Capítulo 19
Días después, la videollamada de Alexis llegó a media mañana, justo cuando Lorenzo y yo desayunábamos en la terraza de la villa.
Él estaba intentando convencerme de que los italianos desayunaban mejor que el resto del planeta mientras preparaba café y cortaba fruta con una concentración teatral.
—No podéis competir con nosotros —aseguró—. Tenemos café, azúcar y ego. El desayuno perfecto.
—En España tenemos tostadas con tomate.
Lorenzo levantó apenas una ceja.
—Vale. Eso sí es fuerte competencia.
Me estaba riendo cuando el móvil vibró sobre la mesa.
Y en cuanto vi el nombre de Alexis, el corazón me dio un vuelco.
Contesté tan rápido que casi tiré la taza.
—¿Alexis?
La imagen apareció unos segundos después.
Y lo primero que vi fue cansancio.
Muchísimo.
Pero también algo que llevaba semanas sin ver en su cara.
Calma.
—Hola, pesada.
La voz seguía sonándole débil, aunque infinitamente mejor que la última vez.
Noté los ojos llenándoseme inmediatamente.
—¿Cómo estás?
Alexis soltó aire despacio.
—Vivo. Que ya es bastante.
Me tapé media cara intentando contener la emoción. Le habían operado un par de días antes y desde entonces no pudimos hablar, aunque desde el hospital me confirmaron que la operación fue un éxito.
—¿Te encuentras bien?
Él asintió despacio desde la cama del hospital.
—Sí. Parece que bicho malo…
El alivio me atravesó tan fuerte que tuve que bajar la cabeza un segundo.
Lorenzo dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y vino hacia mí al notar mi cara.
—Pero todavía queda camino —continuó Alexis—. Ahora empezaré otra vez con quimio aquí en Houston.
El nudo en el pecho volvió raudo.
—¿Mucho tiempo?
—No demasiado. Unas semanas. Después podré continuar el tratamiento en España, que aquí te sacan los ojos.
Respiré hondo intentando mantenerme entera.
—Pues te lo gastas todo en ponerte bien, ¿me oyes? Todo.
Alexis sonrió apenas.
—Sí, mamá.
—No te hagas el gracioso.
—Es mi mecanismo de supervivencia favorito.
Solté una risa pequeña mezclada con lágrimas.
—Te juro que voy a matarte cuando vuelvas.
—Eso significará que sigo vivo, así que acepto el riesgo.
Negué con la cabeza sonriendo mientras Lorenzo me acariciaba despacio la espalda desde detrás, sin que él pudiera verlo.
Alexis lo notó enseguida.
Y arqueó lentamente una ceja.
—Mmm.
—¿Qué? —pregunté.
—Pareces contenta.
Me sonrojé automáticamente.
—Estoy contenta porque no te has muerto. No te emociones.
—Claro. Y yo soy Brad Pitt.
Lorenzo soltó una risa baja detrás de mí.
Alexis entrecerró los ojos desde la pantalla.
—Espera un momento… ¿Tienes a alguien ahí?
Me eché a reír por primera vez de verdad en días.
—Paso de ti…
—¡Vera!
—¿Qué? Estás vivo. Puedo volver a chincharte.
Alexis negó con la cabeza sonriendo mientras Lorenzo aparecía finalmente en plano con una taza de café en la mano.
— Ciao —saludó.
Mi hermano lo observó unos segundos.
—Así que tú eres el italiano que la tiene secuestrada.
—Y tú el hermano que casi la mata del susto.
—Me temo que sí.
—Bueno, que sepas que yo he hecho lo que he podido para mantenerla con vida.
Eso consiguió que Alexis se riera de verdad.
Y escuchar aquella risa después de semanas de angustia me removió algo enorme dentro del pecho.
Hablaron unos minutos más. Lorenzo terminó contándole que estaba intentando enseñarme italiano y Alexis respondió que eso era una amenaza en toda regla porque yo ya hablaba muchísimo en castellano.
Por un rato todo pareció normal.
Casi bonito.
Cuando colgué, me quedé mirando la pantalla apagada todavía con lágrimas en los ojos.
Pero esta vez eran distintas.
Lorenzo me rodeó la cintura por detrás y apoyó la barbilla en mi hombro.
—Ha ido bien.
Asentí despacio.
—Sí.
Y entonces sentí una pequeña esperanza real.
Aquella noche cenamos fuera.
Lorenzo me llevó a un restaurante perdido entre viñedos donde colgaban pequeñas bombillas sobre las mesas y sonaba música suave.
El aire seguía oliendo a tierra húmeda y vino.
Y yo llevaba horas mucho más tranquila.
Más ligera.
Hablamos de Alexis casi toda la cena. De cuando éramos pequeños. De las veces que mi hermano me escondía los deberes solo para verme llorar de rabia cinco minutos después. De cómo mi madre lo defendía a veces incluso cuando claramente era culpable para no sembrar la discordia entre nosotros.
