Lo que casi destruimos Capítulo 18
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Capítulo 18

Al día siguiente Lorenzo insistió en sacarme de la villa desde temprano.

—Necesitas sol, cerveza y distraerte de tanto drama —sentenció mientras cerraba la puerta del Fiat.

—Mi vida no es dramática.

—Lloraste viendo un anuncio de pasta anoche.

—Era precioso.

—Era un señor cortando parmesano.

Le lancé una mirada ofendida mientras él arrancaba riéndose.

Terminamos en un pueblo pequeño junto a una plaza llena de terrazas y árboles enormes que daban sombra sobre las mesas.

Era uno de esos lugares donde parecía que nadie tenía prisa.

Ancianos jugando a las cartas. Niños corriendo detrás de una pelota.

Camareros hablando a gritos desde una esquina a otra.

Nos sentamos fuera, junto a una fuente antigua, y Lorenzo pidió dos cervezas italianas enormes y una tabla llena de embutidos, quesos y focaccia caliente.

—Tú me vas a devolver a España rodando —murmuré.

—Eso significa que he amado bien.

Solté una risa pequeña mientras el camarero dejaba las bebidas sobre la mesa.

La plaza estaba llena de vida aquella mañana. Una pareja joven pasó delante de nosotros empujando un carrito mientras una niña pequeña, de unos cinco años, iba saltando alrededor de ellos con dos coletas deshechas y un helado derritiéndosele sobre la mano.

El niño del carrito empezó a protestar por algo y la madre se inclinó enseguida hacia él mientras intentaba limpiarle la cara y tranquilizarlo al mismo tiempo.

Y el golpe me llegó de pronto.

Directo.

Me quedé observándolos sin apartar la mirada.

Porque durante un segundo vi a mi madre.

A Sofía.

Noté algo romperse despacio dentro del pecho.

Lorenzo debió percatarse porque dejó la cerveza sobre la mesa y me observó con calma.

—Estás pensando en ellos.

No era una pregunta.

Bajé la vista hacia mis manos.

—Sí.

La voz me salió bajita.

—En mi madre. Y en Alexis.

La pareja seguía alejándose por la plaza mientras la niña reía a carcajadas y el padre terminaba cargando al pequeño en brazos.

Suspiré despacio.

—Creo que mamá dejó de preocuparse por su propio corazón porque sabía que el de Alexis estaba peor. No físicamente solo… Todo. Su vida. Su miedo. Lo perdido que estaba.

Lorenzo escuchaba sin interrumpirme.

—Y supongo que una madre hace eso. Ponerse después. Siempre después. Aunque se esté cayendo a pedazos también.

Sentí los ojos llenándoseme otra vez.

—Yo estaba tan desconcertada… —murmuré—. Aunque me negué a pensar que hubiera preferido a mi hermano antes que a mí. Y no me equivoqué, resulta que estaba intentando salvarlo.

Lorenzo me tomó suavemente una mano sobre la mesa.

—No disponías de toda la información y, pese a ello, apostaste por su amor de madre.

Negué despacio.

—Sí, culpé a mi hermano. Y ahora no quiero que Alexis pase por esto solo.

Lorenzo me acarició los dedos con muchísima suavidad.

—Entonces no lo hará. Aunque esté lejos, seguirá teniéndote.

Aquello me emocionó todavía más.

Porque Lorenzo nunca intentaba arreglar el dolor con frases enormes. Solo estaba. Sosteniéndome un poco cuando yo sola no podía.

Lo intenté por activa y por pasiva el día anterior, pero mi hermano me prometió que necesitaba vivir el proceso en soledad, sentir por una vez en la vida que hacía las cosas por sí mismo. Pero eligió el peor momento para demostrarlo.

Me limpié discretamente una lágrima antes de coger la cerveza.

—Voy a acabar deshidratada de tanto llorar este mes.

Él sonrió apenas.

—No pasa nada. Italia tiene vino suficiente para compensarlo.

Eso consiguió arrancarme una risa verdadera.

Y poco a poco el día siguió avanzando.

Caminamos por calles estrechas llenas de tiendas pequeñas, flores colgando de los balcones y olor a pan recién hecho saliendo de algunas ventanas abiertas. La gente era muy hospitalaria. Una anciana incluso me pellizcó la mejilla y después le miró a él con aprobación descarada.

—¿Qué ha dicho? —le pregunté.

Lorenzo intentó disimular la sonrisa.

—Que eres troppo bella para mí.

—Mentirosa no parecía.

—Traición internacional.

Seguimos caminando entre risas suaves hasta que pasamos delante de un escaparate pequeño lleno de cerámica artesanal y joyitas hechas a mano.

Me detuve sin querer.

Había un colgante precioso colgado sobre lino claro. Una luna dorada pequeñita abrazando una estrella mínima.

Muy sencillo.

Muy delicado.

—Te gusta —dijo Lorenzo enseguida.

Negué automáticamente.

—Solo estaba mirando.

—Ajá.

Me aparté para seguir andando, pero él ya había abierto la puerta de la tienda.

—Lorenzo, no.

—Sí.

—No necesito nada.

Él se giró hacia mí desde dentro.

—Lo sé. Pero quiero comprártelo igual.

Entré detrás de él resoplando.

—Eres imposible.

—Y tú muy orgullosa.

La dueña de la tienda envolvió el colgante en un papel crema mientras él pagaba ignorando completamente mis protestas. Después salió a la calle y me lo entregó con una sonrisa que era para comérselo.

—Toma.

—No deberías haberlo hecho.

—Pero quería.

Abrí despacio el envoltorio y volví a mirar la luna dorada.

—Es precioso.

—Me recordó a ti.

Levanté la vista hacia él.

—¿Por qué?

Lorenzo metió las manos en los bolsillos mientras caminábamos otra vez.

—Porque parece delicado al principio. Pero sigue brillando incluso cuando está rodeado de oscuridad.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que tuve que apartar la mirada un instante.

—Eso ha sido muy bonito.

—Lo sé. Me estoy empleando a fondo contigo —bromeó.

Me eché a reír mientras aprovechaba para rodearme la cintura y acercarme hacia él por la calle.

Y durante un rato, caminando entre el sol de la Toscana y el ruido tranquilo de la plaza a nuestras espaldas, conseguí sentir algo que hacía semanas parecía imposible.

No felicidad completa.

Todavía no.

Pero sí algo parecido a esperanza.