Lo que casi destruimos Capítulo 21
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Capítulo 21

La llamada de Alexis llegó a media tarde, justo cuando Lorenzo y yo volvíamos del mercado de un pueblo cercano cargados de bolsas y discutiendo porque él insistía en comprar flores “aunque yo fuera la más bonita de todas las que había en la villa”.

Y yo le decía que se dejara de pamplinas y que teníamos muchas.

—Nunca hay demasiadas flores —protestó mientras abría la puerta de casa.

—Eso lo dices porque no eres quien cambia el agua de los jarrones.

—Pequeños detalles técnicos.

Mi móvil empezó a sonar justo entonces.

Y en cuanto vi el nombre de Alexis, el corazón me dio un vuelco.

Contesté tan rápido que casi se me cae una de las bolsas.

—¿Alexis?

La imagen apareció unos segundos después y, aunque seguía un tanto demacrado, había algo nuevo en su cara.

Luz.

—Tengo noticias.

Noté inmediatamente cómo se me aceleraba el pulso.

—¿Buenas?

Él sonrió apenas.

—Ya puedo volver a España, me dan vía libre.

Me quedé completamente quieta.

—¿En serio?

—Los médicos están contentos con la evolución. Seguiré el tratamiento allí dentro de unos días.

Sentí el alivio extenderse por mi cuerpo.

Tan fuerte que tuve que apoyarme una mano en el pecho.

—Dios mío…

Mi hermano soltó una risa pequeña.

—No te emociones tanto, que todavía sigo siendo insoportable.

Me tapé media cara mientras empezaba a llorar otra vez.

Pero esta vez distinto.

Mucho más bonito.

—Entonces yo también vuelvo —dije enseguida—. Quiero estar allí cuando llegues.

—No hace falta que corras.

—Claro que hace falta.

Él sonrió despacio desde la pantalla.

—Vale. En ese caso, será bonito verte en el aeropuerto por una vez sin cara de querer asesinarme.

Aquello consiguió hacerme reír entre lágrimas.

Lorenzo observaba la escena desde la cocina, apoyado contra la encimera, con una expresión tranquila que se volvió un poco más apagada en cuanto escuchó la palabra “volver”.

Y yo lo entendí inmediatamente.

Porque aquello cambiaba algo.

Porque el tiempo empezaba a acabarse.

Aquella noche cenamos tarde.

Muy tarde.

La villa estaba completamente abierta y el aire cálido de la Toscana entraba desde el jardín mezclado con olor a jazmín y vino.

Mi pintor favorito cocinó casi en silencio por primera vez desde que lo conocía. Seguía haciéndome bromas pequeñas, sí. Seguía rozándome la cintura al pasar junto a mí y robándome besos rápidos en mitad de la cocina.

Pero había algo distinto debajo.

Algo más triste.

Cuando terminamos de cenar, llevamos las copas al jardín y nos tumbamos juntos en el sofá exterior, frente a la piscina iluminada.

El agua reflejaba la luna en pequeñas ondas doradas.

Y yo sentía un nudo creciendo poco a poco dentro del pecho.

Respiré hondo antes de hablar.

—Me iré en un par de días.

Lorenzo ya lo sabía.

Claro que lo sabía.

Aun así, escucharlo en voz alta pareció apagarle un poco la mirada.

Bebió un sorbo de vino antes de girarse hacia mí.

—Te voy a echar muchísimo de menos.

La sinceridad de aquella frase me rompió completamente.

Las lágrimas me subieron tan rápido que ni siquiera pude disimularlas.

Lorenzo dejó inmediatamente la copa sobre la mesa.

—Hey…

Negué intentando recomponerme.

—Es que no sé… —me reí entre lágrimas—. No sé cuánto te voy a echar de menos yo también.

Él me acercó hacia su pecho lentamente.

Y yo terminé abrazándolo fuerte, escondiendo la cara contra su cuello mientras intentaba respirar.

—Pero entiendo que tú tienes tu vida aquí —murmuré—. Esta villa… tus cosas… Y yo en España tengo mi trabajo, que además es fijo. Y ahora también tengo a mi hermano, al que siento que acabo de recuperar.

Lorenzo permaneció callado unos segundos antes de responder.

—Sí. Es verdad.

Noté cómo me acariciaba despacio la espalda.

—Tú tienes tu vida allí y yo la tengo aquí. Mis clientes. Mis trabajos. La villa de mi nonna …

Cada palabra dolía un poco más.

Porque eran ciertas.

Porque aquello nunca había sido una historia preparada para durar eternamente.

Levanté apenas la cabeza para mirarlo.

—No hace falta que digas nada más.

Lorenzo me observó fijamente bajo la luz suave del jardín.

Había muchísimas cosas en sus ojos aquella noche.

Cariño.

Pena.

Miedo también.

—Prométeme solo una cosa —murmuré.

—La que quieras.

Tragué saliva despacio.

—Que nos volveremos a ver alguna vez.

Él sonrió de medio lado.

Una sonrisa triste.

Pero real.

—Eso seguro.

Me acarició la mejilla con muchísima suavidad.

—Iré a verte, Vera.

Noté otra vez el pecho completamente desordenado.

—¿Sí?

—Sí.

Después acercó su frente a la mía unos segundos antes de hablar otra vez.

—Y quiero que sepas algo.

Lo miré en silencio.

—Te estás convirtiendo en una persona muy importante en mi vida, Vera. Que lo nuestro no pueda continuar no significa que me hayas sido indiferente en absoluto.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi dolió.

Porque Lorenzo nunca hablaba por hablar.

Y precisamente por eso, cuando lo hacía, todo parecía muchísimo más verdadero.

Le acaricié la cara con cariño.

—Tú también.

Nos besamos despacio al principio.

Con calma.

Con esa tristeza suave de quienes ya empiezan a despedirse incluso antes de separarse.

Después el beso cambió.

Más profundo.

Más necesitado.

Lorenzo me levantó entre sus brazos y me llevó hasta la habitación mientras yo seguía besándolo y notaba cómo todo dentro de mí quería aferrarse un poco más a aquel momento.

Hicimos el amor con pausa aquella noche.

Sin prisas.

Sin juegos.

Solo piel, caricias largas y besos que parecían querer memorizarse mutuamente.

Él me tocaba con una delicadeza que me partía el alma. Me besaba los hombros, las manos, el cuello, la frente, como si quisiera quedarse con cada parte de mí antes de que desapareciera de aquella casa.

Y yo terminé llorando otra vez entre sus brazos en mitad de un beso.

Él se apartó apenas para mirarme.

—Hey… no llores.

Sonreí entre lágrimas.

—No puedo evitarlo.

Lorenzo me abrazó todavía más fuerte.

—Entonces llora aquí.

Y eso fue casi peor.

Porque nadie me había sostenido así en muchísimo tiempo.

Nos quedamos despiertos hasta muy tarde, abrazados entre las sábanas revueltas, hablando de tonterías para no hablar realmente del final.

Hasta que el sueño terminó venciendo.

A la mañana siguiente abrí los ojos antes que él.

La luz suave del amanecer entraba por las contraventanas y Lorenzo seguía dormido junto a mí, boca abajo, con un brazo cruzado sobre mi cintura.

Me quedé observándolo largo rato.

Pensando que iba a echar de menos aquella habitación.

Aquella villa.

Aquella forma suya de mirarme.

Y sobre todo pensando algo que empezaba a darme muchísimo miedo admitir.

Que una parte de mí ya se había quedado allí con él incluso antes de subir al avión de vuelta.