Lorenzo se reía escuchándome.
—Tu familia suena caótica.
—Lo es… o lo era.
Sonreí mirando la copa de vino entre mis dedos.
—Pero Alexis, con todos sus fallos, es lo único que me queda.
Levanté la vista hacia él.
—Mi hermano es… no sé. Siento que lo estoy recuperando otra vez. Durante años estuvimos enfadados por tantas tonterías que casi se nos olvidó querernos.
Lorenzo me observó unos segundos en silencio.
Después dejó la copa sobre la mesa.
—No es lo único que tienes.
Fruncí apenas el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Él sostuvo mi mirada con calma.
—Que yo también existo en tu vida, Vera.
El corazón me dio un vuelco inmediato.
Porque sabía perfectamente lo que había detrás de aquella frase.
Bajé despacio la mirada.
—Lorenzo…
—No digo que tengas que decidir nada ahora.
La voz le salió tranquila, aunque pude notar algo de tristeza debajo.
—Pero no hables de ti misma como si estuvieras sola otra vez.
Tragué saliva lentamente.
—Tú te quedarás aquí en algún momento.
El ruido suave del restaurante siguió alrededor de nosotros mientras yo intentaba ordenar aquello dentro de mi cabeza.
—Y yo me marcharé a España.
Él bajó la vista un instante antes de volver a mirarme.
—Puede ser…
El pecho volvió a dolerme.
Porque escuchar la realidad en voz alta hacía que todo pareciera mucho más frágil.
Lorenzo debió verlo en mi cara porque se levantó de la silla y vino hasta mí.
Después me abrazó allí mismo entre las luces cálidas y el murmullo del restaurante.
Despacito.
Con paciencia.
Apoyé la cabeza contra su pecho cerrando los ojos.
—No quiero pensar en eso hoy —murmuré.
Él me acarició el pelo lentamente.
—Entonces no pensemos hoy.
Y durante unos segundos me quedé allí, abrazada al hombre del que empezaba a enamorarme sabiendo que el tiempo con él tenía fecha de caducidad.
Lorenzo consiguió que volviera a sonreír después de aquel abrazo prometiéndome el mejor tiramisú de toda la Toscana “o una indemnización sexual”.
Yo seguía algo removida por dentro, todavía demasiado consciente de lo que acabábamos de decirnos, pero él tenía esa capacidad extraña de suavizar los bordes de las cosas sin fingir que no dolían.
Pidió el postre directamente sin mirar la carta.
—Eso da miedo —murmuré.
—Confía en mí.
—Las mujeres inteligentes no hacemos eso tan rápido.
Lorenzo sonrió apenas.
—Entonces suerte que tú estás enamorándote y perdiendo facultades.
Abrí muchísimo los ojos.
—¡Lorenzo!
Él seguía bromeando al respecto cuando el camarero dejó el tiramisú sobre la mesa. Era enorme. Cremoso. Cubierto con cacao oscuro y virutas de chocolate.
—Madre mía.
—¿Ves? Cuido bien de ti.
Cogió una cucharilla y tomó primero un poco antes de acercármela directamente a los labios.
—Abre.
—No tengo cinco años.
—Obedece igual.
Terminé riéndome y probándolo.
Y casi gemí.
—Vale. Esto es ofensivamente bueno.
Lorenzo apoyó una mano sobre el pecho.
—Italia otra vez salvando el mundo.
Seguimos compartiendo el postre entre pequeñas bromas y silencios mucho más suaves que antes. A ratos me daba él de comer. Otras veces era yo quien le robaba la cucharilla justo antes de que llegara a su boca.
En un momento dado se quedó mirándome mientras yo intentaba quitar cacao de mi labio inferior con el dedo.
—¿Qué? —le pregunté.
Negó despacio.
—Nada. Solo estaba pensando que me gusta muchísimo verte reír.
Noté el calor subir de forma súbita por mi cuello.
—Eso ha sido muy bonito.
—De vez en cuando hasta me sale algo bonito…
Bajé la vista hacia el tiramisú intentando disimular la sonrisa.
—Creo que hacía años que no me sentía tan cuidada.
La frase salió sola.
Y en cuanto me escuché decirla, algo se removió dentro de mí.
Lorenzo dejó lentamente la cucharilla sobre el plato.
—Pues acostúmbrate un poco.
Levanté la mirada hacia él.
—¿Por qué eres así?
Él sonrió con calma.
—Porque tú llevabas demasiado tiempo sosteniéndolo todo sola.
El pecho volvió a encogérseme un poco.
Pero esta vez no de tristeza.
Era otra cosa.
Más cálida.
Más peligrosa para mi estabilidad emocional.
Lorenzo me rozó suavemente la mano sobre la mesa.
—Y porque cuando te conocí tenías una cara de mujer que necesitaba volver a sentirse querida. Aunque intentaras disimularlo todo el tiempo.
Tragué saliva lentamente.
Y no tuve ganas de esconderme detrás de ninguna broma.