Lo que casi destruimos Capítulo 23
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Capítulo 23

Me instalé en mi asiento del avión. Faltaban apenas unos minutos para el despegue.

Y creo que empecé a extrañar a Lorenzo incluso antes de que la Toscana se despidiera de mí.

Me quedé mirando por la ventanilla un buen rato, abrazada a la sudadera gris que le había robado semanas atrás y que todavía olía ligeramente a él, a pintura y a colonia cítrica.

Había dormido poco.

Demasiado poco.

Porque la noche anterior había sido bonita y tristísima al mismo tiempo. Lorenzo intentó bromear hasta el último segundo, diciéndome que quizás encontraría otra española menos problemática que yo.

Y luego había terminado besándome en mitad de la terminal con esa forma suya de abrazarme que parecía pedir un minuto más constantemente.

Cerré los ojos un instante apoyando la cabeza contra el asiento.

Mis días en la Toscana habían quedado atrás.

Pero no del todo.

Una parte de mí seguía allí.

El móvil vibró justo entonces.

Y sonreí automáticamente al ver su nombre.

Lorenzo.

Abrí el mensaje.

“No te echo nada de menos. La villa está mucho más silenciosa, limpia y organizada sin ti”.

La carcajada me salió sola en mitad del avión.

Respondí inmediatamente.

“También me siento aliviada sin ti”.

La respuesta llegó apenas un minuto después.

“Pero nuestra planta favorita se ha quedado mustia al no verte. Al contrario que yo, que estoy genial”.

Tuve que taparme la sonrisa con la mano mientras una señora del asiento de al lado me miraba divertida.

Y durante unos segundos el pecho dejó de doler tanto.

Volver a San Sebastián fue extraño.

Bueno.

Y raro.

La ciudad seguía siendo la de siempre. El mar. Las calles elegantes. El aire húmedo entrando desde la bahía. Todo seguía exactamente donde lo había dejado.

Pero yo no era exactamente la misma.

Cuando entré en mi piso me recibió un silencio enorme.

Dejé la maleta en mitad del salón y me quedé quieta unos segundos mirando alrededor.

Después respiré hondo.

—Vale —murmuré para mí misma—. A sobrevivir otra vez.

Alexis todavía tardaría un par de días en volver desde Houston y yo seguía de permiso, así que el tiempo parecía extrañamente suspendido.

Aquella misma noche me pasé horas pensando en ideas para recibirlo.

Globos descartados porque no eran de su gusto.

Carteles demasiado cursis.

Flores quizás sí.

Comida casera definitivamente no porque Alexis había sobrevivido a un tumor y no merecía morir intoxicado por mis habilidades culinarias.

Al día siguiente quedé con Maya para comer.

En cuanto me vio aparecer por la terraza del restaurante abrió muchísimo los brazos.

—Mírala. Si es mi amiga, la italiana.

Me eché a reír abrazándola fuerte.

—Calla.

Maya se apartó apenas para observarme.

—Vale. Confirmado. Vienes mucho más guapa.

—Eso es mentira.

—No. Pero también vienes triste. Si ya sabía yo que te estabas enamorando…

—“Enamorando” es mucho decir. Que lo echo un pelín de menos, pues no te lo niego.

—Es que si me lo negaras te crecería la nariz tres palmos por lo menos —me dijo tomando medidas.

—Eres más payasa…

Nos sentamos fuera, frente al puerto, mientras el viento movía ligeramente las sombrillas de la terraza y el olor a mar lo llenaba todo.

Le conté cosas de los últimos días como si fuera una ametralladora.

Y Maya terminó apoyando la barbilla sobre una mano mirándome fijamente.

—Estás enamorada. Definitivamente, andas coladita por él.

Casi me atraganto con el agua.

—No dramatices. No es para tanto…

—Vera.

—¿Qué?

—Has pronunciado “Lorenzo” cuarenta veces en cinco minutos.

Me tapé media cara riéndome.

—Es que es muy fácil quererlo. Ya lo sabes. Me encantaría ser como tú, que has pasado de Elia como de la mierda, pero yo no puedo. A mí me va a costar…

Maya sonrió un poco más suave entonces.

—¿Y qué vais a hacer ahora?

Bajé la mirada hacia el plato unos segundos.

—No lo sé.

Y era verdad.

No lo sabía.

Porque Italia quedaba lejos.

Porque la vida real empezaba otra vez.

Porque Alexis volvía aún enfermo y necesitándome.

Y aun así, cada vez que pensaba en Lorenzo, sentía algo cálido creciendo dentro del pecho.

El móvil volvió a vibrar justo entonces.

Otro mensaje suyo.

“Acabo de descubrir que dejaste un bikini en un cajón. Creo que legalmente eso significa que algún día te lo devolveré”.

Maya leyó mi cara inmediatamente.

—Está escribiéndote.

—Sí.

—Y tú estás poniendo sonrisa de adolescente.

Le enseñé el mensaje.

Ella soltó una carcajada.

—Vale. Me cae demasiado bien ese granuja, lo admito.

Aquella tarde estuvimos paseando por la ciudad pensando ideas con las que sorprender a Alexis cuando llegara.

Terminamos enmarcando varias fotografías antiguas de cuando mi hermano y yo éramos niños.

Le regalaría algunas y yo me quedaría otras para cuando me dieran mi piso nuevo, cosa que estaba al caer.

Y me sorprendí a mí misma pensando que preparar algo relacionado con mi hermano dejó de dolerme.

Empezaba a sentirse hogar otra vez.

Aquella noche apenas dormí de los nervios.

Y a la mañana siguiente, mientras conducía hacia el aeropuerto con música melódica sonando en el coche y el corazón acelerado dentro del pecho, pensé que quizás la vida seguía siendo imprevisible y agotadora.

Pero también estaba empezando a devolverme cosas espléndidas.