Capítulo 16
Me desperté despacio, todavía envuelta en calor.
Durante unos segundos no abrí los ojos. Solo sentí.
Las sábanas suaves sobre la piel. El olor de Lorenzo mezclado con el mío. La luz tenue entrando por las contraventanas de la habitación. Su brazo rodeándome la cintura por detrás mientras respiraba lentamente contra mi hombro desnudo.
Y aquella paz extraña.
Profunda.
Giré apenas la cabeza y encontré su rostro todavía medio dormido sobre la almohada. El pelo revuelto. La barba de unos días marcándole la mandíbula. La boca algo hinchada por todos los besos de la noche anterior.
No pude evitar sonreír.
Lorenzo abrió los ojos justo entonces y tardó apenas un segundo en devolverme una sonrisa cómplice.
— Buongiorno.
La voz le salió grave. Dormida.
— Buongiorno —murmuré.
Me acarició despacio el brazo desnudo mientras me observaba con una sonrisa de medio lado que empezaba a hacerme demasiado vulnerable.
—¿Sabes qué problema tengo contigo? —me preguntó.
—¿Cuál?
—Que ahora entiendo por qué los artistas pintan mujeres durante siglos y hacen dramas horribles por ellas.
Solté una risa suave.
—Eso ha sonado intensísimo.
—Lo sé.
Se acercó un poco más hasta besarme, todavía medio dormido, sin prisas. Sus dedos recorrían mi cintura bajo las sábanas mientras yo le acariciaba el pelo y sentía otra vez aquella sensación de estar demasiado bien.
Demasiado cómoda.
Demasiado feliz.
Lorenzo apartó apenas la boca de la mía.
—No quiero que te marches pronto.
La frase me dejó petrificada.
Porque yo tampoco quería pensar en marcharme. Pero mi vida no era aquella.
Le acaricié la mejilla despacio.
—Eso es trampa emocional italiana.
—Sí. Funciona bastante.
Sonreí bajando la mirada.
Y entonces él volvió a besarme y notaba cómo su cuerpo empezaba a reaccionar otra vez al mío.
—Lorenzo…
—Mmm.
—Eres insaciable.
—No es culpa mía que seas tan preciosa por las mañanas.
Su boca bajó hacia mi cuello y tuve que cerrar los ojos mientras sus labios recorrían mi piel todavía sensible de la noche anterior.
Todo volvía a encenderse demasiado rápido.
Sus manos.
Su respiración.
La manera en que me sujetaba.
Y justo cuando empezó a deslizarme suavemente bajo él entre las sábanas, el móvil empezó a sonar sobre la mesilla.
Los dos nos quedamos quietos un segundo.
Después Lorenzo soltó un gemido de absoluto sufrimiento contra mi cuello.
—No lo cojas.
Me eché a reír entre respiraciones todavía desordenadas.
El móvil siguió sonando.
Miré la pantalla.
Maya.
—Es Maya.
Lorenzo levantó apenas la cabeza.
—Tu amiga eligió el peor momento de la historia humana.
—Quizás es importante.
—No puede ser más importante que esto —murmuró antes de besarme otra vez.
El teléfono dejó de sonar.
Y volvió a sonar inmediatamente.
Los dos nos quedamos quietos esta vez.
Maya nunca insistía tanto. No era su estilo.
Noté cómo el estómago se me encogía un poco.
—Tengo que cogerlo.
Lorenzo debió ver algo en mi cara porque se apartó despacio, todavía respirando agitado.
—Vale.
Cogí el móvil rápidamente.
—¿Maya?
La voz de mi amiga sonó rara al otro lado.
Muy rara.
—Vera.
Me incorporé un poco entre las sábanas.
—¿Qué pasa?
Escuché cómo tomaba aire.
—Dante vino anoche a mi casa.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué?
Lorenzo levantó la cabeza en automático al notar mi tono.
—Vino a buscarme, Vera. Yo quería echarlo de aquí a patadas. Le dije que ya debió llegarle la denuncia, que era un delincuente bajo su recta fachada de notario y que si había venido para amedrentarme no iba a conseguirlo.
Sentí la sangre subir directamente a la cabeza.
—¿Y qué hizo?
—Nada. Eso fue lo peor. No venía agresivo. Ni siquiera enfadado. Me dijo que me hablaría desde detrás de la puerta si hacía falta.
Me senté completamente en la cama ya.
Lorenzo también se incorporó mirándome con preocupación.
—Le abriste.
—Sí.
La voz de Maya bajó un poco.
—Y Vera… tienes que escucharme hasta el final antes de reaccionar.
Noté el pulso disparándoseme.
—¿Qué pasa?
Hubo unos segundos de silencio al otro lado antes de que continuara.
—Efectivamente, sabía lo de la denuncia. Lo llamó ya el Colegio de Notarios también.
—Bien.
—Pero me aseguró que no tiene nada que temer.
Fruncí el ceño inmediatamente.
—¿Cómo que no?
—Porque tiene documentación que le salva el culo. Y no te creas que va de farol.
El aire empezó a faltarme poco a poco.
—¿Qué documentación?
—Vera… Sofía sabía lo que hacía cuando le donó el piso a Alexis.
Me quedé completamente quieta.
—No puede ser.
—Me temo que sí.
—No, Maya.
—Dante me enseñó incluso el mensaje con el que tu madre contactó con él para pedirle cita en notaría y hacer la donación.
Noté el golpe directamente en el pecho.
Brutal.
Seco.
—Eso no puede ser verdad.
