Capítulo 17
Todo había dado un tremendo vuelco. Por lo visto, Dante llevaba días tratando de hablar con Vera hasta que aquella noche por fin la pilló en casa.
En cuanto a mi hermano, no me llamó porque según me contó también mi amiga, en el fondo se le caía la cara de vergüenza de haber tenido que aceptar también la que hubiera sido mi parte de la herencia por ser un manirrota total. Jamás tuvo un euro ahorrado.
El dinero ya no me importaba un bledo.
Tardé casi una hora en reunir valor para llamar a Alexis.
Una hora entera sentada en la cama con el móvil entre las manos y el pecho completamente roto mientras Lorenzo iba y venía por la habitación sin apartarse demasiado de mí, dándome espacio y compañía al mismo tiempo.
Cuando por fin marqué el número, las manos me temblaban tanto que casi se me cae el teléfono.
La videollamada tardó varios segundos en conectar.
Y cuando apareció la imagen de mi hermano, sentí otro golpe bestial en el pecho.
Porque estaba peor de lo que imaginaba.
Tenía la cara más delgada, ojeras profundas y una palidez extraña que nunca le había visto. Detrás de él se intuía una habitación de hospital enorme y completamente impersonal.
Alexis me miró en silencio unos segundos.
Después sonrió apenas.
—Hola, Vera.
Y yo me puse a llorar inmediatamente.
—Joder… —me tapé media cara intentando respirar—. ¿Por qué no me lo contaste?
Él bajó la vista un instante.
—Porque bastante tenías ya encima.
—No decidas tú eso por mí.
La voz me salió quebrada.
Alexis apoyó la cabeza contra el respaldo del sofá donde estaba sentado.
—Mamá quería contártelo. De verdad. Pero cada vez que lo intentaba pasaba algo. Su corazón. La casa. Tú tan enfadada conmigo…
Negué con la cabeza llorando todavía.
—Te denuncié.
—Lo sé.
—Pensaba que habíais engañado a mamá.
Él soltó una risa pequeña, agotada.
—Y conociéndome, entiendo perfectamente por qué.
Eso me hizo llorar todavía más.
Porque seguía siendo él.
Mi hermano desastre.
Mi hermano insoportable.
Mi hermano.
—No tienes que compensarme nada por la casa —dije intentando recomponerme un poco—. ¿Me oyes? Nada.
Alexis levantó la mirada hacia mí.
—Lo haré igual.
—Alexis…
—Vera, te entiendo. Entiendo tu enfado. Todo. Yo también habría pensado lo peor si me hubiera encontrado esa documentación.
Me pasé una mano por la cara completamente desbordada.
—Lo siento muchísimo.
Él guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Yo también siento haberte dejado sola con todo aquello.
Respiré hondo intentando serenarme.
—¿Qué tienes exactamente?
Alexis se quedó callado un momento.
Y entonces habló con una tranquilidad que me rompió todavía más.
—Un sarcoma cardíaco. Se ve que lo de la salud del corazón no es el fuerte de nuestra familia.
El mundo volvió a quedarse quieto.
—¿Qué?
—Es un tumor raro. Muy raro. Me lo detectaron hace poco porque empecé a cansarme muchísimo y sufría arritmias constantes. En España me hicieron primero quimio para intentar reducirlo. Funcionó un poco, pero no suficiente.
Noté el corazón desbocado dentro del pecho.
—¿Y Houston?
—Aquí tienen un tratamiento experimental combinado con cirugía. Es mi mejor opción ahora mismo.
La palabra “opción” me hizo daño.
—¿Y te has marchado solo?
Alexis sonrió apenas.
—Sí.
—Eso es una locura.
—Quizás. Pero necesito hacerlo así.
Cerré los ojos un segundo intentando no derrumbarme otra vez.
—No quiero perderte también.
La frase salió tan pequeña que casi ni la reconocí como mía.
Él bajó la cabeza despacio.
Y cuando volvió a mirarme, tenía los ojos brillantes.
—No pienso ponértelo fácil para que te libres de mí, pesada.
Aquello me rompió definitivamente.
Lloré otra vez mientras él intentaba bromear conmigo desde el otro lado del océano. Y es que noté que hacía demasiado que no hablábamos como hermanos y ese día parece que lo conseguimos.
Aquella tarde Lorenzo desapareció un rato sin decirme adónde iba.
Yo me quedé en la villa completamente deshecha, intentando procesar demasiadas emociones a la vez. Culpa. Pena. Miedo. Alivio. Todo mezclado de una manera insoportable.
Cuando volvió, casi al anochecer, traía bolsas de comida, flores pequeñas silvestres mal colocadas dentro de una botella de cristal y una expresión decidida.
—Hoy no vas a pensar más.
Le miré desde la terraza.
—Eso parece difícil.
—Por eso tengo plan.
Suspiré cansada.
—¿Qué clase de plan?
Lorenzo dejó las bolsas sobre la mesa exterior.
—Cena improvisada. Música. Vino. Y tú obedeciendo un poco.
—Eso último no me seduce.
—Hoy sí.
Terminó cocinando pasta fresca de la que tanto me gustaba mientras yo lo observaba desde la cocina con una copa de vino entre las manos. Había puesto música latina porque decía que los italianos y los españoles “lloraban demasiado bonito” y necesitábamos compensarlo.
En un momento dado empezó a sonar Si Antes Te Hubiera Conocido de Karol G y Lorenzo levantó inmediatamente la cabeza.
—Esta.
—¿Esta qué?
—Esta es nuestra canción triste-feliz de hoy.
Solté una risa cansada.
—Eso no tiene sentido.
—Perfecto. Baila conmigo igual.
Me llevó hasta el jardín casi a la fuerza mientras yo protestaba entre carcajadas suaves y agotadas. La noche se sentía cálida otra vez y las luces alrededor de la piscina convertían todo aquello en algo casi irreal.
Lorenzo me hizo girar lentamente entre sus brazos mientras Karol G sonaba desde el móvil.
—Estás inventando pasos —murmuré.
—Eso es arte.
Terminé riéndome otra vez contra su cuello mientras él seguía moviéndome despacio por el jardín.
Y durante unos minutos conseguí olvidarme de todo.
De Houston.
Del tumor de Alexis.
De la culpa.
Solo existían su cuerpo pegado al mío, la música y el olor de la noche toscana alrededor.
Cuando me besó después, sentí inmediatamente cómo cambiaba el aire entre nosotros.
Más suave.
Más profundo.
Subimos a la habitación casi sin hablar.
Y aquella vez hacer el amor con Lorenzo fue distinto.
Más lento.
Más emocional.
Había ternura en cada caricia. En la forma en que me besaba los hombros, la garganta, las manos. En cómo me miraba todo el rato, pendiente de mí, intentando reconstruirme un poco desde dentro.
Después nos quedamos tumbados entre las sábanas blancas con las ventanas abiertas y el sonido lejano de los grillos entrando desde el jardín.
Lorenzo terminó quedándose dormido abrazándome por la cintura.
Yo fingí dormir también.
Pero no pude pegar ojo.
Porque mientras él respiraba tranquilo contra mi espalda, yo seguía mirando la oscuridad de la habitación pensando en mi hermano solo en Houston, en mi madre guardándose el miedo hasta el final y en lo rápido que podía cambiar la vida incluso cuando parecía preciosa.