Lo que casi destruimos Capítulo 22
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Capítulo 22

Mi última noche en la villa y no podía evitar el hecho de que deseaba perderme en el verde de sus ojos.

Eso fue lo primero que pensé cuando vi a Lorenzo aparecer por el jardín al atardecer con una mesa pequeña entre las manos, varias velas metidas bajo el brazo y esa expresión sospechosamente satisfecha que siempre ponía cuando estaba organizando algo.

Yo acababa de salir de la ducha y llevaba todavía el pelo húmedo y una camiseta blanca sencilla con un pantalón corto vaquero.

Me quedé mirándolo desde la terraza.

—¿Qué estás haciendo?

Lorenzo levantó apenas la vista.

—Una despedida italiana digna.

—Eso me seduce.

—Perfecto. Es la reacción correcta.

Solté una risa pequeña mientras él seguía colocando cosas por el jardín con una concentración casi artística. Había bajado una manta enorme junto a la piscina, llenado la mesa de velas pequeñas y colocado flores silvestres dentro de botellas antiguas de cristal.

Todo olía a primavera.

A jazmín.

A Toscana.

Y a final.

Eso era lo peor.

Lorenzo apareció otra vez unos minutos después llevando una bandeja llena de comida y dos copas de vino.

—¿Has cocinado tú solo todo esto? —me burlé, pues ya estaba acostumbrada a sus deliciosas cenas.

—Sí.

—¿Y no has incendiado la villa?

Él se llevó una mano al pecho fingiendo indignación.

—Qué poca fe tienes en el hombre que te enseñó a amar el parmesano. No soy como tú. No necesito extra de seguro contra incendios.

Terminé riéndome mientras me sentaba sobre la manta.

La cena fue preciosa.

Simplemente preciosa.

Pasta fresca. Quesos. Pan caliente. Vino frío. Música italiana sonando bajita desde un altavoz pequeño perdido entre las plantas del jardín.

Y Lorenzo mirándome constantemente de esa forma que ya me dolía un poco.

Hablamos muchísimo aquella noche.

Entre otros temas, de la infancia de Lorenzo con su nonna en aquella misma villa. De cómo ella llenaba la casa de tomates secándose al sol y gritaba en italiano cada vez que él se manchaba pintando.

—Y ahora eres tú quien grita cuando cocino —comenté.

—Porque eres un caos culinario maravilloso.

Le lancé una aceituna y él la atrapó riéndose.

Pero debajo de las bromas estaba aquello.

La despedida.

Los dos lo sabíamos.

Y quizás por eso todo parecía todavía más intenso.

Más bonito.

En un momento dado Lorenzo desapareció dentro de la casa unos minutos.

Volvió con algo envuelto en tela clara entre las manos.

Lo dejó frente a mí despacio.

—¿Qué es eso?

—Ábrelo.

Fruncí el ceño mientras retiraba la tela lentamente.

Y me quedé completamente inmóvil.

Era un retrato mío.

No perfecto.

Mucho más que eso.

Era un retrato de mí sentada junto a los viñedos el día que me había dibujado por primera vez en aquella libreta pequeña. El pelo movido por el aire. La sonrisa apenas insinuada. La mirada mucho más tranquila de lo que yo recordaba haber estado entonces.

Noté el pecho cerrándoseme de golpe.

—Lorenzo…

Él me observaba en silencio desde el otro lado de la manta.

—Te veo así.

Las lágrimas me subieron inmediatamente a los ojos.

—Es precioso.

—No. Tú lo eres.

Me tapé media cara riéndome entre lágrimas.

—Odio cuando dices cosas increíbles porque no sé reaccionar.

Lorenzo sonrió apenas.

—Pues acostúmbrate un poco más.

Me acerqué hasta él con el cuadro todavía entre las manos y terminé besándolo lentamente bajo las luces cálidas del jardín.

Un beso largo.

Tranquilo.

Con esa tristeza dulce que tienen las cosas que sabes que vas a echar muchísimo de menos.

Después Lorenzo puso otra canción.

Y en cuanto escuché los primeros acordes de Felicità , levanté la vista hacia él sonriendo.

—No has hecho eso.

—Claro que sí.

Se levantó antes de tenderme la mano.

—Baila conmigo, monumento.

Solté una risa suave mientras me levantaba también.

Terminamos bailando despacio en mitad del jardín, descalzos, rodeados de luces pequeñas y olor a hierba húmeda. Lorenzo cantaba partes de la canción en italiano pegado a mi oído mientras yo intentaba seguirlo fatal.

—Pronuncias horrible —murmuró riéndose.

—Pues tú el español tampoco lo llevas perfecto del todo, listillo, que lo sepas.

—Pero soy guapo. Compensa.

Le rodeé el cuello con los brazos sonriendo.

Y entonces pensé algo que me hizo daño.

Que felicidad quizás era exactamente aquello.

La música.

La Toscana.

El cuerpo de Lorenzo abrazándome bajo las estrellas.

Y la posibilidad imposible de quedarme allí para siempre.

Debió notar algo en mi cara porque dejó de bromear unos segundos.

— Hey.

Lo miré.

—No estés triste todavía.

El corazón se me rompió un poco más.

—Voy a echarte muchísimo de menos, ya te lo dije.

Lorenzo me acarició despacio la mejilla.

—Yo muchísimo más.

Nos besamos otra vez.

Lento.

Suave.

Y aquella noche no hubo urgencia entre nosotros.

Ni deseo desesperado.

Solo necesidad de permanecer cerca.

Terminamos tumbados sobre la manta enorme junto a la piscina, abrazados bajo el cielo abierto mientras la música seguía sonando bajita desde la terraza.

Lorenzo me acariciaba el pelo con mimo.

Yo tenía la cabeza apoyada sobre su pecho escuchando su respiración.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmuré.

—¿Qué?

—Que siento que una parte de mí va a quedarse aquí contigo.

Él besó mi frente despacio.

—Entonces yo cuidaré esa parte hasta que vuelvas. Porque confío en que también vengas a verme.

Las lágrimas me subieron otra vez.

Pero aquella vez no lloré.

Solo me abracé más fuerte a él.

El aire era cálido. Las estrellas parecían muchísimo más brillantes lejos de la ciudad y el sonido de los grillos llenaba toda la noche.

En algún momento Lorenzo terminó quedándose dormido conmigo entre sus brazos.

Y yo también.

Allí.

Bajo el cielo de la Toscana.

En la última noche perfecta antes de que todo cambiara.