La voz empezó a rompérseme sola.
—Me lo enseñó, Vera.
Negué con la cabeza aunque ella no pudiera verme.
—No. No. Mi madre jamás habría hecho eso.
Y entonces empecé a llorar.
De golpe.
Sin control.
Sentí la mano de Lorenzo sujetándome enseguida, alarmado, mientras yo apenas podía respirar.
—Vera… —escuché a Maya al otro lado—. Cariño, escucha.
—No entiendo nada —solté entre lágrimas—. No entiendo absolutamente nada.
Maya tardó unos segundos en responder.
Y cuando lo hizo, la voz le temblaba también.
—Tu madre tenía un motivo muy poderoso para hacer lo que hizo, tienes que saberlo.
Cerré los ojos apretando el móvil con fuerza.
—¿Qué motivo?
—Alexis está enfermo. Mucho.
El mundo entero pareció detenerse.
—¿Qué?
—Muy enfermo, Vera. Puede morir también.
Lorenzo me miraba completamente perdido mientras yo empezaba a quedarme sin aire.
—Eso no puede ser.
—Según me contó Dante, tu madre sospechaba que lo suyo del corazón podía ser muy grave.
Tu abuela murió de algo parecido y al principio no dio la cara de un modo agresivo.
Y entonces le llegó la noticia del tumor de tu hermano, ninguna tontería, y ella se dejó de ir con sus pruebas para atenderle a él, a su hijo.
Si no le intervinieron sobre la marcha fue porque primero intentaron reducirlo con tratamiento.
Sofía temía que durante la enfermedad de Alexis a ella le pasara algo, como así fue, y que el botarate de tu hermano no pudiera afrontar un tratamiento médico caro donde hiciera falta, si llegaba el momento, porque mejor que nadie sabes que vive al día.
Es más, siempre le debía pasta a vuestra madre.
Además, Alexis le pidió que guardara silencio sobre su enfermedad, por eso ella no te lo contó.
Y no porque pensara desplumarla, sino porque siempre ha sido muy chulito, qué te voy a contar, y no quería que lo miraras con lástima.
No hace falta que te recuerde la rivalidad que habéis mantenido en los últimos años.
Sofía te lo hubiera terminado contando también, igual que lo de la donación de la casa, estaba buscando el momento… pero la muerte la encontró antes.
Me llevé una mano a la boca.
—No…
—Y además… —Maya hizo una pausa pequeña—. El tratamiento de Alexis no ha hecho efecto.
Las lágrimas empezaron a caerme todavía más fuerte.
—¿Qué has dicho?
—Va a tratarlo en Houston, a ver si allí hay más suerte.
Sentí el cuerpo entero helarse.
—No…
—Sofía quería contártelo, Vera. Te repito que estaba buscando el momento. Pero murió antes.
La habitación empezó a darme vueltas.
Lorenzo me sujetó fuerte.
—Alexis se negó al principio a lo de la donación, Vera —continuó Maya—.
Dante me contó que discutieron muchísimo.
Pero tu madre le dijo que no podría morirse tranquila si no le dejaba cubiertas las espaldas.
Él pensaba que a Sofía no le sucedería nada malo, pero ella parecía estar más que segura de que sus días habían llegado a su fin.
Tu hermano tomaba a broma esas palabras, le decía que estaba sana como una pera, que quien estaba hecho cisco era él y que blablablá.
Por eso tampoco dio crédito cuando ella murió.
Me tapé la cara llorando ya sin ningún control.
Toda la rabia.
Toda la denuncia.
Todo lo que había pensado de ellos.
Dios mío.
—No puede ser… —repetí rota—. No puede ser…
—Alexis prometió intentar compensarte en el futuro de alguna manera. Pero tu madre insistió muchísimo en que, de momento, pudiera disponer del dinero de la casa, la cual se han quedado unos amigos de Dante.
—¿A bajo precio? ¿Alexis ha tenido que malvender?
—No, no. A precio de mercado. Dante le ha sacado las castañas del fuego. Parece ser que Sofía confiaba en él, llegado el momento.
Respiré fatal.
Completamente rota.
—Voy a volver a España.
La voz me salió desesperada.
—Voy a ver a Alexis.
Maya suspiró al otro lado.
—No puedes.
—Claro que puedo.
—Vera… ya está en Houston.
El silencio me aplastó entera.
—¿Qué?
—Se marchó anteayer.
Noté el cuerpo de Lorenzo acercándose todavía más al mío mientras intentaba entender algo de lo que estaba pasando.
—Dante me dijo que Alexis quiere pasar el proceso solo.
Se me escapó un sollozo brutal.
—¿Solo?
—Dice que no quiere causar más problemas a nadie, que bastantes quebraderos de cabeza os ha supuesto ya a lo largo de la vida.
Cerré los ojos completamente destrozada.
Porque de pronto todo encajaba.
La casa.
La desesperación.
El silencio de mi madre.
El mal aspecto de Alexis en el hospital cuando nuestra madre murió con esas malas pintas que achaqué a una de sus juergas.
No. Obedecían a que estaba enfermo.
Muy enfermo.
Y yo denunciándolo mientras mi hermano necesitaba reunir dinero para no morirse.
Cuando colgué el teléfono no fui capaz ni de moverme.
Lorenzo me observaba en absoluto shock.
Me acarició el rostro lleno de lágrimas con muchísimo cuidado.
—Vera… ¿qué ha pasado?
Y entonces tuve que contárselo todo mientras sentía que el corazón se me rompía de una manera distinta a cualquier dolor anterior.