Capítulo 20
Las semanas siguientes fueron extrañamente felices.
De esas felicidades tranquilas que no se rumian, pero terminan instalándose debajo de la piel.
Alexis seguía en Houston recuperándose poco a poco. Más delgado. Más cansado algunos días. Pero vivo. Y cada vez que hablábamos por videollamada parecía tener algo más de color, algo más de fuerza y también muchas más ganas de tocarme las narices.
Aquella mañana, por ejemplo, había pasado veinte minutos criticando el acento italiano de Lorenzo.
—Ese tío, pronuncia mi nombre como si fuera protagonista de una película erótica.
—No te hagas ilusiones. Cuando pienso en ti, no lo relaciono con nada erótico —respondió Lorenzo desde la cocina.
—¿Ves? Ya la has cagado.
—Joder, debiste decirme que estaba ahí.
—Pero entonces no se te hubiera soltado la lengua.
Me había reído muchísimo.
Y quizás por eso aquella tarde me sentía ligera otra vez mientras caminaba descalza por la villa con una camiseta enorme de Lorenzo y el pelo recogido a lo loco.
La Toscana empezaba ya a parecerme hogar.
Eso daba vértigo.
Lorenzo llevaba varios días empeñado en devolverme parte del dinero que yo había pagado por adelantado al alquilar su casa familiar. Según él, “ya no podía permitir semejante abuso financiero” porque se quedaba allí todos los días.
Según yo, estaba idiota.
Aquella tarde volvió a sacar el tema mientras revisaba unas fotografías en el portátil del salón.
—Te he hecho una transferencia.
Levanté la vista inmediatamente desde la cocina.
—¿Qué has hecho?
—Lo que acabas de escuchar.
Solté un resoplido indignado.
—Lorenzo.
Él siguió mirando la pantalla con toda la tranquilidad del mundo.
—Vera.
—Te mato.
—Eso sería delito internacional.
Salí de la cocina directamente hacia él con la cuchara de madera todavía en la mano.
—Te he dicho mil veces que no quiero ese dinero.
Lorenzo levantó por fin la mirada y sonrió apenas al verme allí plantada en mitad del salón en modo amenaza culinaria.
—Y yo te he dicho mil veces que no pienso vivir gratis eternamente.
—No vives gratis.
—Vivo contigo desde hace semanas, duermo contigo y además cocinas fatal para mí. Eso merece contribución económica.
Abrí muchísimo los ojos.
—¿Perdona? ¿Cocino fatal?
—Bueno… podrías hacerlo mejor.
Le lancé la cuchara y él la atrapó riéndose.
—Imbécil.
Lorenzo cerró el portátil y me atrajo hacia él de la cintura hasta sentarme encima de sus piernas.
— Amore , hablo en serio.
—Y yo también. No quiero tu dinero.
—Entonces me marcharé unos días a la casa del pueblo hasta que aceptes negociar.
Me eché a reír inmediatamente.
—Claro. Y voy yo y me lo creo.
—Soy un hombre digno.
—Eres un drama con el pelo algo largo.
Lorenzo fingió ofenderse mientras me rodeaba la cintura.
—No puedes jugar con los sentimientos de un artista italiano.
Le acaricié el pelo apartándole algunos mechones de la frente.
—Estamos muy a gusto juntos, Lorenzo. Pero una cosa son los negocios y otra el amor.
Él entrecerró los ojos.
—Eso ha sonado sospechosamente adulto.
—Trabajo entre expedientes judiciales. A veces se me escapan frases de señora responsable.
—Horrible. Tengo que besarte para compensarlo.
Y lo hizo.
Despacio primero.
Sonriendo todavía contra mi boca.
Luego algo más profundamente cuando terminé rodeándole el cuello con los brazos y olvidándome por completo de la discusión del dinero.
La vida con Lorenzo tenía un punto de sencillez que me encantaba.
Eso era quizás lo más desconcertante.
Nos movíamos bien juntos.
Demasiado bien.
En lo que no cedí fue en lo del pago del alquiler porque no me parecía bien.
Yo había apoquinado por pasar allí un tiempo y los gastos de la villa no se cubrían solos, de modo que, en cuanto me llegó el dinero, se lo envié de nuevo.
Y le prometí que, si se le volvía a ocurrir hacerlo, se lo devolvería doble. No tuvo más remedio que claudicar.
Él seguía marchándose algunas horas al día para trabajar en encargos de pintura por distintos pueblos de la zona. A veces volvía lleno de manchas de óleo. Otras cargado con flores robadas de algún jardín o contando anécdotas sobre turistas alemanes que querían posar abrazando gallinas, por ejemplo.
Y yo empezaba a esperarlo.
Aquella tarde quise sorprenderlo.
Así que me metí en internet durante horas viendo vídeos de recetas mientras discutía mentalmente con señoras napolitanas que parecían decepcionadas conmigo incluso desde YouTube.
Cuando Lorenzo volvió al anochecer, olía toda la casa a tomate, albahaca y… un poco a chamuscado, pues estuvo a punto de quemárseme.
Entró dejando las llaves sobre la mesa.
—O huelo comida o huelo incendio.
Asomé la cabeza desde la cocina con orgullo.
—Bienvenido al restaurante.
Él dejó la mochila en el suelo lentamente.
—Tengo miedo.
—Respeta a la chef italiana.
—Tú eres vasca.
—La cocina no entiende de fronteras.
Lorenzo apareció en la puerta y se quedó mirándome unos segundos. Yo llevaba harina en la mejilla, una camiseta vieja manchada de salsa y cara de absoluta satisfacción conmigo misma.
Y él sonrió de esa manera suya que me desmontaba entera.
— Madonna… —murmuró—. Mira qué guapa está mi desastre favorito.
Noté el calor subir inmediatamente por el cuello.
—No cambies de tema. He preparado pasta.
Lorenzo abrió muchísimo los ojos mirando la encimera.
—¿Pasta de verdad?
—Más o menos.
—Esa respuesta no es demasiado convincente, pero me arriesgaré.
Me eché a reír mientras se acercaba para probar directamente la salsa con el dedo.
Después se quedó quieto.
—¿Qué? —pregunté nerviosa.
Lorenzo me miró completamente serio.
—Voy a casarme contigo por esto.
La carcajada me salió tan fuerte que terminé doblándome sobre la encimera.
—¡Mentiroso!
—No. Está increíble. De verdad, me has sorprendido para bien…
Me abrazó por detrás mientras yo seguía riéndome y enterró la cara en mi cuello.
—Además hueles a tomate y eso me parece raramente sexy.
—Tienes problemas mentales.
—Puede ser, porque estoy empezando a soñar contigo.
Terminamos cenando fuera, en la terraza iluminada por pequeñas luces cálidas, hablando de Italia, de España, de cuadros, de música y de absolutamente nada importante también.
Y durante un momento muy concreto de aquella noche, mientras Lorenzo discutía conmigo porque según él había conseguido “cocinar pasta italiana de un modo cautivador”, pensé que quizás el dolor seguía existiendo, sí.
Pero ya no ocupaba todo el espacio.
Y pensé también que las mejores sorpresas de la vida llegan cuando menos las esperas.
Y que vivir el día a día era lo mejor que podía hacer en aquel momento.
Y que Lorenzo era único e irrepetible.