenía prohibidísimo el alcohol con la medicación.
—Por la vida —dijo él levantando el vaso.
—Por la vida —repetí.
Después hablamos de mamá.
De verdad.
Sin reproches.
Sin atravesarnos con frases antiguas.
Recordamos cómo se enfadaba si dejábamos zapatos en el pasillo, cómo cantaba fatal cuando cocinaba, cómo seguía llamando “el niño” a Alexis aunque tuviera ya más años que un bosque y un sinfín de cosas más.
Él se rio tanto que acabó tosiendo.
—No te emociones, superviviente —le advertí acercándole agua.
—Qué pesada eres.
—Sí. Y te queda mucha hermana por aguantar.
Me miró con una sonrisa cansada.
—Me alegro.
Y yo también.
Por primera vez en mucho tiempo, en aquel salón pequeño, con la fotografía de mamá en la estantería y mi hermano vivo a mi lado, sentí que algo roto empezaba a encajar despacio.